Descos de alta sociedad

Empezaron a llevar pasamontañas y pistolas de fogueo a los eventos sociales. Las mujeres guardaban la pistola en su bolsito, y cosían el pasamontañas a sus fulares.

Todo el mundo allí sabía de los pasamontañas, pero ellas se esforzaban por mantener el fular en una posición que hiciese el artefacto invisible.

Los hombres guardaban el pasamontañas en el bolsillo interior de la chaqueta. Desde que empezaron a hacerlo, los que llevaban ahí tabaco o una billetera tuvieron que aprender a descoserse los bolsillos laterales de la americana. Era necesario para mantener la atracción en marcha.

Las pistolas de fogueo, algunos las guardaban en el bolso de sus mujeres. Estas tenían que caminar despacio, manteniendo la postura y la dignidad. Para mantener la ilusión había que evitar que se oyese el sonido como un tintineo que hacían las armas al chocar en el compartimento. Ese tintineo del sexo de las armas de fuego es un sonido reconfortante para alguna de ellas. Es como un eco del sexo que llevan infinitas noches echando en falta. Un recordatorio de que sigue siendo posible, de que volverá ese sexo. Pero no deben dejar que otras lo oigan. Eso es privado.

Tampoco se podía notar el peso. Todas llevaban el bolso aferrado a su vientre para mantener el centro de gravedad en su sitio. Los hombres que optaban por pistolera de tobillo compensaban la cojera con el otro pie.

Mantener las apariencias era importante.

Desde que El Caballero Oscuro salió en los cines, algunos asistentes han empezado a traer un pequeño kit de maquillaje de payaso. Nada más que un pintalabios, un poco de base de color blanco y un lápiz de ojos, todo preparado para ser aplicado con prisas cuando sea necesario, con la cara escondida bajo la americana. No hablaron entre sí del maquillaje de payaso. Las preparaciones eran un tema tabú. La idea surgió independientemente en varios cerebros de aristócratas, y todos se congratulaban por su originalidad.

Llevaban ensayando casi un lustro, y ahora sólo les quedaba esperar por el momento.

Podría ser hoy, piensan en cada fiesta. Creen que no será hoy, pero saben que será algún día. La tensión es una música de fondo constante que sale de algún lugar de sus nucas. Los nervios están en segundo plano, fluyendo por debajo del salón de fiestas.

Llegará un día, saben, que querrán secuestrar a alguno de nosotros. O hacernos extorsión. Algún día unos encapuchados con armas irrumpirán en nuestra fiesta rompiendo las ventanas con alguna excusa cinematográfica.

Y ese día van a estar preparados. Coreográficamente, se pondrán las capuchas o el maquillaje, según lo requiera la ocasión y sacarán las armas, y, dando tantas voces como los encapuchados, empezarán a disparar al techo, y unos a otros, con balas de fogueo. No estarán aterrorizados, estarán catárticos.

Si es un grupo grande de terroristas (ohdiosmío que sea un grupo grande de terroristas) se mezclarán rápidamente entre ellos y harán que los terroristas no sepan qué encapuchados son cómplices y cuáles están jugando.

Y la situación irá construyendo, poco a poco, El Gran Bocado.

El aborto del plan terrorista. La retirada confusa. El terror en los ojos que hay detrás del pasamontañas. Eso es el mayor manjar. Eso es el culmen de la aristocracia. Eso es lo que anhelan en cada cata de vino y en cada panecillo con caviar. La Gran Atracción de la fiesta.

Creen que no será hoy, pero saben que será algún día. Cuando una fiesta acaba sin incidencias, todos aparentan. Se saludan cortésmente y se marchan a casa, esforzándose por ocultar la decepción y la espera detrás de las lentillas.

Cualquiera de estos días, cariño. Sigamos yendo a las fiestas. Sólo hay que esperar.

Saúl Fernández

El combate

[Esto lo escribí hace tres años, si no recuerdo mal. Adaptación libre de hechos reales]

Hay un hombre que lucha con la tapa de un tarro de tomate frito hasta su último aliento. Emplea la máxima fuerza que es capaz de usar, usa el método de meter un cuchillo por la tapa, agujerea la tapa, pega golpes considerables al bote contra el radiador. Se va manchando de manera progresiva de salsa de tomate hasta que toda su camisa es un gotelé rojo chorreante. Se siente exhausto, pero hay algo que le impide cejar en la lucha y usar la lata de tomate que tiene al alcance de su mano, tan frágil, tan fácil de abrir. Se ha rendido demasiadas veces en la vida, y no puede rendirse ahora. Su dignidad ante sí mismo depende de que pueda abrir ese tarro de tomate. Se asfixia, se agobia. Siente la sangre queriendo chorrear hacia fuera de sus sienes, la siente acumulándose en la base de su nariz, a punto de abrirse camino hacia fuera por las fosas nasales. No quiere jugar sucio, no quiere romper el tarro. Sólo le vale girar la tapa. Se plantea si otra gente habrá sido de incapaz abrir otros tarros de esta misma fábrica. Si alguien habrá sido capaz. Si habrán cejado en la lucha, si habrán roto el tarro. Si es solamente su tarro el que está defectuoso, si es solamente su cerebro el que se niega a rendirse. Se plantea bajar al supermercado a comprar otro de la misma marca. Ya es demasiado tarde para comer. Se había olvidado con el forcejeo los espaguetis en el fuego, y ahora están blandos y quemados. Baja al supermercado. Ve un tarro. Lo abre allí mismo. Sale corriendo, sube a casa, se abalanza sobre el tarro. Aún no abre. Le salen ampollas en las manos. Llora. En la soledad de su casa, grita muy fuerte. Golpea los muebles, tira las sillas. Llora de furia y de pena y de abatimiento. Siente, mientras está tirado en el suelo, que es un boxeador al que le han dado una paliza. Siente falsos moratones en su tórax, imagina sangre donde hay salsa de tomate, sufre dolor mientras esta sangre sale de su cuerpo por heridas que no están ahí. Se imagina el tacto de los guantes impactando contra su pecho, se imagina el bote de salsa de tomate llevando esos guantes. Se imagina ahora devolviendo el golpe. Se levanta de un salto con los ánimos recobrados. Con un aullido de furia y de euforia, le arrebata el bote a la encimera que suavemente lo sujetaba. Se inclina hacia atrás al mismo tiempo que aplica con un golpe de brazos, la máxima fuerza de torsión  en sentido antihorario que sus músculos del brazo derecho le permiten. Deja descansar los músculos. Lo intenta otra vez. Absolutamente todo su brazo derecho y absolutamente todo su brazo izquierdo alcanzan durante una fracción de segundo la máxima tensión que han experimentado en su existencia, intentando cada uno girar el inseparable conjunto bote-tapa en un sentido circular distinto. Puede sentir dolor en cada una de sus fibras. Puede sentir sus manos sangrando, puede sentir sus hombros queriendo desencajarse. El dolor y la debilidad de los deltoides le impiden levantar los brazos por encima de su pecho. Cae al suelo. El bote cae con él. No se rompe. Algo dentro de él sólo quiere que el bote se rompa, que pueda acabar de una vez por todas con esta ridícula lucha. Pero el bote no se rompe, así que debe de seguir luchando. Las lágrimas le inundan la cara, y se tiñe de rojo cuando se las intenta limpiar con sus dedos llenos de ampollas sanguinolientas.

Golpeando la tapa contra la pata de la silla más cercana su posición, se rompe  un dedo.

Cegado de dolor, rueda por el suelo mientras llora como un niño. En su mano izquierda, el bote de salsa de tomate, sangrando por los agujeros de la tapa, parece saborear su victoria. Abraza el bote. Lo sostiene sobre su tórax, lo achucha como si fuese una amante. «Lo siento», le susurra, «lo siento».

Con la poca fuerza que le queda, pone el bote a volar. Cerca de la puerta de la cocina, a cuatro metros de él, después de una parábola, el suelo y las paredes y el techo y la atmósfera se llenan de porciones de cristal manchado en salsa de tomate roja, que dan la sensación de extenderse hacia él, despacio, como si los segundos se alargasen tras el éxtasis. Antes de desmayarse, se arrastra dos metros haciendo fuerza con su mano sana y con su mano rota, y chupa la salsa de tomate haciéndose un corte en la lengua con un cristal.

Debería saberle si no a victoria a paz, y si no a paz a alivio. Pero aquello sólo sabe a sangre con salsa de tomate frito.

Saúl Fernández

Historias Sin Moraleja

[Esto es un texto que tuve que dejar fuera de mis Historias del Multiverso porque no supe cómo justificar el meterlo. Es una historia medieval asturiana adaptada a un mundo donde los lagartos antropomorfos son la especie dominante. Así como suena.]

En una versión de esta historia hay dioses y en la otra hay magia.

Es una historia horrorosa. Eran otros tiempos, hijo mío, y en tiempos antiguos pasaban cosas horrorosas. Ahora también pasan cosas malas, pero no como las de antes. Ahora no tienen que bajar los dioses a arreglarlas. Te la digo como a mí me la contó mi abuelo, igual, y tú luego la cuentas así cuando tengas nietos:

Dicen que había antes un castillo en la colina donde ahora está el templo. Ahí vivía un terrateniente, o no sé si era un rey, pero un lagarto muy importante, ¿eh? Bueno, pues ahí vivía él, con una hija que tenía. Los reyes antes, si tenían varios huevos, rompían todos menos uno porque era costumbre de noble tener pocos hijos. Y este rey tenía una hija y tenía un senescal, y después de tener a la hija murió su esposa, y el rey lloraba y lloraba porque él quería mucho a su esposa o porque no podía tener más hijos de ella, a veces la contaban de una manera y otras veces de otra. Y la hija, ya mayor, se enteró de que el padre lloraba y un día fue a visitarlo a sus aposentos y le dijo: «Padre, ¿por qué tanto lloras, que llevas años llorando, que no paras de llorar?». Díjole el rey: «¡Ay, mi hija! Tengo un pesar muy grande en el corazón, que nunca voy a conocer una mujer igual que tu madre. Lloro hoy y lloraré el día que me muera y no pararé de llorar desde hoy hasta ese día». Y la hija, que no gustaba de ver al rey tan afligido, empezaba a ir a verlo cada vez más y le confortaba en lo que ella bien podía.

La hija se parecía cada vez más a la reina y el padre cogíale cada vez más cariño y sentábala en sus rodillas y acariciábale la cola con delicadeza y besábala en el cuello como no se besa a una hija.

Dijo un día: «Hija, me dicen los consejeros míos que me case, pero yo no pienso casarme con lagarta que no sea igual que tu madre, porque si la viera yo metida en mi cama a una lagarta con otras facciones, no podría mi corazón soportar el pesar». Y dijo la hija: «Padre, ¿cómo te vas a casar con lagarta parecida a mi madre, si hermosura como la de ella no la tiene nadie en todo el reino?». Y dijo el padre: «Quiero casarme contigo, porque no hay otra en el reino que pueda yo tener en lugar de tu madre, y de seguro que nunca podrías tú casarte con lagarto que tanto te quisiera y que tantas riquezas tuviera». La hija se horrorizó. Contestole: «Padre, no quieran los dioses que estés hablando seriamente. Esto que me propones es un pecado tan grande que no hay penitencia que nos pueda conseguir el perdón de los dioses. El pueblo hablará de nosotros con desprecio. No, padre, tú me engendraste, yo no puedo ser tu esposa. Te ruego que me pidas cualquier cosa antes que esa atrocidad».

Pero el padre no atendió a razones y empezó a besarla y agarrola por los brazos y la obligó a desvestirlo y las atrocidades que le hizo, hijo mío, no se las hace un padre a su hija.

Quedó la lagarta deshonrada en su habitación, llorando, llorando, maldiciendo, rezando. Se miraba los brazos y decía «¡Malditos los brazos que tocaron a mi padre! Aunque no consiga el perdón de los dioses, tengo que quitarme estos brazos, porque no soy capaz de mirarlos sin acordarme de lo que hicieron». Y así decidió la niña cortarse los brazos, y así hizo llamar al senescal y pidiole que la asistiera. Negose el senescal y ella dijo:  «Córtame los brazos impíos, senescal, y quémame los muñones para que no regeneren, que si no lo haces me subiré a la torre más alta y me tiraré, y tú tendrás las manos manchadas de sangre».

Así que el senescal, con miedo a que la niña cumpliera la amenaza, y con gran pesar, la ató a la cama y le cortó los brazos como ella pidiera.

Cuando el rey oyó lo sucedido, consultó con su consejo qué hacer. No podía matar a su hija sin que el pueblo se enterase y lo rechazase, así que decidieron meterla en un barco sin tripulación y un día de viento izar las velas y dejar que el barco se perdiera en el mar y se hundiera.

La niña aceptó su destino consolada en la fe, pensando que su gran sacrificio le podría ganar el perdón en la vida después de la muerte, aunque siempre con miedo de los dioses, ¿eh, hijo? Eso siempre hay que tenerlo.

Y estaba en alta mar cuando se le apareció la diosa Shakazza en forma de rata. La princesa supo que era la diosa desde el momento en que la vio corretear, tal era la pureza de corazón que llevaba. Cuando fue reconocida, la diosa tomó forma de lagarto y la niña lloraba de éxtasis. Dijo la diosa: «Niña, mira tu muñón derecho». Y la niña miró y ahí estaba otra vez su brazo derecho, sin ninguna magulladura. Y la diosa dijo: «Niña, mira tu muñón izquierdo». Y la niña miró y ahí estaba otra vez su brazo izquierdo, sin ninguna magulladura.

A veces la historia acaba aquí. La diosa maldice al padre y la lagartina se salva. Otras veces sigue un poco más, y la niña desembarca en un reino lejano y se casa con un rey hermoso y se cuenta esta historia para explicar alguna guerra.

En otra versión no hay dioses. Esta se cuenta más en los pueblos pequeños. El propio padre le corta los brazos después de que ella le dé el no y la destierra, y en el destierro encuentra una fuente y su propio reflejo le dice que meta los muñones en la fuente, que se le curan, y a veces en esta versión se casa con un pastor que va a la fuente a buscar agua para sus mamíferos y el pastor y ella heredan el reino o el condado o lo que sea cuando se enteran de que el padre murió de arrepentimiento sin haber contraído otra esposa.

Y luego hay una versión sin dioses ni magia. Esta es la más horrible de todas. El padre la obliga a casarse con él, pero ella, después de casada, se resiste al encamamiento. El padre, en castigo, le corta un brazo. Ella accede al apareamiento por miedo a perder el otro brazo, pero al cabo de un tiempo se vuelve a negar, y también el otro brazo lo pierde. Finalmente, el padre la manda matar y ella se lleva a la otra vida el pecado de haber desobedecido y humillado a su padre. Su padre se lamenta de la desgracia que supone tener tan mala hija.

Esta última versión es la única de las tres que se cuenta con moraleja. Te puedes imaginar cuál es la moraleja, hijo mío, y si no te la imaginas no me la preguntes, porque lo prefiero así.

Esta última versión es la que alguna vez me contó mi padre.

Saúl Fernández

Sobre el Blog

Los Descos no es el primer blog que tengo.

Una vez, siendo más joven, me hice uno. Y me podrían torturar psicológicamente y físicamente y auditivamente y no conseguirían que me acordase de cómo se llamaba.

Sí me acuerdo de qué iba. Hacía entradas graciosas (según el estándar de humor que yo tenía a los 16 años, que no ha cambiado mucho, aunque he empezado a pensar un poco menos en tetas estos últimos años): en algunas parodiaba a otros blogs y en otras hablaba de viajes en el tiempo y películas muy cutres que me había gustado. Le cogí cariño a aquel blog de la misma manera empática en que se coge cariño a los pies de uno mismo. Pero no hay nada más feo que un pie ajeno. Supongo que no os gustaría aquel blog.

Sin embargo hay una manera de entrar. Ponía como tags de las entradas conceptos pornográficos muy específicos como “penes peludos” o “ancianas sexuales que fuman”. De este modo tuve un influjo grandísimo de visitas de depravados a las tres de la mañana y, con una responsabilidad que no estaba preparado para soportar, probablemente hice que alguno reevaluara su vida. En cualquier caso, a causa de esto, una foto mía (en la que salgo vestido y tal) es uno de los resultados de búsqueda de “penes peludos” en Google Imágenes. Antes era el primer resultado, pero con los años se ha ido enterrando. Quien quiera ver mi antiguo blog tendrá que soportar decenas de páginas de penes peludos de verdad para llegar a su destino. Esos penes son mi Cancerbero.

Quien llegue a mi antiguo blog, será merecedor de la basura que va a encontrar ahí escrita.

Divago.

Este blog no tiene nada que ver con el antiguo. Este blog es literario. Voy a escribir cosas en él en plan serio.

Pero.

Soy un puto vago. Es una de las características que más me definen. Mis intenciones son nobles ahora, pero me cansaré. Y las nuevas entradas llegarán con cuentagotas. Y llegará un momento en que la gente me inste a seguir haciendo entradas. Iré a lo fácil. Y volverán los penes peludos.

Puede que no, ¿eh? Igual soy capaz de mantener este proyecto con la seriedad que merece.

Sea como sea, ahora estoy motivado. Si leéis esto al principio de mi andadura bloguera, estáis en la época de oro de este blog. A partir de aquí es cuesta abajo. Probablemente.

Disfrutadlo.

Saúl Fernández

(Siempre encontré cierta arrogancia en suponer que a la gente le tiene que gustar lo que escribe uno. A mi novia le gusta lo que escribo. Y a mi abuelo también. Y a mi perro Sancho le leo mis cosas en voz alta y me mira como si me entendiera, porque es muy salao. A los demás no os puedo pedir que lo disfrutéis. Pero eso como vea cada uno. Eso sí, ponedme comentarios bonitos, porfi. Fingid. Volvedme un egomaniaco)