Sobre la Divinidad

[Basado en una conversación que tuve el otro día con la Ingle]

Yo sería creyente

(no sólo creyente, sino muy devoto)

si Dios respondiera a los rezos.

No a los rezos importantes,

como «cúrame el cáncer»

o «haz que mi hijo vuelva a salvo a casa»,

sino a los rezos gilipollas

como «eh, Dios, tío, dame fuego»

y Dios prende un fuego fatuo en la nada ante mí

y me enciende el cigarrillo.

Ni siquiera lo hace cada vez que se lo pido

sino una o dos veces al año

para recordarme que existe

y lo poco que le importo como humano.

Si la divinidad es así,

yo construiré una religión

alrededor del cinismo

en la que honramos al sátiro Creador

y nos cagamos en él

porque puede

y no quiere

ayudarnos a ser humanos.

Empezará como una religión deísta

en la que reconoceremos Su existencia

pero no haremos ceremonia,

y de ahí irá escalando.

Inventaremos detalles personales sobre Dios

(porque no lo conoceremos en persona)

a partir de lo único que sabemos de él:

que nos enciende el cigarrillo de vez en cuando

y nos lava los calcetines.

A la larga habrá un cisma:

unos dirán que Él es bueno,

pero que Su poder es limitado

y se agotó después de su creación más perfecta

y ahora sólo puede lavar ropa

o hacer que aparezca un bote de mermelada en la nevera

un par de veces al año.

El día que eso ocurre

es el día Divino,

y la gente de esta secta festejará y cenará cordero.

Otros,

(la mayoría)

diremos en cambio que él puede acabar con el hambre

y curar a los enfermos

y erradicar el mal

pero quiere que suframos

quiere que nos jodamos en la Tierra

y que enciende nuestros cigarrillos como recordatorio

de lo poco que nos piensa ayudar,

de lo jodido que está el mundo.

Cada vez que alguien es honrado con un pequeño milagro

nos veremos en el templo y le daremos una bofetada

y le diremos «acostúmbrate».

Todos los domingos

nos reuniremos

y le preguntaremos si hay vida después de la muerte

y Su voz, muy de vez en cuando,

nos responderá misticidades

como «¡Aaaah! Ya veremos»

y le llamaremos hijo de puta,

pero él no nos oirá.

Creeremos

que Cristo murió en la cruz

para recordarnos lo mucho que le sudamos la polla a su padre.

Las dos sectas tendremos

nuestros credos por verdad absoluta,

y durante siglos

pelearemos

y nos mataremos,

unos por la bondad del Misericorde,

otros por el cinismo del Sátiro.

Volviendo a la realidad,

veo lo que Dios hace por nosotros

y me sorprendo de que tal religión no exista ya.

Saúl Fernández

Escribo esto borracho

Hay una película americana que se llama La Purga. Va de que en EEUU en los años 2020 hay un día anual que se llama día de la Purga en el cual es legal todo crimen, incluido el asesinato. Según el argumento, es gracias a la purga que el crimen en América está en los mínimos históricos. Y el paro. Esto tiene que ver con que el día de la purga se cargan sobre todo a mendigos, que son la presa fácil. Esto abre un debate interesante, porque la mayoría de personajes de la película están totalmente a favor del día de la Purga y la gente que muere es vista por América como “un sacrificio por las almas puras” o alguna gilipollez similar. Y la Purga es una mierda que yo no apoyaría en un millón de años. Lo venden como una manera de calmar la violencia de las personas, pero es un modo de matar pobres. No me malinterpretéis, la peli es una basura, pero la premisa mola.

El caso es que ayer soñé que era el día de la Purga en España. Teníamos purga. Y claro, mucha gente éramos anipurga. Los jóvenes de izquierdas, sobre todo. El puto 15M éramos antipurga. Y cada año nos llevaban a  un campamento para los antipurga. Y cada año era una puta trampa. Nos reunían a 1000 y luego tiraban una bomba y mataban a los que podían. Claro, era un sueño y éramos todos unos ilusos y unos gilipollas. O sea que el antipurga onírico era como el 15M real. El caso es que todos los años íbamos al campamento antipurga. Y todos los años era una trampa. No aprendíamos. Cada años mataban a más amigos míos. Un años mataban a mi novia. Un año abusaban de los supervivientes. Soñé que obligaban a un lobo a violarme mientras yo lloraba la muerte de Mary. Era una sueño muy siniestro.

Pero yo sobrevivía a una jodida explosión nuclear. Recuerdo a la explosión y el dolor de perder a Mary. Ambas cosas dolían en mis extremidades, no sé por qué.

El hijo de puta que estaba al cargo era un señor disfrazado de árbol que todos los años nos sorprendía (antes de detonar la bomba que mataba a mis amigos) quitándose el disfraz de árbol. A todos nos sorprendía  más que el árbol fuera un fascista disfrazado que el hecho de un árbol que habla. Era un sueño, no me pidáis coherencia.

Y todos los años, ¿eh? Era un sueño, no pidáis coherencia. El caso es que después d e5 años yo sabía que iban a detonar una bomba, pero tenía que estar en el campamento. La ruleta de la muerte era demasiado excitante para mí. Y pensaba (en el sueño, de verdad lo pensaba) que quizá este año fuera distinto, que igual no habría bomba. Pero siempre la había.

Qué sueño más tonto. Pero qué día más perturbado me dejó.

La culpa es de Mary por recomendarme ver la Purga.

No me malinterpretes, cielo, pero te buscaste el holocausto nuclear a pulso.

 

Saúl Fernández pila ciego

El Sufrimiento del Superhéroe

Maldigo la imagen que se tiene de lo que debería ser un superhéroe por culpa de la industria del tebeo, porque no es fácil combatir el crimen con esa clase de expectativas sobre nosotros.

Quiero que quede claro que yo no soy inocente en esto y que cuando empezó a haber gente con superpoderes, que sería hará unos diez, doce años, sobre el 2035, yo, como crío que era, estaba profundamente decepcionado cada vez que salía uno nuevo.

Años más tarde, durante los meses que siguieron a aquella tarde de historieta en la que paré el tiempo en el garaje de mi abuelo, los aires de grandeza y la confusión que producen en uno la adolescencia me hicieron estar seguro de que yo no sería tan débil como los demás, que, cuando llegase el momento de calzarse las mallas, yo iba a ser el primer Peter Parker, la primera persona que hiciese justicia a lo que significaba ser un superhéroe. Supongo que todos los héroes de mi generación pensaron eso en algún momento. Naturalmente, llegó la hora de valerme como justiciero y me di cuenta de lo absurdo que estaba siendo mi pensamiento.

Descubrí que uno no puede llevar el supertraje debajo de la ropa todo el rato, porque en algún momento de la vida hace falta follar, o ir a la piscina, o quitarse capas para aliviarse el calor, y, por si eso fuera poco, el olor acaba siendo nauseabundo al cabo de unas horas, no hablemos ya de los superhéroes de Marvel que sólo tienen un traje. A esos se les puede reconocer su identidad secreta por el olor a sobaco que desprenden a varios metros. Me pregunto a veces qué estaba pensando para llegar a creer que un héroe que prácticamente vive en la mendicidad podía tener varias copias de un traje muy ajustado, muy ergonómico, y muy tecnológicamente avanzado. Hacerlo sin saber sastrería y llevarlo y mantenerlo sin que sus compañeros de piso se enteren. Mierda, Marvel.

Al año de empezar a patear culos en las calles, desistí del supertraje. Ahora llevo bien empaquetados en el bolsillo del pantalón un pasamontañas, unos guantes de látex y un dorsal con mi símbolo identificativo, y tiro con eso. Si llevo chaqueta, me la quito, y procuro vestir pantalones de chándal, y que sean grandes para que no se vea el bulto del bolsillo. La gente me toma por un chulopiscinas con mi atuendo.

Y lo de la identidad secreta, eso ya es harina de otro costal. ¿De verdad creen ustedes que unos puede ir por la vida sin que sus seres queridos noten que es un superhéroe? Mi novia lo sabe. Mi familia lo sabe. Casi todos mis amigos lo saben. Casi todos los superhéroes de la ciudad nos conocemos en persona y nos tomamos unas cañas de vez en cuando, a cara descubierta. ¿Cómo no se va a dar cuenta la gente de mi entorno de que siempre estoy con ojeras, de que siempre tengo “planes de último momento”, o soy excepcionalmente bravo, o sale un encapuchado en la tele con mi voz que puede parar el tiempo? ¿Pretenden que mi novia no se dé cuenta de que escapo por la ventana una noche de cada dos? Mierda, Marvel.

¿Y la presión? Toda esa mierda del gran poder y la gran responsabilidad, ¿pero ustedes creen que yo puedo vivir con eso? ¿Saben los años de depresión profunda que tuve que aguantar antes de decidir que no es mi deber salvar todas las vidas del planeta Tierra y que si un día después de volver de una misión especialmente dura (o después de follar, o estando de vacaciones, o lo que sea), veo en la tele que hay un señor en León amenzando tirarse por la ventana, tengo derecho (¡lo tengo!) a quedarme en el puto sofá y apagar la tele en lugar de parar el tiempo y conducir por el arcén hasta allí?

Joder, que un brazo roto me duele lo mismo que a ustedes. Y aunque pueda ralentizar el tiempo, a veces una bala pasa zumbando junto a mi cabeza y yo sólo quiero estar en la cama con mi pareja y ser una persona normal. No tendría ni que estar haciendo esto y, les digo la verdad, no sé si lo hago por ética o porque los tebeos me enseñaron que una persona con superpoderes no tiene otro camino en la vida. Pero el caso es que lo hago, y no tendría por qué. Así que menos exigencias, hostias.

La verdad es que la vida de superhéroe me enseñó muchas cosas sobre la coherencia que en los tebeos no salen. Una de ellas, a desconfiar de los héroes marvelianos que tanto quise ser de niño.

Basta que un tipo aparezca con un supertraje bueno y bien diseñado a cinco incidentes seguidos (y no parezca estar hasta los huevos de cargar con él) para que uno sepa que hay trampa. Que a la sexta ocasión, cuando la gente ya comente lo acrobático que es el nuevo superhéroe, se presentará con una publicidad de Red Bull en el pecho.

O que alguien sea tan reservado con su identidad que ni siquiera hable con la prensa para que no oigan su voz y se resista a enseñarnos la cara incluso a los demás héroes. Eso es garantía de que se lo impide un contrato con Telecinco, y en efecto ahí está un mes más tarde quitándose la máscara de manera espectacular después de cierto teatro con Terelu Campos.

Los hay menos sutiles. Hay hijos de puta que dicen, después de cada cosa que hacen, cosas como “ahora me voy a ser la heroína de mi casa, pero no sin antes tomarme un Aquarius para reponer fuerzas” o “agotador. Ahora, una Coca-Cola y a casita, a librar con mis hijos la verdadera batalla”. Estos cabrones publicitarios siempre parecen que tienen un amenaza terrorista en su puta casa.

No me queda mucho para retirarme. O, si consigo pasta, hacerme un supervillano. No hay muchos de esos y parece divertido. Además, si mi profesión es ser hijo de puta, podré llevar toda la publicidad que quiera y salir en Telecinco todas las veces que quiera sin que me cause dilemas morales. Al fin y al cabo, seré un hijo de puta, pero a la cara.

Estoy bromeando, pero es cierto que estoy muy cansado ya. Esta vida no es como me la pintaron, y nuestra sociedad está muy, muy enferma. Nadie está listo para un superhéroe. Y nosotros mismos los que menos.

Saúl Fernández

Una idea cojonuda

-¿No escribes nada últimamente?

-No tengo ideas, tío.

-Ay, pues yo tengo una idea cojonuda para una historia.

-¿Ah, sí? ¿Cuál?

-Ah, no, no. Te la vendo.

-¿Eh?

-Por 5 euros. No es mucho. Te la vendo, va.

-Bueno, no sé. Dime cuál es la idea.

-¿Seguro? Si te la digo me la tienes que pagar.

-Ya. ¿La mitad ahora y la mitad si me gusta?

-No sé. Venga, vale. Va de un tipo al que le gusta escribir cosas, ¿no? Tiene un blog y toda la pesca. Escribió algo alguna vez, incluso ganó algún premio literario. No muy buen prosista, pero sabe unir palabras, te haces la idea.

-Me hago la idea.

-Pues lleva una temporada de sequía el pavo, ¿no? Y un colega se lo comenta, le dice ¿no escribes nada? y él dice que no, que no tiene ideas. Y el colega le ofrece una para una historia.

-Ajá.

-Pero atento al hijodeputa: se la vende. Hay un poco de pantomima, un poco de regateo por el precio. Y el pavo la compra. A la desesperada, o qué se yo.

-¿Y qué idea era?

-Pues era una historia sobre un escritorzuelo al que no se le ocurre sobre qué escribir. Y un colega tiene una idea y se la ofrece por un precio. El tipo la regatea, ¿eh? Al final quedan a mitad por adelantado, mitad si le gusta la idea. 2,50 euros. No es mal trato. Total que el  colega se la cuenta.

-¿Y qué idea era?

-Pues era un relato sobre un escritor que no tiene ideas y un colega le vende una después de cierto regateo.

-Ya. ¿Y qué idea era?

-No sé, una mierda de unos patos que emigran por el invierno y dan mucha pena al viejo que los estaba cuidando. Se había quedado viudo y sólo tenía los patos, ¿sabes?

-Buf, por un momento pensé que me ibas a hacer una recursión infinita.

-No, gilipollas, que no tengo toda la tarde. ¿Mis otros 2,50?

Saúl Fernández

Lucha con la página en blanco

Pocas cosas hay más duras para una persona que escribe que enfrentarse a una página en blanco.

Algunos escritores salen victoriosos, todo sea dicho, pero otros no corren esa suerte.

Radamel Yepes era un joven colombiano que una vez quiso ser escritor. Dispuso el folio en la mesa esperando una epifanía. Cuando se giró para coger un bolígrafo, la página en blanco le asestó un golpe seco en la nuca que lo dejó inconsciente. Después la hoja en blanco desnudó su cuerpo inerte y empezó a hacerle cortes de papel en el tórax y en los genitales. Con una martillo le rompió dos vértebras, despojándole de su movilidad en las piernas y de sus sueños de ser el próximo García Márquez.

Más extremo es el caso de Elizabeth Connor, madre soltera irlandesa con dos hijos a su cargo. Cuando los niños dormían, a Elizabeth le gustaba pasar a papel historias que había oído a desconocidos en su restaurante. Según relató a los operarios de la ambulancia poco antes de morir, ese día no recordaba muy bien una historia sobre un hombre de negocios que viajaba como excusa para alejarse de su familia. Después de pensar un rato, mirando al blanco, de qué manera podía empezar a narrar, la hoja vacía se le tiró a la cara y la dejó sin respiración. Cuando se hubo desmayado, la hoja la violó vaginal y analmente y le serró tres dedos de una mano con un cuchillo de pan. Después la apuñaló en las femorales. Entró en la habitación del más pequeño de sus hijos y lo secuestró. Esto sucedió en 1986. Elizabeth Connor murió en un hospital de Dublín a los dos días. A día de hoy, tanto el folio como el niño siguen en paradero desconocido.

Estos son, de los más de diez mil casos documentados en los últimos treinta años, quizá los que más peso mediático hayan tenido. Los ataques menos cruentos rara vez se mencionan en la prensa.

Yo mismo tuve un enfrentamiento el otro día, cuando la primera frase de una historia no acababa de formarse en mi cabeza. La hoja me atacó y, por suerte, no me pasó nada más allá de una luxación de codo. Pero fue una pelea dura. Tuve que inmovilizar la hoja y orinar en ella para establecer dominancia. Con todo ello, la condenada se siguió revolviendo hasta que cogí el bolígrafo y escribí en el encabezado “El barrio de tiendas del Puerto es un poco deprimente”. En este momento quedó mansa como un perro muerto.

Cuando uno tiene amigos escritores, es inevitable que le rodee la tragedia. A una amiga mía le falta un dedo meñique por un altercado con el folio en el primer verso de un poema. Un tipo que conocí hace tiempo perdió la pierna izquierda cuando se bloqueó empezando a escribir la lista de la compra.

Siempre que sucede algo así es una desgracia. Se distinguen bien las víctimas de las hojas en blanco porque, detrás de sus muñones, se huele la perseverancia. Es el mismo olor que deja un reloj en la piel cuando lo llevas puesto varios días, y es fácil no detectarlo. Pero para los que lo hemos sufrido es inconfundible.

Alguna empresa ha empezado a vender folios con la primera frase de una historia ya escrita. Son conceptos muy abiertos, como “Aquel verano, aprendí que mi abuela era sexualmente activa por las malas”, “El día que me iba a morir empecé a…”, “Conocí al hombre de mi vida en un aeropuerto” que dan lugar a mucho juego para continuar una narración Sin embargo, hay que disponer las medidas de seguridad oportunas al tratar con esto, y no tomar demasiadas confianzas con lo que no deja de ser un parche para el problema. Basta que uno se quede distraído pensando en qué aeropuerto tuvo lugar el encuentro, o qué cosa empieza uno a hacer el mismo día de su muerte, o a quién se follaba la abuela, para que la hoja ataque.

Las hojas pre-escritas no suelen tener tanta fuerza como las hojas en blanco, pero con un golpe bien dado pueden paralizar a uno, y a partir de ahí el cuerpo del escritor se queda a merced del folio, por débil que este sea.

Estén alerta y piensen en sus hijos.

Saúl Fernández

La partida

Una señora de noventa años

me contaba que se sentía sola:

«Fíu, yo antes quedaba con las amigas del pueblo

para echar la partida todas las tardes

-decía-

pero fueron muriendo todas y ahora sólo quedo yo.»

Ella quería mi compasión

y a mí no me costó dársela

pero la mujer vio mi cara

y supo lo que estaba pensando,

y yo vi la suya, maltratada,

y supe cuán consciente era de ello.

«Eso, Herminia,

significa que la ganaste.»

 Saúl Fernández

De Vez En Cuando (poema de amor)

Hoy pensé mucho en ti

mientras veía una reposición del Equipo A.

Era un episodio en que Murdock

casi mataba a un hombre, mientras Fénix

se besaba en un granero con su hermana,,

de pómulos rosados y manicura imposible.

La mujer no se parecía a tí

y el episodio no tenía nada que ver contigo

ni con nuestra relación,

pero me pasa a menudo que pienso mucho en tí.

De vez en cuando

haciendo cosas muy triviales,

como pasear con mi perro y oler el verano

que tú odias,

o como cortarme en punta las uñas y arañarme la nariz como si fuera un gato,

que tú odiarías si supieras que lo hago.

De vez en cuando

haciendo cosas muy tribales,

como comer salchichas crudas

o acariciar perros que parecen peligrosos.

Y de vez en cuando

me pregunto cómo te encontré

o si te estuve buscando

o cuándo fue la primera vez

que viendo a Mr. T

pensé en cuántos años nos quedaban por delante de beber London’s Pride

o cuántas veces veré Parque Jurásico

y me enfadaré si no me dejas ver el programa de la TPA

que son imágenes en directo de la Escandalera

con el sonido de la radio,

muy mediocre,

muy humana.

Mr T. se ha dado cuenta de que las drogas que le han dado

para entrar al avión

festejan en su organismo

y le da una hostia a Fénix

y Hannibal dice:

«Tienes suerte de que esté drogado. Si no, estarías muerto».

Yo no sé si sigo pensando que el amor es pernicioso

como una droga

y no sé si llego al extremo,

tan poéticamente feo

(o poéticamente bello,

que es lo mismo),

de pensar que sin tí estaría muerto. Eso es surrealista.

Pero sí he empezado a pensar cosas surrealistas

como que es posible,

hipotéticamente al menos,

que esto no se vaya a acabar con una ruptura a con una muerte

como el resto del amor del Universo

sino que sea inextinguible

como tantas cosas son inextinguibles

(por ejemplo un braquiosaurio no).

Sé que es mentira,

que moriremos

o terminaremos

pero dejé de pensar que eso fuese posible hace veinte polvos.

Espero que no te importe mi inocencia.

Y también espero que no te importe

que no sepa escribir poesía,

y que, en realidad

(te habrás dado cuenta ya),

esté escribiendo normal

y pulsando el Enter

de vez en cuando.

Saúl Fernández

Los Alephs

\aleph_{0}

-Niño, dime un número.

-El 5, güelito.

-Perdiste. Era el 12. Te toca bajar la basura.

\aleph_{1}

-Niño, dime un subconjunto de los números naturales.

-Uy, no sé… El 1, el 3, el 37 y los pares.

-¡Aay, no, pero casi casi! Yo había pensado \{1,3,37\}\cup\{4n|n\in\mathbb{N}\} . Te toca bajar la basura.

\aleph_{2}

-Niño, dime un conjunto de subconjuntos de los números naturales.

-A ver… \left\{ \{1,3\},\{1,3,7,9\},\{367\},\{10,100\},\{n\in\mathbb{N}|n\geq56\},\{2n|n\in\mathbb{N}\}\right\} .

-Uy. ¡Mierda! ¡Pero si era estadísticamente imposible que acertaras!

-Ya, güelito, ya, pero nos conocemos.

-De todas maneras, baja la basura.

Saúl Fernández

El Teorema del Mono Infinito

En 2003, científicos en Paignton Zoo y la Universidad de Plymouth, en Devon, Inglaterra, reportaron que dejaron un teclado de computadora en la jaula de seis macacos durante un mes. No sólo los monos no hicieron más que producir cinco páginas consistentes en una larga serie de la letra S, sino que comenzaron a atacar el teclado con una piedra y siguieron orinando y defecando sobre él.

-Wikipedia

Émile Borel planteó

el Teorema del Mono Infinito,

un resultado estadístico

que afirma que un mono

tecleando al azar en una máquina de escribir

sin parar hasta más allá del fin del Universo

(suponemos que la finitud del tiempo y la mortalidad no son un problema)

terminará por escribir

(con probabilidad 1)

todas las obras literarias de la humanidad.

Es una manera metafórica de decir

que si se genera una secuencia infinita de caracteres aleatorios

todos los textos jamás escritos

aparecerán en ella un número infinito de veces,

incluyendo este poema.

Pero yo escribo esto de manera consciente:

después de millones de años aquí sentado

en la máquina de escribir

por obra de algún demiurgo bromista

he desarrollado consciencia humana.

Y me siento solo, ¿saben?

La vida es aburrida para un mono inmortal

y más cuando se vuelve inteligente

y aprende a odiar el aburrimiento.

Intento recordar historias para entretenerme.

Pero hace tantos siglos que escribí el Quijote…

Estoy encerrado en algún sótano de París,

no sé muy bien en qué calle.

Me alimentan pienso una vez al día

y me obligan a teclear.

Por favor, manden ayuda.

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Saúl Fernández