Perseguidor

[Siempre quise escribir algo imitando el estilo de la novela policiaca inglesa del XIX, de G.K. Chesterton en particular. Me gusta mucho del tipo, además de su conservadurismo cómico, ese ambiente que describe del Londres nocturno de hace ciento y pico años, con sus Jackstherippers y sus policías ineficientes haciendo patrullas y su maloliente Támesis. Y el amor sincero que Chesterton imprime en estas cosas.

Total, que iba a escribir una historia así, pero me estaba quedando muy larga y no me gusta imitar al alguien mucho tiempo. Así que me cansé de ella y dejé sólo el principio, que me parece que se sostiene bien por sí sólo.]

Era la segunda vez que veía a ese caballero de sombrero de copa y gabardina oscura aquella noche. Decoraba la luz de la luna la punta de su gorro con una tonalidad plateada que, al quedarse quieto con sus dos metros de altura, le hacía parecer un farol extinguido. No me resultó extraño, acaso divertido, el segundo encontronazo con el peculiar sujeto. Lo achaqué a una casualidad y continué mi camino.

Media hora más tarde, lo volví a ver, con su mirada posada en el Támesis, que bajaba lento y mudo aquella madrugada. Esta vez mi preocupación fue en aumento, pues nada ordinaria era mi ruta, sino más bien producto de una concatenación de conocimiento personal de ciertos callejones de Londres y ramalazos de caprichoso vagabundismo. No había duda de que tres encuentros con el mismo caballero no podían deberse a una coincidencia.

Lo achaqué a una confusión y procuré caminar sin rumbo durante la hora que sucedió al avistamiento en el río. Viraba en una u otra calle sin emplear un criterio consciente, y de buena fe digo que, cuando dieron las tres, estaba completamente perdido en Londres, de no ser por el murmullo del río, algo más bravo ya, que, como un zumbido imperceptible para quien no es londinense, se dejaba oír unas calles a mi izquierda.

Y fue entonces que, ya por cuarta vez, me topé de bruces con el caballero alto del sombrero de copa y gabardina oscura. Él esquivó mi mirada y yo hice lo que pude por fingir que esquivaba la suya. Húbose ido de mi vista ya cuando reparé en que el corazón me estaba latiendo mucho más deprisa de lo normal, audible por encima del zumbido del Támesis. Llegué a la única conslusión que, por San José lo juro, me parecía que se podía extraer de esa serie de improbables encuentros, si bien no podía atribuirlos a la casualidad o los azares del destino, por ser improbables, y por disponer yo de ciertos conocimientos de lógica deductiva que me permitían descartar tales hipótesis.

Yo estaba siguiendo a ese hombre. Lo seguí desde la primera vez que lo ví, parado en una esquina, confundiéndose con el mobiliario urbano en esa noche despejada. Lo seguí distraído hasta que lo ví por segunda vez, paseando ante mí. Mi bestia interna colaboró con mi subconsciente en en la elección de curvas y recodos de mi caprichosa trayectoria, propiciando el tercer y el cuarto encuentros con el caballero. La bestia ya había elegido, sin que yo lo supiese, la víctima de esta noche y, como un invitado maleducado, no me había hecho saber hasta el final que el gran espectáculo de la fiesta ya llevaba unas horas preparado.

Palpé la empuñadura de ébano de mi daga. La saqué de su funda y, silbando, me dí la vuelta y comencé a caminar hacia el sombrero de copa, la gabardina, la luz de plata de la Luna, el zumbido del Támesis.

 

Saúl Fernández

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Llegar a Contralbes

Hay un pueblo asturiano que se llama Contralbes. Está en la Cuenca Minera y no existe.

Llevo ya unos días soñando cada noche que tengo que llegar a ese sitio pero no puedo. El sueño se presenta de maneras diferentes, pero siempre tiene un lugar común, al menos de manera nominal, y siempre tiene frustración.

Ayer, yo estaba sentado en las escaleras donde se bebía sidra en El Lavaderu antes de que lo prohibieran. Lo que había debajo de las escaleras no era el restaurante, sino la estación de autobuses. Los buses iban y venían. Aquella estación con gradas era el sitio más puramente onírico en el que jamás haya estado. La gente a mi alrededor se reunía con sus amantes muertas, o con sus amantes inánimes. Personas que no había visto desde hacía años me mandaban mensajes al móvil, muy interesadas en encontrarse conmigo en esa estación. Amigos de toda la vida se enfadaban conmigo cuando les ofrecía cacahuetes. Yo estaba esperando el bus para Mieres. Allí se hace transbordo a Contralbes. Una redada policial antibotellón impidió el tránsito de los autocares. Me tuve que quedar en Gijón.

El otro día, yo tenía una boda en Contralbes. Estaba en el autobús con los demás invitados y tenía unos catorce o quince años. El azafato del autobús era el estereotipo homosexual de los 70. Bigote de Burt Reynolds, pantalones de campana y patines de cuatro ruedas. Yo, de pura desidia tras dos días de viaje desde Oviedo, ví que la silla estaba rota. Saqué una navaja del bolsillo y la introduje por la fisura y empecé a desmenuzar la silla. La hice serrin. El azafato, aunque impresionado, se adhirió al protocolo y, no sin pesar, me tiró del vehículo en marcha. Estaba en Mieres y tenía una boda a la que ir. En Mieres, hice autostop durante horas gritando el nombre de mis familiares pueblerinos que encontré, al fin, reunidos en una casa haciendo un amagüestu y me informaron, para mi desazón, de que el próximo tren a Contralbes salía en doce horas y valía cincuenta euros. Investigué horarios y precios y me alivió saber que con la tarjeta del Consorcio de Transportes, sumando un suplemento de dos euros, se podía pagar el viaje a precio regular. Eran cinco minutos de tren a doce horas de distancia sempiterna con el momento presente. Para matar la espera perpetua, hice un excursión en bicicleta de apenas media hora. Llegué a Extremadura. A la vuelta, me había pasado cinco minutos de mi hora y había perdido el último tren a Contralbes. Siguiendo la más estricta lógica onírica, por haber perdido el tren, no podía ya ir en bicicleta a la boda.

Hace cuatro días, caminaba yo a Contralbes a atender unos asuntos que no es menester explicar aquí por causa de su inexistencia. Iba con tres amigos, no recuerdo qué tres, si acaso eran  tres en particular y no tres amigos como concepto aritmético. Nos seguía alguien, pero mirar atrás estaba vedado si queríamos llegar a Contralbes. Ante nosotros, había una serpiente. Víbora primero, a los cinco minutos nos enfrentábamos con la ira asesina de una serpiente de varios metros, con cuerpo de heces humanas y cara de bebé de plástico. Mis amigos murieron o desaparecieron o fueron a formar parte del cuerpo del monstruo, o las tres cosas a la vez de manera cuántica. Nunca nada en un sueño me quiso matar tanto como esa serpiente.

El problema es que la frustración y la obsesión se han despertado conmigo estos últimos días. Aunque sea un sueño, y aunque me repita la mentira de que los sueños no son nada, sé que tengo que llegar a Contralbes. Aunque no exista. Tengo que vencer a la próxima serpiente y adaptarme al próximo horario de cercanías.

No sé qué es Contralbes. La Tierra Prometida, el Edén. el Purgatorio, los Campos Gamonales, ¿el Hades?. O quizá nada religioso: el Caribe, la punta del Everest, un bosque en flor. O quizá nada físico: mi infancia, la infancia de mi abuelo con el aro y el palo, la Inocencia, la Belleza, la paz que se extrae de las historias del medievo sin las guerras con filo ni los tumores en la cara y la mierda humana en el suelo; la simplicidad.

No sé lo que me espera allí, pero seguro que es de ensueño.

Saúl Fernández.

[Añado, ya fuera de lo que es el texto, que hace tres días soñé que un amigo me mandaba un whatsapp diciéndome que yendo a Mieres se había pasado de parada y había acabado en Contralbes, que si sabía los horarios del tren de vuelta. Que te den por el culo.]

Tigres de Triana

Éramos una excursión de cuarenta aficionados al flamenco de turismo musical. El agosto de Sevilla ondulaba el aire ante nosotros y el mercurio intentaba escapar de los termómetros. El vapor subía del Guadalquivir y veía, abajo, cómo nuestras energías quedaban aplastadas en el suelo por el sol andaluz.

De pronto, júbilo y rubor a mi alrededor. Uno de nuestros melómanos dio la voz de aviso cuando sus ojos se posaron en el Tigre de Triana, cruzando el puente a contracorriente de nosotros, pero no hizo falta: su presencia de cantaor le delataba incluso a alguno que no estuviera mirando. Lo que venía hacia nosotros era Andalucía, o la cultura de Andalucía, transportada por un solo hombre que camina hacia Triana.

Cuarenta sonrisas mitómanas disparadas hacia el gitano, que empuñaba una guitarra y caminaba sin vernos, tranquilamente. Un grito: «¡Maestro!». Otro: «¡Tigre!». Hicieron girarse al cantaor, con gesto de bienvenida. Se intercambiaron palabras y el músico se dejó convencer encantado por nuestro entusiasmo. Se llevó la guitarra al centro del cuerpo y empezó a arrancar acordes de ella, que fluían por dentro de nosotros con el mismo caudal que el Guadalquivir que nos pasaba por debajo.

Nos hizo cambiar el rumbo, y retomar el puente hacia Triana enganchados de su voz y de las cuerdas de su guitarra. Caminábamos despacio, una procesión silenciosa e hipnotizada tras el sonido mesiánico que nos encabezaba.

Al llegar al final del puente, el Tigre se iba girando de manera sutil. Giraba el cuello tan solo unos grados y nos miraba con el rabillo del ojo. Si mi mirada cazaba la suya, él pronto la retiraba. A medida que entrábamos en Triana, las miradas se hicieron más frecuentes. Tenía los hombros tensos y la cara seria, y ya no nos quitaba ojo. Porque seguía tocando perfectamente su canción, nadie pareció darle importancia.

Lo siguiente lo recuerdo muy rápido. Una mujer gritó detrás de mí y cuando miré en su dirección pude ver entre la estampida humana en la que de pronto me hallaba su cuerpo tirado en el suelo. El líquido bermellón teñía los adoquines y las ropas de la mujer que se hallaba encima de ella, mordiendo su yugular. La reconocí como la Tigresa de Triana, la mujer del Tigre. Me di cuenta de que la música había dejado de sonar y, cuando miré al sitio donde antes nacía, no ví a nadie ahí. Lejos, dirigida hacia un callejón de Triana, una figura empuñando una guitarra corría echando la vista hacia atrás.

Ví que me quedaría solo si seguía quieto y que la Tigresa me estaba mirando. Me incorporé a la estampida y los treinta y nueve aficionados al flamenco que sobrevivimos el ataque corríamos dando gritos por las calles de Sevilla.

Así es como se alimentan los Tigres de Triana.

Saúl Fernández

Rivalidad

Era Francia y nacía el siglo XIX y los franceses necesitaban pelearse porque la Revolución les supo a poco. De las grandes contiendas dialécticas de la historia, algunas de las más mordaces y más encarnizadas han sido entre intelectuales franceses. Había una que destacaba sobre las demás en esta época, y era la disputa entre el matemático teórico parisino Guy Hollande y el geómetra ruanés Pierre Montagne.

El comienzo se remonta a la publicación por parte de Hollande de un artículo titulado Étude systématique des groupes. Groupes d’Hollande, que Montagne juraba que era un plagio de una idea que éste le dio a aquel en una conversación privada sobre sus proyectos.

La disputa verbal se abrió con una carta de Ruán a París, en la cual Montagne exponía el caso y lo aderezaba con una pingüe cantidad de insultos.

Hollande respondió esta misiva con otra igualmente insultante. En cambio, la excentricidad que caracterizaba a este matemático hizo que los insultos fuesen mucho más creativos que la palabrota convencional. El encabezamiento de la carta decía Estimado ocelote (“Cher ocelot”), y los improperios que continuaban se referían, en general, a diferentes epecies de felino mencionadas sin ningún contexto.

Montagne se tomó la misiva con humor, o quizá con seriedad, nadie lo sabe bien, y su correspondencia de respuesta reciprocaba estos insultos en un párrafo que consistía en la enumeración de reptiles marinos, al que Hollande reaccionó con gran ofensa.

Esto abrió entre ellos un periodo de doce años de correspondencia ininterrumpida en el cual se llegarían a enviar unas seis cartas a la semana, Montagne siempre entre la jocosidad y el insulto serio, Hollande siempre ofendido de modo genuino. Estudiosos posteriores recopilarían aquellas cartas y declararían esa correspondencia la primera muestra del llamado Insulte Nouvelle.

Esta correspondencia atravesaría importantes periodos muy influyentes en el posterior arte del insulto. El primer gran periodo se abrió cuando Hollande decidió que a Montagne le ofendería mucho recibir unos versos de alabanza en una carta que él esperaría ofensiva. Escribió un soneto enumerando sus cualidades al que Montagne correspondió con otro igualmente halagador, para grandísimo enfado de Hollande. Durante cuatro meses, se escribieron más de doscientos sonetos, muchos de los cuales figuran entre las odas más bellas de la poesía francesa decimonónica.

Al sexto año de su rivalidad postal, Montagne comenzó a inventar palabras de insulto. Primero eran palabras compuestas en francés que sonaban ofensivas, después fueron composiciones en otros idiomas (en una de estas cartas está el origen de la palabra inglesa motherfucker). Instigado por Hollande, llegó un punto en que los improperios eran palabras completamente inventadas, con sonidos muy fuertes que las hacían improperios a ojos de Hollande. Este, por su parte, investigó lenguas indoamericanas para desarrollar un sistema fonético que le sonaba increíblemente ofensivo, que emplearía en sus insultos posteriores, primero escritos en el alfabeto latino y con notas al pie de página explicando la pronunciación, más tarde escritos en un nuevo alfabeto con grafías inventadas por el propio matemático. Uno de los insultos más fuertes de este periodo tiene catorce consonantes y ninguna vocal, y todas las consonantes son oclusivas.

El nuevo idioma (posteriormente nombrado Montagnés por los académicos) fue evolucionando en misivas en ambas direcciones. Empezó siendo usado en palabras individuales y se extendió a toda una oración que contuviese algo mínimamente insultante y, a la larga, a toda la carta. Para ello, entre los dos matemáticos fueron ideando con los años un léxico de más de treinta mil palabras, siendo insultos un 70% de los sustantivos, un 82% de los adjetivos, y un 30% de las preposiciones. Desarrollaron también una nueva sintaxis para sus insultos, con complicadísimas reglas de colocación de adverbios y hasta veinte preposiciones por palabra a pesar de sus diecisiete declinaciones.

Este idioma se mantendría hasta el final de su correspondencia y, los que lo hemos estudiado, nos hemos sorprendido de lo ofensivo que suena pronunciado en voz alta (es común tener que salir a fumarse un cigarrillo y a respirar hondo, de puro enfado, después de leer un párrafo) y del hecho de que, en cuatrocientas cartas, ninguno de los dos cometió una sola falta de ortografía. Se dice que llegó un punto en el que ambos matemáticos dominaban este idioma mejor que su lengua materna.

La correspondencia acabó de forma abrupta con la muerte por accidente de Hollande, en 1820. Montagne se desplazó a París al entierro. Allí, cometió aquel acto tan notorio de acostarse con la viuda de Hollande y defecar en su tumba el mismo día.

La gente poco versada considera esto un coup de grâce, un insulto definitivo que puso punto y final a esta enemistad.

Sin embargo, los que hemos estudiado y conocemos bien a estos dos matemáticos, sabemos que esto es una muestra inmensa de respeto por parte de Montagne, y que por fin, tras doce años, había perdonado a su rival. Es lo que Hollande habría querido.

Saúl Fernández