Estatua de Metro (Historias del Metro)

[Inauguro una sección en este blog que se llama Historias del Metro. Son sobre el Metro y las escribo en el Metro. La sección acabará cuando me vaya de Madrid o puede que antes porque en el metro se escribe fatal] 

Ser estatua humana tiene muchísimo que ver con el movimiento. Quiero decir: tiene muchísimo que ver con el movimiento relativo. La estatua humana está quieta, en relación a cualquier punto fijo de la superficie de la Tierra. Me gusta la punta del Everest. Respecto a la punta del Everest la estatua humana está quieta. Y es por ello que el espectáculo no funciona para un espectador igual de estático.

La persona que ve una estatua humana la ve mientras se mueve. La estatua capta su atención en el rabillo de su ojo y la persona gira la cabeza y la cabeza gira el cuerpo y la punta del Everest se detiene respecto a la persona y ahora se encuentra de cara al mimo, disfruntando la quietud. Acaba este sistema dinámico con la persona tirando una moneda y alejándose, o en términos relativos, observando como el mimo y el Everest se alejan a su espalda.

Y es esta necesidad de un dinamismo tan específico lo que hace muy difícil ser estatua de metro.

Yo empecé en esto la década pasada, creo que fue en 2005, si no 2006. Empecé en Barcelona y siguiendo unas medias de rejilla llenas de carne suave terminé en Madrid. En Barcelona era un nicho más ocupado, por aquello de que la creatividad está muy diversificada allí y al final acabamos todos haciendo las mismas mierdas minoritarias. Aquí en Madrid es otra cosa: aquí soy el único que hace de estatua en el metro. Junto con el tipo sin dedos ni labios que canta una tonada, tengo tomada la franja de las cinco a las once de la tarde en la línea 10. A veces hago la línea Pitis-Hospital de Henares durante unas semanas cuando la gente ya me ha visto varias veces en la 10, pero siempre acabo volviendo. Es la única línea que tiene un tramo que no está soterrado, y eso me ayuda en la cinética que comentaba antes.

El trabajo se explica de manera tan sencilla como se habrán imaginado: me pongo en medio de un vagón excesivamente maquillado y disfrazado (últimamente de ángel plateado, pero también he hecho el tenista congelado en medio del golpe y la estatua de Trujillo) . Ante mí pongo un recipiente con unas moneditas de cebo. Y a partir de ahí me quedo quieto en el centro del vagón hasta que alguien tira una moneda.

Es un juego de pies extremadamente complejo, y pasan años hasta que uno consigue la apariencia de inmovilidad total. Requiere mucha más disciplina que la estatua de calle. Y hay quien dice que el esfuerzo es fútil.

Yo mismo dudo de vez en cuando de la relevancia de la disciplina. Es obvio que gano menos que una estatua de calle, y tiene que ver con la dinámica de la que hablaba antes. Sentados en el metro, no pueden apreciar el movimiento relativo de la estatua. La estatua se convierte en un tipo que durante cinco paradas se queda inmóvil de pie junto a ellos. El espectáculo desde esta perspectiva es indistinguible, si no es por el disfraz, de la inmovilidad agarrotada de muchos otros pasajeros. Esa falta de apreciación, bien pensado, no me molesta (es, al fin y al cabo, una de las lacras que debe soportar un artista que quiera llamarse tal). Me molesta la falta de cinética. Porque en el metro nunca se dan las condiciones dinámicas que yo necesito excepto para un tipo de pasajeros: aquellos que me ven desde el andén y luego no suben al metro, viendo cómo me alejo. Por definición, esos viajeros no me van a pagar. Primero, el estado transicional del andén es para entrar y salir de un tren. Una persona que se queda en el andén cuando el tren pasa, mirando al interior pero sin entrar, está equivocada o despistada o desorientada o drogada. Esos cuatro tipos de personas rara vez echan dinero a un mimo. Además, existe una restricción física obvia que les impide, desde el andén, dar dinero a un artista de tren. La estatua de metro requiere la inmovilidad del espectador. La experiencia, si se diera, sería simbiótica.

Esa es la inevitable desgracia de la estatua de metro. Todas las limosnas que he recibido y que recibiré por mi trabajo provienen de gente que no lo ha visto en su completitud. No es una experiencia adecuada. Es malo para ellos y es malo para mí, porque sé que están pagando por compasión. Por eso he dicho “limosnas”.

La estatua de metro vive con la esperanza (es una esperanza como un zumbido lejano, pero constante) de que alguien aprecie el sistema dinámico (un soñador, un compañero de gremio, un enviado milagroso). Que alguien esté en el andén, observando la quietud móvil del mimo mientras se acerca a su posición, que tire una moneda en el momento de apertura de puertas que ejerza una parábola que vaya a parar al sombrerito de las monedas y que, quieto en la estación, vea cómo las puertas se cierran y la estatua, habiendo hecho el pequeño gesto de reconocimiento, vuelve a quedar inmóvil mientras el tren se aleja por el túnel. Ese día, los viajeros de la línea 10 verán cómo una lágrima cae por la cara del hombre inmóvil, arruinándole el maquillaje.

 

Saúl Fernández