Peticiones (II): Naranjas al amanecer.

Acepto sugerencias para escribir relatos.
Hace unos días, Jaime Martínez me sugirió esto:

Escribe una historia sobre las tensiones surgidas entre la humanidad y una clase de androides perfectos que son absolutamente iguales a los humanos. Androides indistinguibles que funcionan con comida y tal, están integrados en la sociedad, poseen conciencia y no se les puede reconocer. Pero bueno, surgen tensiones. No sé. La pelota de mierda está en tu uralita.

 

Y yo lo hice, y el resultado fue una historia particularmente larga para este blog que se me atragantó mucho a la hora de escribirla. Pero aquí está, después de dos días y media migraña:

2014-09-21 11.43.51

Naranjas al amanecer.

I.

Sulfán Coctero amanecía aquella mañana pensando «mierda, soy viejo». La otra mitad de la cama estaba vacía y aún flotaba desde la cocina el olor del café, que hacía semanas que Arsgulda no hacía para dos.

Se sentó en la silla que había quedado apartada de la mesa y desayunó dos tostadas de mermelada natural mojadas en café solo y esta vez, porque se despertó pensando «mierda, soy viejo», decidió que iba a experimentar echando tres de azúcar. La tostada sabía muy dulce ahí mojada. No le gustó.

Necesitaba un zumo y tuvo que pedir las naranjas a la nevera. Tardaron más de cinco minutos en llegar por el mercatubo. No eran muy buenas y llegaban con una nota: «¡Lo siento, Coctero! Muchos pedidos hoy». Acabó el desayuno tomándose 30.5 de Alegría y 42.0 de Euforia. Por si le hiciesen falta luego, se llevó las tabletas de Calma y Conformidad al salir al trabajo.

Al salir se tropezó con un taburete. Se tomó 10.0 de Calma frotándose la espinilla, pero eso no le impidió decir: Mierda.

II.

Arsgulda Manta contemplaba las llaves Allen dispuestas por tamaños y no recordaba por qué las estaba contemplando.

Una del 8, Arsgi, le dijo Pársimo, a su espalda.

Ah sí, sí. Toma.

Ahora Arsgulda Manta miraba la llave Allen girar en la mano del hombre y veía el tornillo girar hacia fuera más deprisa de lo que su propio cerebro giraba hacia dentro.

¿Qué te pasa, que estás muerta?

Ay, nada, nada, que no he dormido un carajo y ya llevo así unas noches. Y esta mañana sólo tenía hambre para una naranja. Perdona, que lo estás haciendo tú todo.

No te preocupes, Arsgi. Tómate un café o algo, mujer.

No, no. Me he tomado dos antes de entrar.

¿Y no quieres Euforia? Creo que tengo algo.

Ya sabes que no me suele gustar tomar eso. A ver, estar así de mal amanecida es una jodienda, no te digo que no, pero no es artificial, ¿entiendes?

Pársimo dijo: Te entiendo pero no te entiendo.

Arsgulda dijo: Ya.

III.

Después de una semana pensándose viejo, Coctero empezó a hacer ejercicio por las mañanas. Se había puesto una selección de folk y dejaba la vista fija en una junta del techo mientras la máquina le ejercitaba los músculos de correr. En ese gimnasio iban subiendo las luces despacio para sincronizar la iluminación con el amanecer y enfriaban el aire y lo perfumaban de eucalipto. Con eso y el folk, era como hacer ejercicio en la naturaleza.

Llegaba bastante fresco al trabajo por la mañana. Un día Rogder le dijo: Qué contento vienes últimamente. ¿Mejor con la mujer?, y el contestó: Bueno…

Pensó: No, y pensó: Hace siete días que no la oigo si no es roncando y hace diez días que no la toco y últimamente, que madrugo más que ella, ya ni la huelo en la cocina.

Pero dijo: Bueno…

IV.

Ese día en el taller tenían cuatro cirugías y Arsgulda Manta respiraba despacio al entrar en la tercera.

Estás relajada, Arsgi, dijo Pársimo.

Sí. Hoy dormí bien por fin.

¿Con Sulfán ha habido novedades?

Ayer hablamos. Mucho rato. Y no es que hayamos arreglado nada, pero a los dos nos hacía falta decirnos muchas cosas.

¿Y habéis llegado a alguna conclusión?

Pues sí… o no. No sé. No parece que ninguno esté muy dispuesto a dar el paso.

Pársimo hizo una pregunta con la vista fija en la placa base del paciente. No crees que se pueda salvar, ¿no?

¿A estas alturas? Arsgulda siguió trabajando en silencio como si hubiese olvidado la pregunta. Pero tras un rato dijo: No.

V.

Eran las siete y ya anochecía. El reloj de la cocina había activado los sonidos de grillos hacía diez minutos y había mezclado el aire acondicionado con olor nocturno. Sulfán Coctero activó su Aparato en el vacío de la cocina y buscó casas en su rango de precios. Arsgulda era la cirujana y él el oficinista, y ahora que ya no tendría el sueldo de ella ya no iba a poder vivir en una casa tan bonita.

Fue a ver una al día siguiente. Estaba algo alejada del centro pero había metro. No era especialmente pequeña, era de casi cinco por seis metros. No tenía mercatubo. El casero le dijo: No hay mercatubo, pero hay una tienda justo abajo y la nevera funciona igual, con la tienda. Tú pides y cuando la nevera te avisa tienes que bajar a por ello. El problema es que lo tienes que pagar en el acto.

Preguntó: ¿tiene ambientación?

El casero respondió: No, pero el sistema está habilitado. Lo tendrías que pagar tú aparte. Eso se activa y se desactiva desde el reloj. Si la activas en verano sale brisa de mar por el aire acondicionado. No te molesta la brisa de mar, ¿no?

No, no, está bien.

Pues si te interesa puedes mudarte ya mismo. Pero me lo tienes que confirmar antes de mañana.

Coctero dijo: Sí. Tengo que hacer el equipaje. Mañana te llamo.

VI.

Durante un rato operaron en silencio. Después Arsgulda habló cambiando un fusible en el pecho de un niño: No sé qué pensar de esto. Hoy ya se fue de la casa, y le doy vueltas, no le dejo de dar vueltas. Lo dejé yo, y supongo que no debería dudar tanto, pero hay como una voz dentro de mí que dice: “¿me arrepentiré?” ¿Sabes lo que digo?

Pársimo dijo: Sé lo que dices.

Siempre me lo había preguntado, ¿sabes? Si estaría dispuesta a ello. Y siempre había pensado que sí.

¿Dispuesta a qué?

Al tema humanos-androides. No sé, es que no creí que tuviese problemas con ello. Tengo amigos en ese tipo de relaciones y no sé, me siento como un poco discriminatoria.

La idea que tenía, Arsgi, es que lo dejaste porque te mintió muchísimo.

Sí, sí, si es eso. Si yo sé que es eso. Pero no sé, ¿y si es por la otra cosa? ¿Si es una excusa lo de que me mintió? Además, no me mintió tanto, joder. Simplemente no me dijo nada.

Arsgi, no seas tonta. En dos años no te dijo lo que era Y él sabía de sobra que tú no lo sabías. ¿Cómo no te vas a enterar si él no se está esforzando por ocultarlo activamente? Anda, es normal estar un poco paranoica en estas situaciones, pero no le des más vueltas.

Ya…

Callaron un rato para oír el giro del giroscopio. Pársimo rompió el silencio cuando vio que sonaba de nuevo a 420Hz: Ya. Dos años, Arsgi. Y hasta que no se le rompió un vaso en la mano y tuviste que ver lo que salía del corte…

Calla, calla, no me lo recuerdes.

Y toda esa fachada de estar todo el día conectado a cosas, y de alimentarse prácticamente de tabletas de emociones… Es como que…

Pársimo, no me apetece hablar más, porfa.

…es como que no acepta lo que es, ¿sabes? No es por lo que es, Arsgi, es porque él no quiere serlo. Y no puedes estar con alguien si esa persona

Por favor, Pársimo, no sigas hablando.

Vas a estar mejor, Arsgi.

Ella dijo: Cállate. Porfa. Cállate. Hablar no es lo que necesito ahora mismo.

VII.

Sulfán Coctero amaneció a las seis en una cama del tamaño de una persona mientras el sol le daba en la cara. Oyó el canto de los pájaros y se llenó los pulmones del aire fresco y, por primera vez desde hacía mucho, se sintió en paz con la mañana.

Su nueva cocina olía al aire fresco del sistema de ambiente y a nada más. Miró al reloj del que salía el aire y el canto de los pájaros y se preguntó si lo podría programar para que la cocina oliese a café de persona ausente cuando él entrase en ella por la mañana.

Se sorprendió en estos pensamientos y se tomó 24.5 de Calma y mirando a la nevera suspiró: En fin.

VIII.

Arsgulda Manta se limpió con un pañuelo de papel las manchas de aceite de sus muslos, y tiró el pañuelo con los demás desechos del taller y cuando se subió las bragas y vio que se habían roto por la goma dijo: Joder.

Pársimo se subía los calzoncillos y observó: Hay que cerrar al crío.

Ya, dijo Arsgulda. Y despertarlo.

Pársimo la paró cuando se acercaba a la camilla. ¿Estás cojeando?

Ay, pues sí. ¿Será de ahora?

No creo. Estás perdiendo aceite.

Ay, mierda, soy yo. Ví que tenía aceite en los muslos pero pensé que sería de tus manos. Jo-der. Es que ya me toca cambio de rodillas, pero no pensé que tan pronto.

Te las cambio yo ahora, cuando acabe con este. Tú siéntate.

Gracias, Parsi.

¿Te pongo codos también?

No hace falta. Son nuevos de este año.

Oye. No está mal, lo que hicimos, ¿no? Ya se había acabado todo con Sulfán, y eso, ¿no?. Lo digo porque estás dudando de tus decisiones un poco y tengo miedo de haber puesto un clavo en el ataúd que no tenía que haber puesto.

Arsgulda estaba pensando en la casa vacía de humano a la que iba a llegar en cuanto pudiese andar y siguió sentada en silencio como si hubiese olvidado la pregunta. Pero tras un rato miró a su compañero y dijo: Cállate.

Saúl.

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