Peticiones (III): Algoritmos.

Acepto peticiones para escribir historias en el blog. Hace unos días, Cris Argüelles me pidió esto:

Estoy haciendo un proyecto sobre áreas de control de aeropuertos y centros comerciales y su similitud programática como el control de la gente y los espías. No tienes que hacer nada, puedes simplemente compadecerte de mí.

Yo no entiendo lo que significan la mayoría de esas palabras puestas en ese orden, así que decidí hacer una historia sobre gente que se parece a programas. No es lo más original en la ciencia ficción, claro está. Pero bueno, aquí va:

Algoritmos.

Era un proyecto ambicioso, pero ahora entiendo que era necesario. Hubo críticas, y vaya si las hubo, por culpa del gasto económico que suponía, y los mismos que ayer criticaban hoy aplauden. Nadie se llegó a disculpar. Yo critiqué mucho, y hoy me disculpo.

Eso es porque hoy entiendo el alcance del Algoritmo.

La computación ya estaba revolucionada del todo, eso es lo que decíamos. Y claro que a niveles físicos los computadores no podían alcanzar mayores velocidades ni menores tamaños. Lo que no tuvimos nunca en cuenta, y aquella loca sí supo ver, es que el tiempo de computación jugaba un papel fundamental al determinar el límite de lo que podía hacer un computador. El tiempo, claro, estaba determinado por la paciencia, y no fue por paciencia por lo que llegamos a este nivel de avance y bienestar.

Lo que quiero decir es que en aquel momento se construyó el computador más grande de la historia y se puso a funcionar a una velocidad que era manifiestamente más lenta que cualquier cosa que hubiéramos visto en los últimos años, y eso iba en contra de todo en lo que creíamos. En cierto modo, iba en contra de la Naturaleza.

No se lea esto, por favor, como un intento de justificación. Mis disculpas son sinceras.

El Algoritmo, cuando salió a la luz, desató una oleada de rechazo, y cómo no iba a ser así, si nadie sabía a dónde iba. Hay quien dice que la loca sabía a dónde iba, pero yo no creo eso. La propia naturaleza del Algoritmo no iba a permitir que ella supiese a donde iba.

De eso se trataba, al fin y al cabo, ¿no? De ensayo y error, y ensayo de nuevo. No de predicción, como han dicho los periódicos; aunque, naturalmente, para eso se va a usar en este mundo de pragmáticos.

Esto empezó cuando la loca tenía el pelo negro y la cara lisa, y recuerdo que todos nos congregamos para verla fallar.

Los registros eran públicos para la comunidad científica, pero ella salía cada poco tiempo del laboratorio a decirnos lo que estaba pasando. Y era mucho mejor verla a ella contándolo que verlo escrito porque ella estaba, no sé cómo decirlo, viva.

No sé si puedo decir lo mismo del resto, pero yo no estaba ahí para reírme de ella, aunque encontraba lo que estaba haciendo risiblemente ridículo. Pero no, yo estaba ahí para escuchar el énfasis que ponía en cada palabra que pronunciaba, como si cada una fuese la más importante que había salido nunca de su boca. Y para ver su pelo, que empezó corto y negro y quieto y a medida que pasaba el tiempo se graseaba y se engrisecía y se estiraba hacia el suelo, y hacia el cielo, y hacia el horizonte, y hacia cualquier dirección diagonal entre estas. Y para ver la obsesión hacer campamento y descomponer a una persona. Supongo, en retrospectiva, que ya entonces admiraba aquel énfasis y aquel pelo y aquel decaimiento, si bien no tanto como ahora.

Estaba ella y estaba aquel disco duro mastodóntico que había hecho construir.

Al principio no había nada en él y después el computador empezó a llenar el espacio de forma caótica con un algoritmo de aleatoriedad y al cabo de un tiempo había subprogramas que interactuaban. Estos subprogramas no hacían nada más que pasarse información inútil, y a ella le parecía maravilloso.

Después ella eligió un subprograma y le puso el código del Algoritmo. Y de ahí salió el primer ser, y salió después de trillones de iteraciones de aleatoriedad y después corrección de fallos y después aleatoriedad a partir de la situación mejorada. Y cuando el ser se replicó fue cuando ella supo, mucho antes que nosotros, que el Algoritmo funcionaba.

El tiempo que pasó desde aquello hasta que losresultados empezaron a ser últiles fue largo, pero ella tenía fe absoluta. Después todo pasó muy deprisa. Los seres se hicieron más complejos y empezaron a conglomerarse para formar seres mayores y esos seres mayores eran cada vez más complejos. Ya en este punto empezamos a aplaudirla, hipócritas de nosotros, cuando ya se le había ido de las manos, cuando no entendíamos qué estaba pasando pero sabíamos que era algo grande.

Desde aquel momento todos mirábamos los resultados y estudiábamos las salidas del Algoritmo. Y cuando ella salía del laboratorio los que antes la miraban con risa ahora la miraban con atención y yo, que antes la miraba con reverencia, ahora la había empezado a adorar.

Llegó un momento en que unos seres inventaron el lenguaje y todos nos quedamos sin palabras. Y no pasó mucho hasta que vieron que había un Algoritmo, o una loca al menos, y pensaron que la loca estaba en control de sus vidas, y le pusieron nombre. Y unos la llamaban Sol y otros la llamaban Yahveh y otros la llamaban de otra manera, porque era enorme el número de lenguajes y de explicaciones que desarrollaron.

Y empezaban a pedir cosas a la loca, y la loca no podía hacer nada más que observar y durante temporadas, cansada de oir peticiones en idiomas que tan solo estaba empezando a entender, dejaba de mirar el ordenador un rato y se cortaba el pelo y se daba una ducha y dormía pero siempre, cuando volvía al laboratorio, nos pedía que la pusiéramos al día, y ella oía de guerras o pestes que había diezmado a los seres, y decían que era un castigo de ella, o de épocas de grandeza y felicidad, y decían que era por la gracia de ella, pero la loca solo podía observar.

Empezaron a entender el Algoritmo. Entendieron el funcionamiento básico del algoritmo del caos y entendieron el algoritmo corrector evolutivo y le dieron nombre al proceso de entender el algoritmo. Decían, siempre dijeron, que el algoritmo no se podía reprogramar. La loca podría haberlo hecho, pero nunca se atrevió. Y por eso los seres dejaron de creer que había una loca.

Los llegamos a ver pasando de su subprograma a otro cercano y llevándose el código del algoritmo con ellos y al cabo de billones de iteraciones los vimos conquistar todos los subprogramas que pudieron alcanzar. Y los vimos olvidarse de la ciencia anterior y renacer como civilizaciones de palos y piedras, y los vimos, con emoción, redescubrir el Algoritmo y reinventar a la loca y desarrollar lenguajes y viajar a través de gran disco duro y luchar entre ellos, una y otra vez.

Y se especula que llegarán a nuestro nivel, y que sabrán aprovechar toda la energía de los que ellos llaman Universo, y que algún día, entre esos seres, habrá una loca que tome un supercomputador y programe un Algoritmo. Ese día ellos podrán ver cómo se crean criaturas que evolucionan hasta ser como ellos, hasta que una de ellas toma un supercomputador y programa el Algoritmo.

Y cuando tal cosa ocurra, sabremos, con probabilidad 1, que nosotros somos los resultados de un Algoritmo de una loca anterior. Ahí arriba. Mirándonos.

Así reencontraremos a nuestros dioses. Y después… lo que pasé después, supongo, lo habrá de decir el Algoritmo.

Saúl.

Peticiones (II): Naranjas al amanecer.

Acepto sugerencias para escribir relatos.
Hace unos días, Jaime Martínez me sugirió esto:

Escribe una historia sobre las tensiones surgidas entre la humanidad y una clase de androides perfectos que son absolutamente iguales a los humanos. Androides indistinguibles que funcionan con comida y tal, están integrados en la sociedad, poseen conciencia y no se les puede reconocer. Pero bueno, surgen tensiones. No sé. La pelota de mierda está en tu uralita.

 

Y yo lo hice, y el resultado fue una historia particularmente larga para este blog que se me atragantó mucho a la hora de escribirla. Pero aquí está, después de dos días y media migraña:

2014-09-21 11.43.51

Naranjas al amanecer.

I.

Sulfán Coctero amanecía aquella mañana pensando «mierda, soy viejo». La otra mitad de la cama estaba vacía y aún flotaba desde la cocina el olor del café, que hacía semanas que Arsgulda no hacía para dos.

Se sentó en la silla que había quedado apartada de la mesa y desayunó dos tostadas de mermelada natural mojadas en café solo y esta vez, porque se despertó pensando «mierda, soy viejo», decidió que iba a experimentar echando tres de azúcar. La tostada sabía muy dulce ahí mojada. No le gustó.

Necesitaba un zumo y tuvo que pedir las naranjas a la nevera. Tardaron más de cinco minutos en llegar por el mercatubo. No eran muy buenas y llegaban con una nota: «¡Lo siento, Coctero! Muchos pedidos hoy». Acabó el desayuno tomándose 30.5 de Alegría y 42.0 de Euforia. Por si le hiciesen falta luego, se llevó las tabletas de Calma y Conformidad al salir al trabajo.

Al salir se tropezó con un taburete. Se tomó 10.0 de Calma frotándose la espinilla, pero eso no le impidió decir: Mierda.

II.

Arsgulda Manta contemplaba las llaves Allen dispuestas por tamaños y no recordaba por qué las estaba contemplando.

Una del 8, Arsgi, le dijo Pársimo, a su espalda.

Ah sí, sí. Toma.

Ahora Arsgulda Manta miraba la llave Allen girar en la mano del hombre y veía el tornillo girar hacia fuera más deprisa de lo que su propio cerebro giraba hacia dentro.

¿Qué te pasa, que estás muerta?

Ay, nada, nada, que no he dormido un carajo y ya llevo así unas noches. Y esta mañana sólo tenía hambre para una naranja. Perdona, que lo estás haciendo tú todo.

No te preocupes, Arsgi. Tómate un café o algo, mujer.

No, no. Me he tomado dos antes de entrar.

¿Y no quieres Euforia? Creo que tengo algo.

Ya sabes que no me suele gustar tomar eso. A ver, estar así de mal amanecida es una jodienda, no te digo que no, pero no es artificial, ¿entiendes?

Pársimo dijo: Te entiendo pero no te entiendo.

Arsgulda dijo: Ya.

III.

Después de una semana pensándose viejo, Coctero empezó a hacer ejercicio por las mañanas. Se había puesto una selección de folk y dejaba la vista fija en una junta del techo mientras la máquina le ejercitaba los músculos de correr. En ese gimnasio iban subiendo las luces despacio para sincronizar la iluminación con el amanecer y enfriaban el aire y lo perfumaban de eucalipto. Con eso y el folk, era como hacer ejercicio en la naturaleza.

Llegaba bastante fresco al trabajo por la mañana. Un día Rogder le dijo: Qué contento vienes últimamente. ¿Mejor con la mujer?, y el contestó: Bueno…

Pensó: No, y pensó: Hace siete días que no la oigo si no es roncando y hace diez días que no la toco y últimamente, que madrugo más que ella, ya ni la huelo en la cocina.

Pero dijo: Bueno…

IV.

Ese día en el taller tenían cuatro cirugías y Arsgulda Manta respiraba despacio al entrar en la tercera.

Estás relajada, Arsgi, dijo Pársimo.

Sí. Hoy dormí bien por fin.

¿Con Sulfán ha habido novedades?

Ayer hablamos. Mucho rato. Y no es que hayamos arreglado nada, pero a los dos nos hacía falta decirnos muchas cosas.

¿Y habéis llegado a alguna conclusión?

Pues sí… o no. No sé. No parece que ninguno esté muy dispuesto a dar el paso.

Pársimo hizo una pregunta con la vista fija en la placa base del paciente. No crees que se pueda salvar, ¿no?

¿A estas alturas? Arsgulda siguió trabajando en silencio como si hubiese olvidado la pregunta. Pero tras un rato dijo: No.

V.

Eran las siete y ya anochecía. El reloj de la cocina había activado los sonidos de grillos hacía diez minutos y había mezclado el aire acondicionado con olor nocturno. Sulfán Coctero activó su Aparato en el vacío de la cocina y buscó casas en su rango de precios. Arsgulda era la cirujana y él el oficinista, y ahora que ya no tendría el sueldo de ella ya no iba a poder vivir en una casa tan bonita.

Fue a ver una al día siguiente. Estaba algo alejada del centro pero había metro. No era especialmente pequeña, era de casi cinco por seis metros. No tenía mercatubo. El casero le dijo: No hay mercatubo, pero hay una tienda justo abajo y la nevera funciona igual, con la tienda. Tú pides y cuando la nevera te avisa tienes que bajar a por ello. El problema es que lo tienes que pagar en el acto.

Preguntó: ¿tiene ambientación?

El casero respondió: No, pero el sistema está habilitado. Lo tendrías que pagar tú aparte. Eso se activa y se desactiva desde el reloj. Si la activas en verano sale brisa de mar por el aire acondicionado. No te molesta la brisa de mar, ¿no?

No, no, está bien.

Pues si te interesa puedes mudarte ya mismo. Pero me lo tienes que confirmar antes de mañana.

Coctero dijo: Sí. Tengo que hacer el equipaje. Mañana te llamo.

VI.

Durante un rato operaron en silencio. Después Arsgulda habló cambiando un fusible en el pecho de un niño: No sé qué pensar de esto. Hoy ya se fue de la casa, y le doy vueltas, no le dejo de dar vueltas. Lo dejé yo, y supongo que no debería dudar tanto, pero hay como una voz dentro de mí que dice: “¿me arrepentiré?” ¿Sabes lo que digo?

Pársimo dijo: Sé lo que dices.

Siempre me lo había preguntado, ¿sabes? Si estaría dispuesta a ello. Y siempre había pensado que sí.

¿Dispuesta a qué?

Al tema humanos-androides. No sé, es que no creí que tuviese problemas con ello. Tengo amigos en ese tipo de relaciones y no sé, me siento como un poco discriminatoria.

La idea que tenía, Arsgi, es que lo dejaste porque te mintió muchísimo.

Sí, sí, si es eso. Si yo sé que es eso. Pero no sé, ¿y si es por la otra cosa? ¿Si es una excusa lo de que me mintió? Además, no me mintió tanto, joder. Simplemente no me dijo nada.

Arsgi, no seas tonta. En dos años no te dijo lo que era Y él sabía de sobra que tú no lo sabías. ¿Cómo no te vas a enterar si él no se está esforzando por ocultarlo activamente? Anda, es normal estar un poco paranoica en estas situaciones, pero no le des más vueltas.

Ya…

Callaron un rato para oír el giro del giroscopio. Pársimo rompió el silencio cuando vio que sonaba de nuevo a 420Hz: Ya. Dos años, Arsgi. Y hasta que no se le rompió un vaso en la mano y tuviste que ver lo que salía del corte…

Calla, calla, no me lo recuerdes.

Y toda esa fachada de estar todo el día conectado a cosas, y de alimentarse prácticamente de tabletas de emociones… Es como que…

Pársimo, no me apetece hablar más, porfa.

…es como que no acepta lo que es, ¿sabes? No es por lo que es, Arsgi, es porque él no quiere serlo. Y no puedes estar con alguien si esa persona

Por favor, Pársimo, no sigas hablando.

Vas a estar mejor, Arsgi.

Ella dijo: Cállate. Porfa. Cállate. Hablar no es lo que necesito ahora mismo.

VII.

Sulfán Coctero amaneció a las seis en una cama del tamaño de una persona mientras el sol le daba en la cara. Oyó el canto de los pájaros y se llenó los pulmones del aire fresco y, por primera vez desde hacía mucho, se sintió en paz con la mañana.

Su nueva cocina olía al aire fresco del sistema de ambiente y a nada más. Miró al reloj del que salía el aire y el canto de los pájaros y se preguntó si lo podría programar para que la cocina oliese a café de persona ausente cuando él entrase en ella por la mañana.

Se sorprendió en estos pensamientos y se tomó 24.5 de Calma y mirando a la nevera suspiró: En fin.

VIII.

Arsgulda Manta se limpió con un pañuelo de papel las manchas de aceite de sus muslos, y tiró el pañuelo con los demás desechos del taller y cuando se subió las bragas y vio que se habían roto por la goma dijo: Joder.

Pársimo se subía los calzoncillos y observó: Hay que cerrar al crío.

Ya, dijo Arsgulda. Y despertarlo.

Pársimo la paró cuando se acercaba a la camilla. ¿Estás cojeando?

Ay, pues sí. ¿Será de ahora?

No creo. Estás perdiendo aceite.

Ay, mierda, soy yo. Ví que tenía aceite en los muslos pero pensé que sería de tus manos. Jo-der. Es que ya me toca cambio de rodillas, pero no pensé que tan pronto.

Te las cambio yo ahora, cuando acabe con este. Tú siéntate.

Gracias, Parsi.

¿Te pongo codos también?

No hace falta. Son nuevos de este año.

Oye. No está mal, lo que hicimos, ¿no? Ya se había acabado todo con Sulfán, y eso, ¿no?. Lo digo porque estás dudando de tus decisiones un poco y tengo miedo de haber puesto un clavo en el ataúd que no tenía que haber puesto.

Arsgulda estaba pensando en la casa vacía de humano a la que iba a llegar en cuanto pudiese andar y siguió sentada en silencio como si hubiese olvidado la pregunta. Pero tras un rato miró a su compañero y dijo: Cállate.

Saúl.

Parte del Viaje (Historias de Metro)

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El pasajero de Metro sabe que parte de su experiencia de viaje consiste en la resolución del enigma; para algunos pasajeros, puede llegar a ser la experiencia más importante (incluso más, aseguran, que alcanzar el destino) de todo el trayecto, y uno de los atractivos que distingue el Metro de Madrid de otras formas de transporte urbano.
El próximo mes de abril hará diez años desde que la EMT comenzó a implantar este sistema de entretenimiento a bordo y desde entonces, como señala el Director de Infraestructuras, la experiencia ha sido “muy positiva para la mayoría de los usuarios”.
“Intentamos”, asegura Antón Noblejas, “que la experiencia sea vivida de forma única por cada usuario en cada viaje, porque creemos que la autenticidad, que lo irrepetible del asunto, es una de las piedras angulares en el hecho de que tanta gente escoja Metro de Madrid por encima de otros medios de transporte metropolitano, tanto terrestre como aéreo”.
Lo que empezó como un ambicioso sueño de llevar al viajero la última revolución en entretenimiento, y dio sus primeros pasos como experimento en unos pocos vagones, hoy está implantado en todos los trenes, repetido cada media hora. Noblejas recuerda aquellos primeros días: “Claro, al principio había aprensión de parte de los viajeros, pero al cabo de unos meses se acostumbraron y pedían más. También es cierto que al principio era un despropósito, porque lo hacíamos con cadáveres que teníamos que pedir a la morgue y, aparte de toda la burocracia que había que hacer previa a tener el cuerpo, suponía un desembolso importante a la Comunidad de Madrid. Después convencimos a las autoridades responsables de que sería positivo para la moral del pasajero y de que crearía clientela en el metro, y ya finalmente conseguimos que nos dieran el visto bueno cuando les ofrecimos subir a las víctimas vivas al metro y asesinarlas allí”. Noblejas reconoce los antiguos relatos de misterio como influencias en su idea: “Había hace doscientos años una escritora que se llamaba Agatha Christie, que tenía unos cuantos relatos magníficos sobre asesinatos a bordo de trenes. Había empezado a trabajar como supervisor y, leyendo uno de ellos, se me ocurrió un día que un asesinato en el vagón ayudaría a hacer la experiencia del viaje mucho más amena para el pasajero”. Una diversión que, en la última década, sería adoptada por varios países del mundo en sus sistemas de transporte.
Aunque el fin último sigue siendo el entretenimiento a través del enigma, los procedimientos han cambiado sustancialmente a lo largo de esta década: “Al principio, era suficiente tirar al muerto en el vagón y decir por megafonía que había sido asesinado por uno de los pasajeros y que se sintiesen libres de hacer preguntas. Desde que lo hacemos con reos que suben vivos al vagón, es mucho más complicado porque el asesinato se tiene que producir a ser posible sin testigos, y en estos casos el juego consiste en identificar el método de asesinato y al verdugo. Los reos suelen ser rojos condenados a muerte, y así lo declaramos por la megafonía para que nadie sienta compasión y el juego sea más animado.”
Además, en días especiales como la Fiesta de la Raza y el Día del Santo Imperio, en algunos pases llegan a añadir el elemento emocional: “Se le ocurrió a Rubén Cano, el que antes era subdirector; un día me dijo: Oye, Antón, ¿y si en el vagón va la madre de un muerto? Y yo pensé: Por qué no. Se hace poco, eso sí, porque es muy difícil. Hay que seguir a la madre de un reo que no sospeche nada y tener la suerte de que tome el Metro ese día. Después metemos al reo sin que ella lo vea y procuramos que no lo vea vivo, porque si lo ve vivo sabe lo que va a pasar. Si sale bien, oirá el aviso de cadáver, se agolpará con los demás pasajeros entorno al occiso y ahí empieza el segundo espectáculo, ¿verdad?”
Para el futuro, el Director de Infraestructuras nos asegura que podemos esperar mejoras en el sistema. “En países más avanzados como Francia o Alemania, donde también han implantado este método, suelen dejar que los pasajeros maten al reo a golpes. No es exactamente la experiencia que nosotros ofrecemos en Metro de Madrid, pero quizá empecemos a implantar ese sistema junto al otro en algún vehículo, si consideramos que el riesgo para los pasajeros es nulo. Otro avance que queremos introducir, es el vagón de la muerte aleatoria, donde todos los pasajeros, que serán mayores de edad y firmarán un contrato para entrar, son posibles víctimas y un asesino profesional escoge uno al azar y lo ejecuta. Esto se está llevando a cabo en algunas ciudades de Estados Unidos con enorme éxito y esperamos poder importarlo a España próximamente”.
Aclamada por sus aficionados, tachada de demasiado insulsa por sus detractores, lo que está claro es que esta forma de entretenimiento a bordo ha dado muchísimo que hablar, y parece que seguirá dando que hablar durante, al menos, otros diez años más.

Guzmán Martín
Semanal JCDecaux

Saúl Fernández.

El Futuro Hoy

—Siempre quise esa sensación… No sé cómo explicarme. Siempre quise experimentar esa sensación de diminutez.

—¿Dice la sensación de diminutez de cuando uno ve grandezas?

—Esa.

—¿Como cuando uno pasa tiempo en la cárcel y sale y lo que ve es El Futuro y se queda inmovilizado por todo el avance tecnológico tan repentino?

—Bueno, sí. Dicen que usted…

—Le han dicho que yo puedo hacerle ver el futuro y maravillarse con la ciencia, ¿no es eso?

—Bueno, sí… Puede, ¿no? La Milagrosa, la llaman.

—Puedo. Aunque exageran un poco mis “milagros”, como usted se imaginará. Pero poder, puedo.

—Quiero ver unos cincuenta, sesenta años en el futuro. Luego iré subiendo. Pagaré lo que haga falta.

—Bien. Le aviso de dos cosas. Una, que el proceso durará una semana. Durante esa semana usted verá el futuro. Después no tendrá memoria de nada concreto, más que de la sensación de desconcierto.

—Lo sé, me habían avisado.

—Y la otra… Bueno, la gente se suele llevar una decepción.

—¿Y eso? ¿El futuro es malo?

—No, no es eso. Desde su perspectiva va a estar todo muy tecnológicamente avanzado. Y malo… No, malo no. Pero el futuro asusta, ¿sabe? Asusta a cualquiera. Y no sorprende tanto. La gente suele continuar sus costumbres presentes, incluso viendo el futuro.

—Aun así…

—Ya, ya. ¿Es consciente de la tarifa?

—Le dejé los datos de la tarjeta a su ayudante.

—Perfecto. Cuando esté listo, póngase este casco y tire de la palanca.

—¿Esta palanca roja?

—Esa. Así.

—Me molesta un poco ¿Es normal que moleste?

—Una leve molestia, al principio. El proceso no debería durar más de unos veinte, treinta segundos y ya no molesta más.

—¿Y después veré el año 2063?

—¿Eh? ¡Ay! Vaya. Mierda, lo siento. Creo que no le han informado bien de lo que hace este aparato.

—…

—¿Y bien?

—¡Sapristi! ¿Qué es este sitio? ¿Qué es toda esta aparatería? ¿Es un laboratorio? ¿Por qué hay una mujer? ¿Pero a tí te dejan limpiar estas cosas tan delicadas? ¿Eso de ahí es una tele? Anda, sintoniza a ver si echan el parte, que hoy Franco inauguró un pantano.

Saúl Fernández