Peticiones (III): Algoritmos.

Acepto peticiones para escribir historias en el blog. Hace unos días, Cris Argüelles me pidió esto:

Estoy haciendo un proyecto sobre áreas de control de aeropuertos y centros comerciales y su similitud programática como el control de la gente y los espías. No tienes que hacer nada, puedes simplemente compadecerte de mí.

Yo no entiendo lo que significan la mayoría de esas palabras puestas en ese orden, así que decidí hacer una historia sobre gente que se parece a programas. No es lo más original en la ciencia ficción, claro está. Pero bueno, aquí va:

Algoritmos.

Era un proyecto ambicioso, pero ahora entiendo que era necesario. Hubo críticas, y vaya si las hubo, por culpa del gasto económico que suponía, y los mismos que ayer criticaban hoy aplauden. Nadie se llegó a disculpar. Yo critiqué mucho, y hoy me disculpo.

Eso es porque hoy entiendo el alcance del Algoritmo.

La computación ya estaba revolucionada del todo, eso es lo que decíamos. Y claro que a niveles físicos los computadores no podían alcanzar mayores velocidades ni menores tamaños. Lo que no tuvimos nunca en cuenta, y aquella loca sí supo ver, es que el tiempo de computación jugaba un papel fundamental al determinar el límite de lo que podía hacer un computador. El tiempo, claro, estaba determinado por la paciencia, y no fue por paciencia por lo que llegamos a este nivel de avance y bienestar.

Lo que quiero decir es que en aquel momento se construyó el computador más grande de la historia y se puso a funcionar a una velocidad que era manifiestamente más lenta que cualquier cosa que hubiéramos visto en los últimos años, y eso iba en contra de todo en lo que creíamos. En cierto modo, iba en contra de la Naturaleza.

No se lea esto, por favor, como un intento de justificación. Mis disculpas son sinceras.

El Algoritmo, cuando salió a la luz, desató una oleada de rechazo, y cómo no iba a ser así, si nadie sabía a dónde iba. Hay quien dice que la loca sabía a dónde iba, pero yo no creo eso. La propia naturaleza del Algoritmo no iba a permitir que ella supiese a donde iba.

De eso se trataba, al fin y al cabo, ¿no? De ensayo y error, y ensayo de nuevo. No de predicción, como han dicho los periódicos; aunque, naturalmente, para eso se va a usar en este mundo de pragmáticos.

Esto empezó cuando la loca tenía el pelo negro y la cara lisa, y recuerdo que todos nos congregamos para verla fallar.

Los registros eran públicos para la comunidad científica, pero ella salía cada poco tiempo del laboratorio a decirnos lo que estaba pasando. Y era mucho mejor verla a ella contándolo que verlo escrito porque ella estaba, no sé cómo decirlo, viva.

No sé si puedo decir lo mismo del resto, pero yo no estaba ahí para reírme de ella, aunque encontraba lo que estaba haciendo risiblemente ridículo. Pero no, yo estaba ahí para escuchar el énfasis que ponía en cada palabra que pronunciaba, como si cada una fuese la más importante que había salido nunca de su boca. Y para ver su pelo, que empezó corto y negro y quieto y a medida que pasaba el tiempo se graseaba y se engrisecía y se estiraba hacia el suelo, y hacia el cielo, y hacia el horizonte, y hacia cualquier dirección diagonal entre estas. Y para ver la obsesión hacer campamento y descomponer a una persona. Supongo, en retrospectiva, que ya entonces admiraba aquel énfasis y aquel pelo y aquel decaimiento, si bien no tanto como ahora.

Estaba ella y estaba aquel disco duro mastodóntico que había hecho construir.

Al principio no había nada en él y después el computador empezó a llenar el espacio de forma caótica con un algoritmo de aleatoriedad y al cabo de un tiempo había subprogramas que interactuaban. Estos subprogramas no hacían nada más que pasarse información inútil, y a ella le parecía maravilloso.

Después ella eligió un subprograma y le puso el código del Algoritmo. Y de ahí salió el primer ser, y salió después de trillones de iteraciones de aleatoriedad y después corrección de fallos y después aleatoriedad a partir de la situación mejorada. Y cuando el ser se replicó fue cuando ella supo, mucho antes que nosotros, que el Algoritmo funcionaba.

El tiempo que pasó desde aquello hasta que losresultados empezaron a ser últiles fue largo, pero ella tenía fe absoluta. Después todo pasó muy deprisa. Los seres se hicieron más complejos y empezaron a conglomerarse para formar seres mayores y esos seres mayores eran cada vez más complejos. Ya en este punto empezamos a aplaudirla, hipócritas de nosotros, cuando ya se le había ido de las manos, cuando no entendíamos qué estaba pasando pero sabíamos que era algo grande.

Desde aquel momento todos mirábamos los resultados y estudiábamos las salidas del Algoritmo. Y cuando ella salía del laboratorio los que antes la miraban con risa ahora la miraban con atención y yo, que antes la miraba con reverencia, ahora la había empezado a adorar.

Llegó un momento en que unos seres inventaron el lenguaje y todos nos quedamos sin palabras. Y no pasó mucho hasta que vieron que había un Algoritmo, o una loca al menos, y pensaron que la loca estaba en control de sus vidas, y le pusieron nombre. Y unos la llamaban Sol y otros la llamaban Yahveh y otros la llamaban de otra manera, porque era enorme el número de lenguajes y de explicaciones que desarrollaron.

Y empezaban a pedir cosas a la loca, y la loca no podía hacer nada más que observar y durante temporadas, cansada de oir peticiones en idiomas que tan solo estaba empezando a entender, dejaba de mirar el ordenador un rato y se cortaba el pelo y se daba una ducha y dormía pero siempre, cuando volvía al laboratorio, nos pedía que la pusiéramos al día, y ella oía de guerras o pestes que había diezmado a los seres, y decían que era un castigo de ella, o de épocas de grandeza y felicidad, y decían que era por la gracia de ella, pero la loca solo podía observar.

Empezaron a entender el Algoritmo. Entendieron el funcionamiento básico del algoritmo del caos y entendieron el algoritmo corrector evolutivo y le dieron nombre al proceso de entender el algoritmo. Decían, siempre dijeron, que el algoritmo no se podía reprogramar. La loca podría haberlo hecho, pero nunca se atrevió. Y por eso los seres dejaron de creer que había una loca.

Los llegamos a ver pasando de su subprograma a otro cercano y llevándose el código del algoritmo con ellos y al cabo de billones de iteraciones los vimos conquistar todos los subprogramas que pudieron alcanzar. Y los vimos olvidarse de la ciencia anterior y renacer como civilizaciones de palos y piedras, y los vimos, con emoción, redescubrir el Algoritmo y reinventar a la loca y desarrollar lenguajes y viajar a través de gran disco duro y luchar entre ellos, una y otra vez.

Y se especula que llegarán a nuestro nivel, y que sabrán aprovechar toda la energía de los que ellos llaman Universo, y que algún día, entre esos seres, habrá una loca que tome un supercomputador y programe un Algoritmo. Ese día ellos podrán ver cómo se crean criaturas que evolucionan hasta ser como ellos, hasta que una de ellas toma un supercomputador y programa el Algoritmo.

Y cuando tal cosa ocurra, sabremos, con probabilidad 1, que nosotros somos los resultados de un Algoritmo de una loca anterior. Ahí arriba. Mirándonos.

Así reencontraremos a nuestros dioses. Y después… lo que pasé después, supongo, lo habrá de decir el Algoritmo.

Saúl.

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A un metro de ti (Historias de Metro)

[Esto lo escribí en el metro. Se engloba dentro de la sección que yo llamo “Historias de Metro”. El metro de Madrid tiene unos anuncios con el eslogan “A un metro de ti”, y me me ocurrió pensar en qué contexto la frase “Estoy a un metro de ti” no sería perturbadora de oír. Quise empezar una historia con esa frase, y me salió esta historia grotesca de amor abusivo, que, por lo demás, no tiene nada que ver con el metro de Madrid ni con la locomoción en general]

Él dijo: Estoy a un metro de ti; y de algún modo supo decirlo de una manera que no me dio miedo.
Naturalmente, no había nada más que aire a un metro de mí, pero no se lo dije, porque él se enerva mucho si le llevo la contraria.
Yo estaba sola en un prado con vistas a la playa. El sol se iba tras el horizonte y teñía la tarde de naranja. Los grillos habían comenzado su canción lasciva y ya su voz sonaba sufrida al salir por los agujeros del suelo, y el aire olía a hierba recién cortada y a percebes temblando de placer. La marea susurraba sonidos sexuales de sal, y la espuma saltaba sobre las rocas más grandes, que eran como tortugas demasiado viejas para molestarse por los bañistas, y se diseminaba por su espalda antes de volver al mar en un parpadeo y dejar a los guardianes de la playa con el lomo sudoroso y sedientos de más. No tenían mucho que esperar, porque al cabo de seis embestidas del mar venía una séptima que los volvía a cubrir de espuma, y el baile eterno del agua y las rocas y la canción de los grillos y el olor de los percebes me hizo pensar en él, que, aunque había dicho estar a un metro de mí, yo lo sentía muy lejos.
Lejos estaba el acantilado del que salía el faro, erguido hacia el cielo y la luz de la ventana estaba encendida, porque dentro se preparaban para seducir a los barcos cuando llegase la noche. Las gaviotas concluían su jornada y se retiraban a dormir al vertedero, luchando en el aire boca contra boca por los últimos pedazos de cadáver de muil. Los pescadores rezagados, abajo del acantilado, tiraban sus cañas al mar para engañar a los peces trasnochados a que mordiesen la muerte, o metían palos en el agua para que los pulpos que no se han retirado por la tarde los agarren con sus piernas y así, con las piernas aferradas a lo desconocido, conozcan su final.
El faro erguido y los mordiscos de las gaviotas y la danza con la muerte de los pulpos y los peces me hicieron pensar en él, que aunque me había dicho que estaba a un metro, yo lo sentía tan lejos.

La última vez que hablé con él me había insultado, y yo le había insultado, y él me dijo que no hacía más que herir a la gente a mi alrededor, y yo le pedí que se fuera y él se fue. Esto sería en mayo, si no ya en junio, y no volví a saber de él hasta que me dijo “estoy a un metro de tí”. Y a mí me dolió lo mucho que me alegré de oírle.
Tomé valor y le dije: Estoy yendo a un psiquiatra.
Y el me preguntó: ¿Para qué?
Por tí. Ya lo sabes.
Él sonó muy preocupado: ¿Por mí por qué? ¿Para quitarme de enmedio?
Bueno, si, ya sabes. No puedo seguir contigo. No podemos estar así ya más. Ya hace tiempo que tenía que haber hecho esto.
Pues joder… ¿Y qué te está haciendo el psiquiatra? ¿Comerte la puta cabeza, como hacen todos? ¿Susurrarte al oído? Qué, ¿vas a un tío que te dice que yo no soy nadie, y que me eches?¿Qué pasa? ¿Te quiere follar el psiquiatra ese?
Por favor, no lo hagas más difícil… Me está dando unas pastillas.
¿Unas pastillas de qué? ¿Qué te tiene que andar drogando el tonto ese?
Pues de qué van a ser, hombre. Para la esquizofrenia. Para tenerme a mí misma controlada.
¿Qué pasa? ¿No estabas bien conmigo? ¿No era cariñoso o qué? ¿No estaba bien el sexo?
Por favor, cállate. No te quiero oír. Ya no te veo, ¿sabes?
¿Cómo que ya no me ves?
No, no te veo. Ahora solo te oigo. Son las pastillas. Supongo que te dejaré de oír también. Espero que sea así. No esperaba que volvieses hoy. Está siendo muy duro. Vete ya, por favor.
Algún día te vas a olvidar de las pastillas, ¿sabes? O se te van a acabar. O vas a querer dejarlas. Y te voy a estar esperando.
No creas que no lo sé. Voy a estar preparada para eso, o lo voy a intentar. Mira, siento que las cosas hayan sido así, pero no puedo más, Antonio. Eres una parte de mí que quiero destruir, antes de que tú me destruyas a mí.
Te voy a querer siempre. Eso lo sabes, ¿no?
No existes, Antonio.
Me da igual. Voy a seguir ahí dentro. Y algún día el amor podrá funcionar otra vez.
Vete, por favor.

Esa fue la última vez que oí a Antonio. Abajo, el sol dejaba sus últimos suspiros naranjas en el mar antes de retirarse. Las tortugas gigantes descansaban apacibles y el mar, que se había calmado, las acariciaba en su sueño. Los pulpos iban ya muertos en las bolsas que los pescadores metían en el maletero, y las gaviotas digerían los muiles mientras dormían en el vertedero.

Saúl Fernández.

Tonti and the Pirate.

En Oviedo hay una tienda que vende tóner de impresora y aunque la afluencia de clientes no justifique dos sueldos, ni mucho menos tener dos empleados a la vez, en ella trabajan dos hombres.
Uno tiene un parche en el ojo y es corto de entendederas. A ese lo llamo The Pirate. El otro ve bien de los dos ojos, pero es considerablemente más tonto que The Pirate. A ese lo llamo Tonti. A la pareja que forman la llamo Tonti and the Pirate.
A veces voy a comprar tóner y siempre que entro los encuentro enfrascados en una discusión sobre lo divino y lo humano detrás del mostrador, y siempre la interrumpen el tiempo justo para despachar al cliente sin afectar la fluidez de la discusión. Esta mala práctica de negocio es una ventaja importante para mí porque, en calidad de observador, puedo quedarme remoloneando por la tienda hasta que considere haber oído la cantidad de barbaridades que deseaba oír ese día, y después me acerco a ellos, que por primera vez perciben mi existencia en su local, para que me las cobren junto a la tinta.
No sé cómo se mantienen a flote como negocio, porque abren muy pocas horas al día (aunque podrían abrir el doble si no trabajaran juntos) y nunca he visto más de dos o tres personas en la tienda. Creo que van en contra de la entropía para mantener el arte, porque su existencia es un cuadro costumbrista que yo sé apreciar y aprecio mucho. Es la misma tienda, igualmente vacía, con los mismos dos gilipollas teniendo variantes (de transcendencia variada) de la misma conversación. Espero que nunca cierren, primero porque huele a casa y segundo porque su escena eterna debería estar expuesta en un museo. No digo un cuadro que la represente. Digo ellos dos hablando. Me siento un privilegiado.

El otro día se me acabó la tinta amarilla y fui a comprar un cartucho. The Pirate miraba un periódico y le explicaba a Tonti:
– Pues hay una pareja de dos chicas que los científicos les cogieron un óvulo a cada una y, atiende, les cogieron los óvulos y cogieron un óvulo de una de ellas y cogieron todos los a-de-enes y las cosas de dentro, ¿no? Y cogieron el otro óvulo, y lo inseminaron con los a-de-enes de la otra y hala, y nueve meses en el horno, y tienen una niña ahora. Claro, no es un niño porque, si son dos mujeres, no pueden sacar un niño, porque no tienen los genes.

Por si al lector le interesase, lo busqué en Google al llegar a casa y, además de ser mentira, se ve que es hasta imposible. Y cabe preguntarse si la comprensión lectora del jodido tuerto es tan mala como para decir esa burrada desinformada mientras mira el periódico donde se supone que está escrita o si, en cambio, The Pirate no es tan tonto como yo pienso y mantiene a Tonti en un engaño continuo de conversaciones estúpidas para que la escena costumbrista se mantenga luchando contra lo que es razonable. Quizá, aunque yo vea un dúo cómico en esos dos, el espectáculo sea sólo Tonti, y The Pirate es también un mero espectador, o como mucho un mecenas moral, de la obra de arte que tiene lugar de manera constante ahí dentro.

En cualquier caso, Tonti no sabía que esa información era falsa. Y recuérdese que Tonti es tonto. Tonti no tenía razón para dudar de esa información. En lo que a él respecta, dos mujeres acaban de tener un hijo de las dos, y con ello la ciencia genética acaba de alcanzar un hito histórico que seguramente moldee de gran manera el futuro de la humanidad. Los movimientos de igualdad justicia social se volverán locos. El infierno que puede resultar para muchas parejas no poder tener hijos propios está a punto de acabar.
La reacción de Tonti, al cabo de un rato de reflexión introspectiva sobre todos estos aspectos científicos, humanos y sociales, es hacer esta pregunta:
– Hala tío, ¿pero qué pone ahí, que son una pareja de bolleras? Jejeje. Tijeras. Jejeje.

Saúl Fernández.

El Tercer Sueño

Dramatización. Ninguna servilleta fue herida en el desarrollo de esta entrada

Anoche soñé que estaba en un diván y había un psicólogo con barba instándome a dormir. Era hipnótico cómo aquella voz de radio interaccionaba con el calor de la consulta y yo me dejaba matar por la nana sensorial y, en una metáfora onírica bastante pobre, la piel de mi espalda se hacía líquida contra la piel del diván, y yo me volvía diván y me expandía en aquella consulta y me hacía uno con la voz grave y el acento argentino y la calefacción que olía a papel caliente.

El paso de la vigilia al sueño

(que fue realmente del sueño al sueño)

fue inmediato, y yo me encontraba habiéndome encontrado desde el principio de los tiempos en un sueño que era un fresco pintado en una cueva. Yo caminaba por un camino de tierra llano que se extendía hasta el infinito en las dos dimensiones que yo pisaba. Había unos bolsillos en la tierra, o una suerte de  sistema de cuevas subterráneas conectadas, que yo, mientras me adentraba en ellos, veía en corte transversal. Con estupor me miraba a mí mismo a punto de entrar en un bolsillo subterráneo lleno de lava e intentaba en vano avisarme.

Me vi ahogado en una cueva llena hasta el techo de leche, y me vi pasar de ella a otra en que me conectaba con un cordón umbilical a la roca. Ahí moría a la inversa y pasaba de esa cueva a una donde una manada de lobos me desgarraba el vientre. Mis intestinos se aplastaban contra el suelo formando un dibujo como de sistema subterráneo de cuevas conectadas.

Mirando ahora al suelo, en el entramado de tripas yo pasaba de la cueva de los lobos a otra donde mi familia me escupía.

Desperté sobresaltado

(del sueño al sueño)

y el diván y yo volvíamos a ser dos objetos separados.

Hallé desaprobación en la mirada que sostenía esas cejas pesadas en la cara del argentino.

Volviste a soñar con las cuevas, me dice.

¿Cómo lo sabe?, le digo.

Estabas moviendo los brazos siguiendo el diseño de la cueva.

Esa mañana

(la mañana bajo el sol, la mañana de verdad, creo)

me desperté junto a Mary y aunque me dolían las orejas después de haber emergido de dos sueños encajados, supe que todo estaba bien.

Todo, naturalmente, no estaba bien.

Varías noches atrás, al acostarme, cuando la cama desapareció tras de mí, me encontré en un reality show particularmente racista en el cual un grupo de hombres payos, todos ellos amigos íntimos míos, tenían que competir por dar la mejor interpretación de una mujer gitana. La gran final, ampliamente publicitada con hashtags, sería engañar a un patriarca gitano casando a uno de los participantes con su hijo, en una ceremonia oficiada por Luján Argüelles. Si la boda se llevaba a su completitud, el concursante habría ganado la astronómica cifra de cien euros, que en el mundo onírico que yo habia construido era el precio de una isla en el Pacífico.

Era la noche anterior al casamiento de mi amigo Michu, y yo, como dama de honor, necesitaba mi buen descanso. Diego el Cigala, junto a mi cama en un plató, me decía que tenía ganas de verme actuar al día siguiente y me daba palmas para que durmiera. Toda España le siguió y el palmeado se convirtió en el sonido de la polilla que lleva a los cansados al mundo del sueño,

(desde el mundo del sueño)

y mientras los ratings se disparaban viendo a la dama de honor recibir su merecido descanso, yo ya estaba recorriendo los túneles subterráneos en que me esperaría la desgracia rutinaria y sorprendente.

La particularidad de este sueño es lo bien que mantuvo su coherencia y sus lazos a Morfeo cuando Mary me hizo

(desde el mundo exterior, allá lejos)

el sonido que se hace a las vacas cuando huyen o a las personas cuando roncan. Me desperté brevemente en el reality y le dije a Luján que dejase de hacer ese ruido. Inmediatamente reanudé mi metasueño en el bolsillo de tierra donde lo había dejado.

Al despertar, Luján, cuyo mentón tenía incorporada una cámara que me apuntaba a la cara, me dijo:

Has soñado con las cuevas enterradas.

Sí, ¿cómo lo sabes?

Lo sabe toda España. Estabas moviendo los brazos en la forma de las cuevas.

España aplaudió.

Es curioso cómo funcionan los recuerdos, y más si son de sueños.

Hace una hora no me acordaba de las cuevas. Me acordaba de la boda de Michu y Farruquito, que sucedió sin imprevistos hasta la prueba del pañuelo. Me acordaba de lo irritante que era el psicólogo argentino, y de la incomodidad de la fusión con el cuero del diván mientras me preguntaba por mis genitales. Pero no de las cuevas.

Tomando algo en una cafetería, haciendo garabatos en una servilleta, más temprano esta misma tarde, ví que inconscientemente  había trazado una línea recta interrumpida por bolsillos conectados. Y, como la magdalena de Proust, mirar esa servilleta hizo florecer en mis memorias oníricas, desenvolviéndose como una rosa que nace en fast forward, un nivel de profundidad que se había quedado, como conviene a su naturaleza de cuevas y de sueño de subsótano, enterrado en todos los niveles. Casi de manera instantánea, todas las cuevas renacieron en mi cabeza, pariendo a sus cuevas adyacentes a más velocidad de la que me mi memoria era capaz de recordarlas.

Recordé que la ocasión de mi siesta televisiva no era la primera vez que me hallaba en el laberinto: una miríada de sueños inocuos perdieron su irrelevancia y se convirtieron en recipientes de mi sueño profundo, que ahora me planteo si no habrá sido el único sueño de verdad que he tenido en la vida. Lo que yo creía soñar era la fachada, o el facilitador, del entramado de cavernas, y el entramado de cavernas tenía tantas caras como maneras de matarme. Sueños sin importancia que mañana tras mañana  había olvidado tan pronto como había abierto los ojos

(aquí, en el mundo de verdad, en el mundo bajo el sol)

volvieron a mi memoria y ahora resultaban ser uno más de los disfraces de mi universo mortal, enterrado en mi psique quién sabe por cuánto tiempo.

Y uno de estos recuerdos me preocupa más que los demás. Pasaría hará cuatro o cinco años.

Era una de las cuevas. Accedí a ella tras dormirme

(del sueño al sueño)

esperando por un autobús que me llevaría a Australia a bajar a mi hermano de un árbol.

La cosa hasta que llegué a ella transcurrió con normalidad. Había salido de una cueva donde unos cuervos, con mis ojos en su pico, me dejaron ver cómo me despedazaban. A esa había llegado desde una donde el salmorejo estaba envenenado y sabía a lejía. Y, a esa, de una que se iba llenando lentamente de tierra hasta mi asfixia. Pero salí de una cueva, después de morir unas diez o cien veces, y me hallé en esta. Y en esta había una cama y la calefacción estaba a una temperatura muy cómoda y la radio estaba puesta y yo llevaba puesto el pijama y me metía bajo las sábanas. En el techo, las estalactitas me apuntaban y, entre ellas, las estrellas me deseaban las buenas noches. Y sé que dormí. Sé que es así como moría en aquella cueva: apaciblemente dormido. Y sé que después continuaba mi camino a través de la muerte pasando por suelos de pinchos, sufriendo infartos y comiendo granadas de mano, hasta que despertaba en el autobús a Australia y el conductor, que me veía dormir y me miraba los brazos, adivinaba que había estado soñando con las cuevas. Todo eso lo recuerdo.

Pero, a pesar de que llevo toda la noche sin poder pensar en otra cosa,  no llego a recordar lo que soñé en esa cama. No puedo asegurar, claro, que exista un tercer nivel en mi somnolencia. Puedo aventurar, si me apuran, que el sueño paraba ahí, conmigo durmiendo, y, sin interludio, sin un nuevo entramado por debajo, me despertaba y seguía mi aventura espeleológica soñada en un sueño.

Y eso es lo razonable, o al menos yo lo veo así. Pero sé que soñé algo en esa cama. Estoy completamente seguro de que mi memoria me está ocultando un universo entero, en toda su complejidad o en toda su simplicidad, si acaso hay diferencia entre esos dos conceptos en el tercer sueño.

O puede que esté delirando y que no vaya a encontrar a ningún mesías si recuerdo qué pasaba en la subconsciencia de la subconsciencia de mi subconsciencia cuando me echaba en esa caverna tan cómoda, quién sabe. Puede que directamente no pasara nada.

En cualquier caso, tendré que encontrar la respuesta en las servilletas. Y, mientras no responda esta pregunta, o se agote mi obsesión, estaré garabateando distraídamente en las cafeterías.

(solo que no estaré distraído. El rabillo de mi ojo y una parte de mi cerebro estarán imponiendo esta distracción, mientras comprueban si mi garabato es mi magdalena de Proust)

Pero cada vez que mire abajo, veré que en mis servilletas sólo hay dibujadas cuevas.

(y algún día, quién sabe, me dormiré en los bolsillos de la tierra y descubriré que mi tercer sueño soy yo dibujando con impuesta distracción en servilletas, intentando recordar el mundo real, el mundo bajo el sol)

Saúl Fernández.

Estatua de Metro (Historias del Metro)

[Inauguro una sección en este blog que se llama Historias del Metro. Son sobre el Metro y las escribo en el Metro. La sección acabará cuando me vaya de Madrid o puede que antes porque en el metro se escribe fatal] 

Ser estatua humana tiene muchísimo que ver con el movimiento. Quiero decir: tiene muchísimo que ver con el movimiento relativo. La estatua humana está quieta, en relación a cualquier punto fijo de la superficie de la Tierra. Me gusta la punta del Everest. Respecto a la punta del Everest la estatua humana está quieta. Y es por ello que el espectáculo no funciona para un espectador igual de estático.

La persona que ve una estatua humana la ve mientras se mueve. La estatua capta su atención en el rabillo de su ojo y la persona gira la cabeza y la cabeza gira el cuerpo y la punta del Everest se detiene respecto a la persona y ahora se encuentra de cara al mimo, disfruntando la quietud. Acaba este sistema dinámico con la persona tirando una moneda y alejándose, o en términos relativos, observando como el mimo y el Everest se alejan a su espalda.

Y es esta necesidad de un dinamismo tan específico lo que hace muy difícil ser estatua de metro.

Yo empecé en esto la década pasada, creo que fue en 2005, si no 2006. Empecé en Barcelona y siguiendo unas medias de rejilla llenas de carne suave terminé en Madrid. En Barcelona era un nicho más ocupado, por aquello de que la creatividad está muy diversificada allí y al final acabamos todos haciendo las mismas mierdas minoritarias. Aquí en Madrid es otra cosa: aquí soy el único que hace de estatua en el metro. Junto con el tipo sin dedos ni labios que canta una tonada, tengo tomada la franja de las cinco a las once de la tarde en la línea 10. A veces hago la línea Pitis-Hospital de Henares durante unas semanas cuando la gente ya me ha visto varias veces en la 10, pero siempre acabo volviendo. Es la única línea que tiene un tramo que no está soterrado, y eso me ayuda en la cinética que comentaba antes.

El trabajo se explica de manera tan sencilla como se habrán imaginado: me pongo en medio de un vagón excesivamente maquillado y disfrazado (últimamente de ángel plateado, pero también he hecho el tenista congelado en medio del golpe y la estatua de Trujillo) . Ante mí pongo un recipiente con unas moneditas de cebo. Y a partir de ahí me quedo quieto en el centro del vagón hasta que alguien tira una moneda.

Es un juego de pies extremadamente complejo, y pasan años hasta que uno consigue la apariencia de inmovilidad total. Requiere mucha más disciplina que la estatua de calle. Y hay quien dice que el esfuerzo es fútil.

Yo mismo dudo de vez en cuando de la relevancia de la disciplina. Es obvio que gano menos que una estatua de calle, y tiene que ver con la dinámica de la que hablaba antes. Sentados en el metro, no pueden apreciar el movimiento relativo de la estatua. La estatua se convierte en un tipo que durante cinco paradas se queda inmóvil de pie junto a ellos. El espectáculo desde esta perspectiva es indistinguible, si no es por el disfraz, de la inmovilidad agarrotada de muchos otros pasajeros. Esa falta de apreciación, bien pensado, no me molesta (es, al fin y al cabo, una de las lacras que debe soportar un artista que quiera llamarse tal). Me molesta la falta de cinética. Porque en el metro nunca se dan las condiciones dinámicas que yo necesito excepto para un tipo de pasajeros: aquellos que me ven desde el andén y luego no suben al metro, viendo cómo me alejo. Por definición, esos viajeros no me van a pagar. Primero, el estado transicional del andén es para entrar y salir de un tren. Una persona que se queda en el andén cuando el tren pasa, mirando al interior pero sin entrar, está equivocada o despistada o desorientada o drogada. Esos cuatro tipos de personas rara vez echan dinero a un mimo. Además, existe una restricción física obvia que les impide, desde el andén, dar dinero a un artista de tren. La estatua de metro requiere la inmovilidad del espectador. La experiencia, si se diera, sería simbiótica.

Esa es la inevitable desgracia de la estatua de metro. Todas las limosnas que he recibido y que recibiré por mi trabajo provienen de gente que no lo ha visto en su completitud. No es una experiencia adecuada. Es malo para ellos y es malo para mí, porque sé que están pagando por compasión. Por eso he dicho “limosnas”.

La estatua de metro vive con la esperanza (es una esperanza como un zumbido lejano, pero constante) de que alguien aprecie el sistema dinámico (un soñador, un compañero de gremio, un enviado milagroso). Que alguien esté en el andén, observando la quietud móvil del mimo mientras se acerca a su posición, que tire una moneda en el momento de apertura de puertas que ejerza una parábola que vaya a parar al sombrerito de las monedas y que, quieto en la estación, vea cómo las puertas se cierran y la estatua, habiendo hecho el pequeño gesto de reconocimiento, vuelve a quedar inmóvil mientras el tren se aleja por el túnel. Ese día, los viajeros de la línea 10 verán cómo una lágrima cae por la cara del hombre inmóvil, arruinándole el maquillaje.

 

Saúl Fernández

 

El Futuro Hoy

—Siempre quise esa sensación… No sé cómo explicarme. Siempre quise experimentar esa sensación de diminutez.

—¿Dice la sensación de diminutez de cuando uno ve grandezas?

—Esa.

—¿Como cuando uno pasa tiempo en la cárcel y sale y lo que ve es El Futuro y se queda inmovilizado por todo el avance tecnológico tan repentino?

—Bueno, sí. Dicen que usted…

—Le han dicho que yo puedo hacerle ver el futuro y maravillarse con la ciencia, ¿no es eso?

—Bueno, sí… Puede, ¿no? La Milagrosa, la llaman.

—Puedo. Aunque exageran un poco mis “milagros”, como usted se imaginará. Pero poder, puedo.

—Quiero ver unos cincuenta, sesenta años en el futuro. Luego iré subiendo. Pagaré lo que haga falta.

—Bien. Le aviso de dos cosas. Una, que el proceso durará una semana. Durante esa semana usted verá el futuro. Después no tendrá memoria de nada concreto, más que de la sensación de desconcierto.

—Lo sé, me habían avisado.

—Y la otra… Bueno, la gente se suele llevar una decepción.

—¿Y eso? ¿El futuro es malo?

—No, no es eso. Desde su perspectiva va a estar todo muy tecnológicamente avanzado. Y malo… No, malo no. Pero el futuro asusta, ¿sabe? Asusta a cualquiera. Y no sorprende tanto. La gente suele continuar sus costumbres presentes, incluso viendo el futuro.

—Aun así…

—Ya, ya. ¿Es consciente de la tarifa?

—Le dejé los datos de la tarjeta a su ayudante.

—Perfecto. Cuando esté listo, póngase este casco y tire de la palanca.

—¿Esta palanca roja?

—Esa. Así.

—Me molesta un poco ¿Es normal que moleste?

—Una leve molestia, al principio. El proceso no debería durar más de unos veinte, treinta segundos y ya no molesta más.

—¿Y después veré el año 2063?

—¿Eh? ¡Ay! Vaya. Mierda, lo siento. Creo que no le han informado bien de lo que hace este aparato.

—…

—¿Y bien?

—¡Sapristi! ¿Qué es este sitio? ¿Qué es toda esta aparatería? ¿Es un laboratorio? ¿Por qué hay una mujer? ¿Pero a tí te dejan limpiar estas cosas tan delicadas? ¿Eso de ahí es una tele? Anda, sintoniza a ver si echan el parte, que hoy Franco inauguró un pantano.

Saúl Fernández

Perseguidor

[Siempre quise escribir algo imitando el estilo de la novela policiaca inglesa del XIX, de G.K. Chesterton en particular. Me gusta mucho del tipo, además de su conservadurismo cómico, ese ambiente que describe del Londres nocturno de hace ciento y pico años, con sus Jackstherippers y sus policías ineficientes haciendo patrullas y su maloliente Támesis. Y el amor sincero que Chesterton imprime en estas cosas.

Total, que iba a escribir una historia así, pero me estaba quedando muy larga y no me gusta imitar al alguien mucho tiempo. Así que me cansé de ella y dejé sólo el principio, que me parece que se sostiene bien por sí sólo.]

Era la segunda vez que veía a ese caballero de sombrero de copa y gabardina oscura aquella noche. Decoraba la luz de la luna la punta de su gorro con una tonalidad plateada que, al quedarse quieto con sus dos metros de altura, le hacía parecer un farol extinguido. No me resultó extraño, acaso divertido, el segundo encontronazo con el peculiar sujeto. Lo achaqué a una casualidad y continué mi camino.

Media hora más tarde, lo volví a ver, con su mirada posada en el Támesis, que bajaba lento y mudo aquella madrugada. Esta vez mi preocupación fue en aumento, pues nada ordinaria era mi ruta, sino más bien producto de una concatenación de conocimiento personal de ciertos callejones de Londres y ramalazos de caprichoso vagabundismo. No había duda de que tres encuentros con el mismo caballero no podían deberse a una coincidencia.

Lo achaqué a una confusión y procuré caminar sin rumbo durante la hora que sucedió al avistamiento en el río. Viraba en una u otra calle sin emplear un criterio consciente, y de buena fe digo que, cuando dieron las tres, estaba completamente perdido en Londres, de no ser por el murmullo del río, algo más bravo ya, que, como un zumbido imperceptible para quien no es londinense, se dejaba oír unas calles a mi izquierda.

Y fue entonces que, ya por cuarta vez, me topé de bruces con el caballero alto del sombrero de copa y gabardina oscura. Él esquivó mi mirada y yo hice lo que pude por fingir que esquivaba la suya. Húbose ido de mi vista ya cuando reparé en que el corazón me estaba latiendo mucho más deprisa de lo normal, audible por encima del zumbido del Támesis. Llegué a la única conslusión que, por San José lo juro, me parecía que se podía extraer de esa serie de improbables encuentros, si bien no podía atribuirlos a la casualidad o los azares del destino, por ser improbables, y por disponer yo de ciertos conocimientos de lógica deductiva que me permitían descartar tales hipótesis.

Yo estaba siguiendo a ese hombre. Lo seguí desde la primera vez que lo ví, parado en una esquina, confundiéndose con el mobiliario urbano en esa noche despejada. Lo seguí distraído hasta que lo ví por segunda vez, paseando ante mí. Mi bestia interna colaboró con mi subconsciente en en la elección de curvas y recodos de mi caprichosa trayectoria, propiciando el tercer y el cuarto encuentros con el caballero. La bestia ya había elegido, sin que yo lo supiese, la víctima de esta noche y, como un invitado maleducado, no me había hecho saber hasta el final que el gran espectáculo de la fiesta ya llevaba unas horas preparado.

Palpé la empuñadura de ébano de mi daga. La saqué de su funda y, silbando, me dí la vuelta y comencé a caminar hacia el sombrero de copa, la gabardina, la luz de plata de la Luna, el zumbido del Támesis.

 

Saúl Fernández

Llegar a Contralbes

Hay un pueblo asturiano que se llama Contralbes. Está en la Cuenca Minera y no existe.

Llevo ya unos días soñando cada noche que tengo que llegar a ese sitio pero no puedo. El sueño se presenta de maneras diferentes, pero siempre tiene un lugar común, al menos de manera nominal, y siempre tiene frustración.

Ayer, yo estaba sentado en las escaleras donde se bebía sidra en El Lavaderu antes de que lo prohibieran. Lo que había debajo de las escaleras no era el restaurante, sino la estación de autobuses. Los buses iban y venían. Aquella estación con gradas era el sitio más puramente onírico en el que jamás haya estado. La gente a mi alrededor se reunía con sus amantes muertas, o con sus amantes inánimes. Personas que no había visto desde hacía años me mandaban mensajes al móvil, muy interesadas en encontrarse conmigo en esa estación. Amigos de toda la vida se enfadaban conmigo cuando les ofrecía cacahuetes. Yo estaba esperando el bus para Mieres. Allí se hace transbordo a Contralbes. Una redada policial antibotellón impidió el tránsito de los autocares. Me tuve que quedar en Gijón.

El otro día, yo tenía una boda en Contralbes. Estaba en el autobús con los demás invitados y tenía unos catorce o quince años. El azafato del autobús era el estereotipo homosexual de los 70. Bigote de Burt Reynolds, pantalones de campana y patines de cuatro ruedas. Yo, de pura desidia tras dos días de viaje desde Oviedo, ví que la silla estaba rota. Saqué una navaja del bolsillo y la introduje por la fisura y empecé a desmenuzar la silla. La hice serrin. El azafato, aunque impresionado, se adhirió al protocolo y, no sin pesar, me tiró del vehículo en marcha. Estaba en Mieres y tenía una boda a la que ir. En Mieres, hice autostop durante horas gritando el nombre de mis familiares pueblerinos que encontré, al fin, reunidos en una casa haciendo un amagüestu y me informaron, para mi desazón, de que el próximo tren a Contralbes salía en doce horas y valía cincuenta euros. Investigué horarios y precios y me alivió saber que con la tarjeta del Consorcio de Transportes, sumando un suplemento de dos euros, se podía pagar el viaje a precio regular. Eran cinco minutos de tren a doce horas de distancia sempiterna con el momento presente. Para matar la espera perpetua, hice un excursión en bicicleta de apenas media hora. Llegué a Extremadura. A la vuelta, me había pasado cinco minutos de mi hora y había perdido el último tren a Contralbes. Siguiendo la más estricta lógica onírica, por haber perdido el tren, no podía ya ir en bicicleta a la boda.

Hace cuatro días, caminaba yo a Contralbes a atender unos asuntos que no es menester explicar aquí por causa de su inexistencia. Iba con tres amigos, no recuerdo qué tres, si acaso eran  tres en particular y no tres amigos como concepto aritmético. Nos seguía alguien, pero mirar atrás estaba vedado si queríamos llegar a Contralbes. Ante nosotros, había una serpiente. Víbora primero, a los cinco minutos nos enfrentábamos con la ira asesina de una serpiente de varios metros, con cuerpo de heces humanas y cara de bebé de plástico. Mis amigos murieron o desaparecieron o fueron a formar parte del cuerpo del monstruo, o las tres cosas a la vez de manera cuántica. Nunca nada en un sueño me quiso matar tanto como esa serpiente.

El problema es que la frustración y la obsesión se han despertado conmigo estos últimos días. Aunque sea un sueño, y aunque me repita la mentira de que los sueños no son nada, sé que tengo que llegar a Contralbes. Aunque no exista. Tengo que vencer a la próxima serpiente y adaptarme al próximo horario de cercanías.

No sé qué es Contralbes. La Tierra Prometida, el Edén. el Purgatorio, los Campos Gamonales, ¿el Hades?. O quizá nada religioso: el Caribe, la punta del Everest, un bosque en flor. O quizá nada físico: mi infancia, la infancia de mi abuelo con el aro y el palo, la Inocencia, la Belleza, la paz que se extrae de las historias del medievo sin las guerras con filo ni los tumores en la cara y la mierda humana en el suelo; la simplicidad.

No sé lo que me espera allí, pero seguro que es de ensueño.

Saúl Fernández.

[Añado, ya fuera de lo que es el texto, que hace tres días soñé que un amigo me mandaba un whatsapp diciéndome que yendo a Mieres se había pasado de parada y había acabado en Contralbes, que si sabía los horarios del tren de vuelta. Que te den por el culo.]

Tigres de Triana

Éramos una excursión de cuarenta aficionados al flamenco de turismo musical. El agosto de Sevilla ondulaba el aire ante nosotros y el mercurio intentaba escapar de los termómetros. El vapor subía del Guadalquivir y veía, abajo, cómo nuestras energías quedaban aplastadas en el suelo por el sol andaluz.

De pronto, júbilo y rubor a mi alrededor. Uno de nuestros melómanos dio la voz de aviso cuando sus ojos se posaron en el Tigre de Triana, cruzando el puente a contracorriente de nosotros, pero no hizo falta: su presencia de cantaor le delataba incluso a alguno que no estuviera mirando. Lo que venía hacia nosotros era Andalucía, o la cultura de Andalucía, transportada por un solo hombre que camina hacia Triana.

Cuarenta sonrisas mitómanas disparadas hacia el gitano, que empuñaba una guitarra y caminaba sin vernos, tranquilamente. Un grito: «¡Maestro!». Otro: «¡Tigre!». Hicieron girarse al cantaor, con gesto de bienvenida. Se intercambiaron palabras y el músico se dejó convencer encantado por nuestro entusiasmo. Se llevó la guitarra al centro del cuerpo y empezó a arrancar acordes de ella, que fluían por dentro de nosotros con el mismo caudal que el Guadalquivir que nos pasaba por debajo.

Nos hizo cambiar el rumbo, y retomar el puente hacia Triana enganchados de su voz y de las cuerdas de su guitarra. Caminábamos despacio, una procesión silenciosa e hipnotizada tras el sonido mesiánico que nos encabezaba.

Al llegar al final del puente, el Tigre se iba girando de manera sutil. Giraba el cuello tan solo unos grados y nos miraba con el rabillo del ojo. Si mi mirada cazaba la suya, él pronto la retiraba. A medida que entrábamos en Triana, las miradas se hicieron más frecuentes. Tenía los hombros tensos y la cara seria, y ya no nos quitaba ojo. Porque seguía tocando perfectamente su canción, nadie pareció darle importancia.

Lo siguiente lo recuerdo muy rápido. Una mujer gritó detrás de mí y cuando miré en su dirección pude ver entre la estampida humana en la que de pronto me hallaba su cuerpo tirado en el suelo. El líquido bermellón teñía los adoquines y las ropas de la mujer que se hallaba encima de ella, mordiendo su yugular. La reconocí como la Tigresa de Triana, la mujer del Tigre. Me di cuenta de que la música había dejado de sonar y, cuando miré al sitio donde antes nacía, no ví a nadie ahí. Lejos, dirigida hacia un callejón de Triana, una figura empuñando una guitarra corría echando la vista hacia atrás.

Ví que me quedaría solo si seguía quieto y que la Tigresa me estaba mirando. Me incorporé a la estampida y los treinta y nueve aficionados al flamenco que sobrevivimos el ataque corríamos dando gritos por las calles de Sevilla.

Así es como se alimentan los Tigres de Triana.

Saúl Fernández

Lucha con la página en blanco

Pocas cosas hay más duras para una persona que escribe que enfrentarse a una página en blanco.

Algunos escritores salen victoriosos, todo sea dicho, pero otros no corren esa suerte.

Radamel Yepes era un joven colombiano que una vez quiso ser escritor. Dispuso el folio en la mesa esperando una epifanía. Cuando se giró para coger un bolígrafo, la página en blanco le asestó un golpe seco en la nuca que lo dejó inconsciente. Después la hoja en blanco desnudó su cuerpo inerte y empezó a hacerle cortes de papel en el tórax y en los genitales. Con una martillo le rompió dos vértebras, despojándole de su movilidad en las piernas y de sus sueños de ser el próximo García Márquez.

Más extremo es el caso de Elizabeth Connor, madre soltera irlandesa con dos hijos a su cargo. Cuando los niños dormían, a Elizabeth le gustaba pasar a papel historias que había oído a desconocidos en su restaurante. Según relató a los operarios de la ambulancia poco antes de morir, ese día no recordaba muy bien una historia sobre un hombre de negocios que viajaba como excusa para alejarse de su familia. Después de pensar un rato, mirando al blanco, de qué manera podía empezar a narrar, la hoja vacía se le tiró a la cara y la dejó sin respiración. Cuando se hubo desmayado, la hoja la violó vaginal y analmente y le serró tres dedos de una mano con un cuchillo de pan. Después la apuñaló en las femorales. Entró en la habitación del más pequeño de sus hijos y lo secuestró. Esto sucedió en 1986. Elizabeth Connor murió en un hospital de Dublín a los dos días. A día de hoy, tanto el folio como el niño siguen en paradero desconocido.

Estos son, de los más de diez mil casos documentados en los últimos treinta años, quizá los que más peso mediático hayan tenido. Los ataques menos cruentos rara vez se mencionan en la prensa.

Yo mismo tuve un enfrentamiento el otro día, cuando la primera frase de una historia no acababa de formarse en mi cabeza. La hoja me atacó y, por suerte, no me pasó nada más allá de una luxación de codo. Pero fue una pelea dura. Tuve que inmovilizar la hoja y orinar en ella para establecer dominancia. Con todo ello, la condenada se siguió revolviendo hasta que cogí el bolígrafo y escribí en el encabezado “El barrio de tiendas del Puerto es un poco deprimente”. En este momento quedó mansa como un perro muerto.

Cuando uno tiene amigos escritores, es inevitable que le rodee la tragedia. A una amiga mía le falta un dedo meñique por un altercado con el folio en el primer verso de un poema. Un tipo que conocí hace tiempo perdió la pierna izquierda cuando se bloqueó empezando a escribir la lista de la compra.

Siempre que sucede algo así es una desgracia. Se distinguen bien las víctimas de las hojas en blanco porque, detrás de sus muñones, se huele la perseverancia. Es el mismo olor que deja un reloj en la piel cuando lo llevas puesto varios días, y es fácil no detectarlo. Pero para los que lo hemos sufrido es inconfundible.

Alguna empresa ha empezado a vender folios con la primera frase de una historia ya escrita. Son conceptos muy abiertos, como “Aquel verano, aprendí que mi abuela era sexualmente activa por las malas”, “El día que me iba a morir empecé a…”, “Conocí al hombre de mi vida en un aeropuerto” que dan lugar a mucho juego para continuar una narración Sin embargo, hay que disponer las medidas de seguridad oportunas al tratar con esto, y no tomar demasiadas confianzas con lo que no deja de ser un parche para el problema. Basta que uno se quede distraído pensando en qué aeropuerto tuvo lugar el encuentro, o qué cosa empieza uno a hacer el mismo día de su muerte, o a quién se follaba la abuela, para que la hoja ataque.

Las hojas pre-escritas no suelen tener tanta fuerza como las hojas en blanco, pero con un golpe bien dado pueden paralizar a uno, y a partir de ahí el cuerpo del escritor se queda a merced del folio, por débil que este sea.

Estén alerta y piensen en sus hijos.

Saúl Fernández