Tonti and the Pirate.

En Oviedo hay una tienda que vende tóner de impresora y aunque la afluencia de clientes no justifique dos sueldos, ni mucho menos tener dos empleados a la vez, en ella trabajan dos hombres.
Uno tiene un parche en el ojo y es corto de entendederas. A ese lo llamo The Pirate. El otro ve bien de los dos ojos, pero es considerablemente más tonto que The Pirate. A ese lo llamo Tonti. A la pareja que forman la llamo Tonti and the Pirate.
A veces voy a comprar tóner y siempre que entro los encuentro enfrascados en una discusión sobre lo divino y lo humano detrás del mostrador, y siempre la interrumpen el tiempo justo para despachar al cliente sin afectar la fluidez de la discusión. Esta mala práctica de negocio es una ventaja importante para mí porque, en calidad de observador, puedo quedarme remoloneando por la tienda hasta que considere haber oído la cantidad de barbaridades que deseaba oír ese día, y después me acerco a ellos, que por primera vez perciben mi existencia en su local, para que me las cobren junto a la tinta.
No sé cómo se mantienen a flote como negocio, porque abren muy pocas horas al día (aunque podrían abrir el doble si no trabajaran juntos) y nunca he visto más de dos o tres personas en la tienda. Creo que van en contra de la entropía para mantener el arte, porque su existencia es un cuadro costumbrista que yo sé apreciar y aprecio mucho. Es la misma tienda, igualmente vacía, con los mismos dos gilipollas teniendo variantes (de transcendencia variada) de la misma conversación. Espero que nunca cierren, primero porque huele a casa y segundo porque su escena eterna debería estar expuesta en un museo. No digo un cuadro que la represente. Digo ellos dos hablando. Me siento un privilegiado.

El otro día se me acabó la tinta amarilla y fui a comprar un cartucho. The Pirate miraba un periódico y le explicaba a Tonti:
– Pues hay una pareja de dos chicas que los científicos les cogieron un óvulo a cada una y, atiende, les cogieron los óvulos y cogieron un óvulo de una de ellas y cogieron todos los a-de-enes y las cosas de dentro, ¿no? Y cogieron el otro óvulo, y lo inseminaron con los a-de-enes de la otra y hala, y nueve meses en el horno, y tienen una niña ahora. Claro, no es un niño porque, si son dos mujeres, no pueden sacar un niño, porque no tienen los genes.

Por si al lector le interesase, lo busqué en Google al llegar a casa y, además de ser mentira, se ve que es hasta imposible. Y cabe preguntarse si la comprensión lectora del jodido tuerto es tan mala como para decir esa burrada desinformada mientras mira el periódico donde se supone que está escrita o si, en cambio, The Pirate no es tan tonto como yo pienso y mantiene a Tonti en un engaño continuo de conversaciones estúpidas para que la escena costumbrista se mantenga luchando contra lo que es razonable. Quizá, aunque yo vea un dúo cómico en esos dos, el espectáculo sea sólo Tonti, y The Pirate es también un mero espectador, o como mucho un mecenas moral, de la obra de arte que tiene lugar de manera constante ahí dentro.

En cualquier caso, Tonti no sabía que esa información era falsa. Y recuérdese que Tonti es tonto. Tonti no tenía razón para dudar de esa información. En lo que a él respecta, dos mujeres acaban de tener un hijo de las dos, y con ello la ciencia genética acaba de alcanzar un hito histórico que seguramente moldee de gran manera el futuro de la humanidad. Los movimientos de igualdad justicia social se volverán locos. El infierno que puede resultar para muchas parejas no poder tener hijos propios está a punto de acabar.
La reacción de Tonti, al cabo de un rato de reflexión introspectiva sobre todos estos aspectos científicos, humanos y sociales, es hacer esta pregunta:
– Hala tío, ¿pero qué pone ahí, que son una pareja de bolleras? Jejeje. Tijeras. Jejeje.

Saúl Fernández.

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Rivalidad

Era Francia y nacía el siglo XIX y los franceses necesitaban pelearse porque la Revolución les supo a poco. De las grandes contiendas dialécticas de la historia, algunas de las más mordaces y más encarnizadas han sido entre intelectuales franceses. Había una que destacaba sobre las demás en esta época, y era la disputa entre el matemático teórico parisino Guy Hollande y el geómetra ruanés Pierre Montagne.

El comienzo se remonta a la publicación por parte de Hollande de un artículo titulado Étude systématique des groupes. Groupes d’Hollande, que Montagne juraba que era un plagio de una idea que éste le dio a aquel en una conversación privada sobre sus proyectos.

La disputa verbal se abrió con una carta de Ruán a París, en la cual Montagne exponía el caso y lo aderezaba con una pingüe cantidad de insultos.

Hollande respondió esta misiva con otra igualmente insultante. En cambio, la excentricidad que caracterizaba a este matemático hizo que los insultos fuesen mucho más creativos que la palabrota convencional. El encabezamiento de la carta decía Estimado ocelote (“Cher ocelot”), y los improperios que continuaban se referían, en general, a diferentes epecies de felino mencionadas sin ningún contexto.

Montagne se tomó la misiva con humor, o quizá con seriedad, nadie lo sabe bien, y su correspondencia de respuesta reciprocaba estos insultos en un párrafo que consistía en la enumeración de reptiles marinos, al que Hollande reaccionó con gran ofensa.

Esto abrió entre ellos un periodo de doce años de correspondencia ininterrumpida en el cual se llegarían a enviar unas seis cartas a la semana, Montagne siempre entre la jocosidad y el insulto serio, Hollande siempre ofendido de modo genuino. Estudiosos posteriores recopilarían aquellas cartas y declararían esa correspondencia la primera muestra del llamado Insulte Nouvelle.

Esta correspondencia atravesaría importantes periodos muy influyentes en el posterior arte del insulto. El primer gran periodo se abrió cuando Hollande decidió que a Montagne le ofendería mucho recibir unos versos de alabanza en una carta que él esperaría ofensiva. Escribió un soneto enumerando sus cualidades al que Montagne correspondió con otro igualmente halagador, para grandísimo enfado de Hollande. Durante cuatro meses, se escribieron más de doscientos sonetos, muchos de los cuales figuran entre las odas más bellas de la poesía francesa decimonónica.

Al sexto año de su rivalidad postal, Montagne comenzó a inventar palabras de insulto. Primero eran palabras compuestas en francés que sonaban ofensivas, después fueron composiciones en otros idiomas (en una de estas cartas está el origen de la palabra inglesa motherfucker). Instigado por Hollande, llegó un punto en que los improperios eran palabras completamente inventadas, con sonidos muy fuertes que las hacían improperios a ojos de Hollande. Este, por su parte, investigó lenguas indoamericanas para desarrollar un sistema fonético que le sonaba increíblemente ofensivo, que emplearía en sus insultos posteriores, primero escritos en el alfabeto latino y con notas al pie de página explicando la pronunciación, más tarde escritos en un nuevo alfabeto con grafías inventadas por el propio matemático. Uno de los insultos más fuertes de este periodo tiene catorce consonantes y ninguna vocal, y todas las consonantes son oclusivas.

El nuevo idioma (posteriormente nombrado Montagnés por los académicos) fue evolucionando en misivas en ambas direcciones. Empezó siendo usado en palabras individuales y se extendió a toda una oración que contuviese algo mínimamente insultante y, a la larga, a toda la carta. Para ello, entre los dos matemáticos fueron ideando con los años un léxico de más de treinta mil palabras, siendo insultos un 70% de los sustantivos, un 82% de los adjetivos, y un 30% de las preposiciones. Desarrollaron también una nueva sintaxis para sus insultos, con complicadísimas reglas de colocación de adverbios y hasta veinte preposiciones por palabra a pesar de sus diecisiete declinaciones.

Este idioma se mantendría hasta el final de su correspondencia y, los que lo hemos estudiado, nos hemos sorprendido de lo ofensivo que suena pronunciado en voz alta (es común tener que salir a fumarse un cigarrillo y a respirar hondo, de puro enfado, después de leer un párrafo) y del hecho de que, en cuatrocientas cartas, ninguno de los dos cometió una sola falta de ortografía. Se dice que llegó un punto en el que ambos matemáticos dominaban este idioma mejor que su lengua materna.

La correspondencia acabó de forma abrupta con la muerte por accidente de Hollande, en 1820. Montagne se desplazó a París al entierro. Allí, cometió aquel acto tan notorio de acostarse con la viuda de Hollande y defecar en su tumba el mismo día.

La gente poco versada considera esto un coup de grâce, un insulto definitivo que puso punto y final a esta enemistad.

Sin embargo, los que hemos estudiado y conocemos bien a estos dos matemáticos, sabemos que esto es una muestra inmensa de respeto por parte de Montagne, y que por fin, tras doce años, había perdonado a su rival. Es lo que Hollande habría querido.

Saúl Fernández

Escribo esto borracho

Hay una película americana que se llama La Purga. Va de que en EEUU en los años 2020 hay un día anual que se llama día de la Purga en el cual es legal todo crimen, incluido el asesinato. Según el argumento, es gracias a la purga que el crimen en América está en los mínimos históricos. Y el paro. Esto tiene que ver con que el día de la purga se cargan sobre todo a mendigos, que son la presa fácil. Esto abre un debate interesante, porque la mayoría de personajes de la película están totalmente a favor del día de la Purga y la gente que muere es vista por América como “un sacrificio por las almas puras” o alguna gilipollez similar. Y la Purga es una mierda que yo no apoyaría en un millón de años. Lo venden como una manera de calmar la violencia de las personas, pero es un modo de matar pobres. No me malinterpretéis, la peli es una basura, pero la premisa mola.

El caso es que ayer soñé que era el día de la Purga en España. Teníamos purga. Y claro, mucha gente éramos anipurga. Los jóvenes de izquierdas, sobre todo. El puto 15M éramos antipurga. Y cada año nos llevaban a  un campamento para los antipurga. Y cada año era una puta trampa. Nos reunían a 1000 y luego tiraban una bomba y mataban a los que podían. Claro, era un sueño y éramos todos unos ilusos y unos gilipollas. O sea que el antipurga onírico era como el 15M real. El caso es que todos los años íbamos al campamento antipurga. Y todos los años era una trampa. No aprendíamos. Cada años mataban a más amigos míos. Un años mataban a mi novia. Un año abusaban de los supervivientes. Soñé que obligaban a un lobo a violarme mientras yo lloraba la muerte de Mary. Era una sueño muy siniestro.

Pero yo sobrevivía a una jodida explosión nuclear. Recuerdo a la explosión y el dolor de perder a Mary. Ambas cosas dolían en mis extremidades, no sé por qué.

El hijo de puta que estaba al cargo era un señor disfrazado de árbol que todos los años nos sorprendía (antes de detonar la bomba que mataba a mis amigos) quitándose el disfraz de árbol. A todos nos sorprendía  más que el árbol fuera un fascista disfrazado que el hecho de un árbol que habla. Era un sueño, no me pidáis coherencia.

Y todos los años, ¿eh? Era un sueño, no pidáis coherencia. El caso es que después d e5 años yo sabía que iban a detonar una bomba, pero tenía que estar en el campamento. La ruleta de la muerte era demasiado excitante para mí. Y pensaba (en el sueño, de verdad lo pensaba) que quizá este año fuera distinto, que igual no habría bomba. Pero siempre la había.

Qué sueño más tonto. Pero qué día más perturbado me dejó.

La culpa es de Mary por recomendarme ver la Purga.

No me malinterpretes, cielo, pero te buscaste el holocausto nuclear a pulso.

 

Saúl Fernández pila ciego

El Sufrimiento del Superhéroe

Maldigo la imagen que se tiene de lo que debería ser un superhéroe por culpa de la industria del tebeo, porque no es fácil combatir el crimen con esa clase de expectativas sobre nosotros.

Quiero que quede claro que yo no soy inocente en esto y que cuando empezó a haber gente con superpoderes, que sería hará unos diez, doce años, sobre el 2035, yo, como crío que era, estaba profundamente decepcionado cada vez que salía uno nuevo.

Años más tarde, durante los meses que siguieron a aquella tarde de historieta en la que paré el tiempo en el garaje de mi abuelo, los aires de grandeza y la confusión que producen en uno la adolescencia me hicieron estar seguro de que yo no sería tan débil como los demás, que, cuando llegase el momento de calzarse las mallas, yo iba a ser el primer Peter Parker, la primera persona que hiciese justicia a lo que significaba ser un superhéroe. Supongo que todos los héroes de mi generación pensaron eso en algún momento. Naturalmente, llegó la hora de valerme como justiciero y me di cuenta de lo absurdo que estaba siendo mi pensamiento.

Descubrí que uno no puede llevar el supertraje debajo de la ropa todo el rato, porque en algún momento de la vida hace falta follar, o ir a la piscina, o quitarse capas para aliviarse el calor, y, por si eso fuera poco, el olor acaba siendo nauseabundo al cabo de unas horas, no hablemos ya de los superhéroes de Marvel que sólo tienen un traje. A esos se les puede reconocer su identidad secreta por el olor a sobaco que desprenden a varios metros. Me pregunto a veces qué estaba pensando para llegar a creer que un héroe que prácticamente vive en la mendicidad podía tener varias copias de un traje muy ajustado, muy ergonómico, y muy tecnológicamente avanzado. Hacerlo sin saber sastrería y llevarlo y mantenerlo sin que sus compañeros de piso se enteren. Mierda, Marvel.

Al año de empezar a patear culos en las calles, desistí del supertraje. Ahora llevo bien empaquetados en el bolsillo del pantalón un pasamontañas, unos guantes de látex y un dorsal con mi símbolo identificativo, y tiro con eso. Si llevo chaqueta, me la quito, y procuro vestir pantalones de chándal, y que sean grandes para que no se vea el bulto del bolsillo. La gente me toma por un chulopiscinas con mi atuendo.

Y lo de la identidad secreta, eso ya es harina de otro costal. ¿De verdad creen ustedes que unos puede ir por la vida sin que sus seres queridos noten que es un superhéroe? Mi novia lo sabe. Mi familia lo sabe. Casi todos mis amigos lo saben. Casi todos los superhéroes de la ciudad nos conocemos en persona y nos tomamos unas cañas de vez en cuando, a cara descubierta. ¿Cómo no se va a dar cuenta la gente de mi entorno de que siempre estoy con ojeras, de que siempre tengo “planes de último momento”, o soy excepcionalmente bravo, o sale un encapuchado en la tele con mi voz que puede parar el tiempo? ¿Pretenden que mi novia no se dé cuenta de que escapo por la ventana una noche de cada dos? Mierda, Marvel.

¿Y la presión? Toda esa mierda del gran poder y la gran responsabilidad, ¿pero ustedes creen que yo puedo vivir con eso? ¿Saben los años de depresión profunda que tuve que aguantar antes de decidir que no es mi deber salvar todas las vidas del planeta Tierra y que si un día después de volver de una misión especialmente dura (o después de follar, o estando de vacaciones, o lo que sea), veo en la tele que hay un señor en León amenzando tirarse por la ventana, tengo derecho (¡lo tengo!) a quedarme en el puto sofá y apagar la tele en lugar de parar el tiempo y conducir por el arcén hasta allí?

Joder, que un brazo roto me duele lo mismo que a ustedes. Y aunque pueda ralentizar el tiempo, a veces una bala pasa zumbando junto a mi cabeza y yo sólo quiero estar en la cama con mi pareja y ser una persona normal. No tendría ni que estar haciendo esto y, les digo la verdad, no sé si lo hago por ética o porque los tebeos me enseñaron que una persona con superpoderes no tiene otro camino en la vida. Pero el caso es que lo hago, y no tendría por qué. Así que menos exigencias, hostias.

La verdad es que la vida de superhéroe me enseñó muchas cosas sobre la coherencia que en los tebeos no salen. Una de ellas, a desconfiar de los héroes marvelianos que tanto quise ser de niño.

Basta que un tipo aparezca con un supertraje bueno y bien diseñado a cinco incidentes seguidos (y no parezca estar hasta los huevos de cargar con él) para que uno sepa que hay trampa. Que a la sexta ocasión, cuando la gente ya comente lo acrobático que es el nuevo superhéroe, se presentará con una publicidad de Red Bull en el pecho.

O que alguien sea tan reservado con su identidad que ni siquiera hable con la prensa para que no oigan su voz y se resista a enseñarnos la cara incluso a los demás héroes. Eso es garantía de que se lo impide un contrato con Telecinco, y en efecto ahí está un mes más tarde quitándose la máscara de manera espectacular después de cierto teatro con Terelu Campos.

Los hay menos sutiles. Hay hijos de puta que dicen, después de cada cosa que hacen, cosas como “ahora me voy a ser la heroína de mi casa, pero no sin antes tomarme un Aquarius para reponer fuerzas” o “agotador. Ahora, una Coca-Cola y a casita, a librar con mis hijos la verdadera batalla”. Estos cabrones publicitarios siempre parecen que tienen un amenaza terrorista en su puta casa.

No me queda mucho para retirarme. O, si consigo pasta, hacerme un supervillano. No hay muchos de esos y parece divertido. Además, si mi profesión es ser hijo de puta, podré llevar toda la publicidad que quiera y salir en Telecinco todas las veces que quiera sin que me cause dilemas morales. Al fin y al cabo, seré un hijo de puta, pero a la cara.

Estoy bromeando, pero es cierto que estoy muy cansado ya. Esta vida no es como me la pintaron, y nuestra sociedad está muy, muy enferma. Nadie está listo para un superhéroe. Y nosotros mismos los que menos.

Saúl Fernández

Una idea cojonuda

-¿No escribes nada últimamente?

-No tengo ideas, tío.

-Ay, pues yo tengo una idea cojonuda para una historia.

-¿Ah, sí? ¿Cuál?

-Ah, no, no. Te la vendo.

-¿Eh?

-Por 5 euros. No es mucho. Te la vendo, va.

-Bueno, no sé. Dime cuál es la idea.

-¿Seguro? Si te la digo me la tienes que pagar.

-Ya. ¿La mitad ahora y la mitad si me gusta?

-No sé. Venga, vale. Va de un tipo al que le gusta escribir cosas, ¿no? Tiene un blog y toda la pesca. Escribió algo alguna vez, incluso ganó algún premio literario. No muy buen prosista, pero sabe unir palabras, te haces la idea.

-Me hago la idea.

-Pues lleva una temporada de sequía el pavo, ¿no? Y un colega se lo comenta, le dice ¿no escribes nada? y él dice que no, que no tiene ideas. Y el colega le ofrece una para una historia.

-Ajá.

-Pero atento al hijodeputa: se la vende. Hay un poco de pantomima, un poco de regateo por el precio. Y el pavo la compra. A la desesperada, o qué se yo.

-¿Y qué idea era?

-Pues era una historia sobre un escritorzuelo al que no se le ocurre sobre qué escribir. Y un colega tiene una idea y se la ofrece por un precio. El tipo la regatea, ¿eh? Al final quedan a mitad por adelantado, mitad si le gusta la idea. 2,50 euros. No es mal trato. Total que el  colega se la cuenta.

-¿Y qué idea era?

-Pues era un relato sobre un escritor que no tiene ideas y un colega le vende una después de cierto regateo.

-Ya. ¿Y qué idea era?

-No sé, una mierda de unos patos que emigran por el invierno y dan mucha pena al viejo que los estaba cuidando. Se había quedado viudo y sólo tenía los patos, ¿sabes?

-Buf, por un momento pensé que me ibas a hacer una recursión infinita.

-No, gilipollas, que no tengo toda la tarde. ¿Mis otros 2,50?

Saúl Fernández

Descos de alta sociedad

Empezaron a llevar pasamontañas y pistolas de fogueo a los eventos sociales. Las mujeres guardaban la pistola en su bolsito, y cosían el pasamontañas a sus fulares.

Todo el mundo allí sabía de los pasamontañas, pero ellas se esforzaban por mantener el fular en una posición que hiciese el artefacto invisible.

Los hombres guardaban el pasamontañas en el bolsillo interior de la chaqueta. Desde que empezaron a hacerlo, los que llevaban ahí tabaco o una billetera tuvieron que aprender a descoserse los bolsillos laterales de la americana. Era necesario para mantener la atracción en marcha.

Las pistolas de fogueo, algunos las guardaban en el bolso de sus mujeres. Estas tenían que caminar despacio, manteniendo la postura y la dignidad. Para mantener la ilusión había que evitar que se oyese el sonido como un tintineo que hacían las armas al chocar en el compartimento. Ese tintineo del sexo de las armas de fuego es un sonido reconfortante para alguna de ellas. Es como un eco del sexo que llevan infinitas noches echando en falta. Un recordatorio de que sigue siendo posible, de que volverá ese sexo. Pero no deben dejar que otras lo oigan. Eso es privado.

Tampoco se podía notar el peso. Todas llevaban el bolso aferrado a su vientre para mantener el centro de gravedad en su sitio. Los hombres que optaban por pistolera de tobillo compensaban la cojera con el otro pie.

Mantener las apariencias era importante.

Desde que El Caballero Oscuro salió en los cines, algunos asistentes han empezado a traer un pequeño kit de maquillaje de payaso. Nada más que un pintalabios, un poco de base de color blanco y un lápiz de ojos, todo preparado para ser aplicado con prisas cuando sea necesario, con la cara escondida bajo la americana. No hablaron entre sí del maquillaje de payaso. Las preparaciones eran un tema tabú. La idea surgió independientemente en varios cerebros de aristócratas, y todos se congratulaban por su originalidad.

Llevaban ensayando casi un lustro, y ahora sólo les quedaba esperar por el momento.

Podría ser hoy, piensan en cada fiesta. Creen que no será hoy, pero saben que será algún día. La tensión es una música de fondo constante que sale de algún lugar de sus nucas. Los nervios están en segundo plano, fluyendo por debajo del salón de fiestas.

Llegará un día, saben, que querrán secuestrar a alguno de nosotros. O hacernos extorsión. Algún día unos encapuchados con armas irrumpirán en nuestra fiesta rompiendo las ventanas con alguna excusa cinematográfica.

Y ese día van a estar preparados. Coreográficamente, se pondrán las capuchas o el maquillaje, según lo requiera la ocasión y sacarán las armas, y, dando tantas voces como los encapuchados, empezarán a disparar al techo, y unos a otros, con balas de fogueo. No estarán aterrorizados, estarán catárticos.

Si es un grupo grande de terroristas (ohdiosmío que sea un grupo grande de terroristas) se mezclarán rápidamente entre ellos y harán que los terroristas no sepan qué encapuchados son cómplices y cuáles están jugando.

Y la situación irá construyendo, poco a poco, El Gran Bocado.

El aborto del plan terrorista. La retirada confusa. El terror en los ojos que hay detrás del pasamontañas. Eso es el mayor manjar. Eso es el culmen de la aristocracia. Eso es lo que anhelan en cada cata de vino y en cada panecillo con caviar. La Gran Atracción de la fiesta.

Creen que no será hoy, pero saben que será algún día. Cuando una fiesta acaba sin incidencias, todos aparentan. Se saludan cortésmente y se marchan a casa, esforzándose por ocultar la decepción y la espera detrás de las lentillas.

Cualquiera de estos días, cariño. Sigamos yendo a las fiestas. Sólo hay que esperar.

Saúl Fernández

El combate

[Esto lo escribí hace tres años, si no recuerdo mal. Adaptación libre de hechos reales]

Hay un hombre que lucha con la tapa de un tarro de tomate frito hasta su último aliento. Emplea la máxima fuerza que es capaz de usar, usa el método de meter un cuchillo por la tapa, agujerea la tapa, pega golpes considerables al bote contra el radiador. Se va manchando de manera progresiva de salsa de tomate hasta que toda su camisa es un gotelé rojo chorreante. Se siente exhausto, pero hay algo que le impide cejar en la lucha y usar la lata de tomate que tiene al alcance de su mano, tan frágil, tan fácil de abrir. Se ha rendido demasiadas veces en la vida, y no puede rendirse ahora. Su dignidad ante sí mismo depende de que pueda abrir ese tarro de tomate. Se asfixia, se agobia. Siente la sangre queriendo chorrear hacia fuera de sus sienes, la siente acumulándose en la base de su nariz, a punto de abrirse camino hacia fuera por las fosas nasales. No quiere jugar sucio, no quiere romper el tarro. Sólo le vale girar la tapa. Se plantea si otra gente habrá sido de incapaz abrir otros tarros de esta misma fábrica. Si alguien habrá sido capaz. Si habrán cejado en la lucha, si habrán roto el tarro. Si es solamente su tarro el que está defectuoso, si es solamente su cerebro el que se niega a rendirse. Se plantea bajar al supermercado a comprar otro de la misma marca. Ya es demasiado tarde para comer. Se había olvidado con el forcejeo los espaguetis en el fuego, y ahora están blandos y quemados. Baja al supermercado. Ve un tarro. Lo abre allí mismo. Sale corriendo, sube a casa, se abalanza sobre el tarro. Aún no abre. Le salen ampollas en las manos. Llora. En la soledad de su casa, grita muy fuerte. Golpea los muebles, tira las sillas. Llora de furia y de pena y de abatimiento. Siente, mientras está tirado en el suelo, que es un boxeador al que le han dado una paliza. Siente falsos moratones en su tórax, imagina sangre donde hay salsa de tomate, sufre dolor mientras esta sangre sale de su cuerpo por heridas que no están ahí. Se imagina el tacto de los guantes impactando contra su pecho, se imagina el bote de salsa de tomate llevando esos guantes. Se imagina ahora devolviendo el golpe. Se levanta de un salto con los ánimos recobrados. Con un aullido de furia y de euforia, le arrebata el bote a la encimera que suavemente lo sujetaba. Se inclina hacia atrás al mismo tiempo que aplica con un golpe de brazos, la máxima fuerza de torsión  en sentido antihorario que sus músculos del brazo derecho le permiten. Deja descansar los músculos. Lo intenta otra vez. Absolutamente todo su brazo derecho y absolutamente todo su brazo izquierdo alcanzan durante una fracción de segundo la máxima tensión que han experimentado en su existencia, intentando cada uno girar el inseparable conjunto bote-tapa en un sentido circular distinto. Puede sentir dolor en cada una de sus fibras. Puede sentir sus manos sangrando, puede sentir sus hombros queriendo desencajarse. El dolor y la debilidad de los deltoides le impiden levantar los brazos por encima de su pecho. Cae al suelo. El bote cae con él. No se rompe. Algo dentro de él sólo quiere que el bote se rompa, que pueda acabar de una vez por todas con esta ridícula lucha. Pero el bote no se rompe, así que debe de seguir luchando. Las lágrimas le inundan la cara, y se tiñe de rojo cuando se las intenta limpiar con sus dedos llenos de ampollas sanguinolientas.

Golpeando la tapa contra la pata de la silla más cercana su posición, se rompe  un dedo.

Cegado de dolor, rueda por el suelo mientras llora como un niño. En su mano izquierda, el bote de salsa de tomate, sangrando por los agujeros de la tapa, parece saborear su victoria. Abraza el bote. Lo sostiene sobre su tórax, lo achucha como si fuese una amante. «Lo siento», le susurra, «lo siento».

Con la poca fuerza que le queda, pone el bote a volar. Cerca de la puerta de la cocina, a cuatro metros de él, después de una parábola, el suelo y las paredes y el techo y la atmósfera se llenan de porciones de cristal manchado en salsa de tomate roja, que dan la sensación de extenderse hacia él, despacio, como si los segundos se alargasen tras el éxtasis. Antes de desmayarse, se arrastra dos metros haciendo fuerza con su mano sana y con su mano rota, y chupa la salsa de tomate haciéndose un corte en la lengua con un cristal.

Debería saberle si no a victoria a paz, y si no a paz a alivio. Pero aquello sólo sabe a sangre con salsa de tomate frito.

Saúl Fernández

Historias Sin Moraleja

[Esto es un texto que tuve que dejar fuera de mis Historias del Multiverso porque no supe cómo justificar el meterlo. Es una historia medieval asturiana adaptada a un mundo donde los lagartos antropomorfos son la especie dominante. Así como suena.]

En una versión de esta historia hay dioses y en la otra hay magia.

Es una historia horrorosa. Eran otros tiempos, hijo mío, y en tiempos antiguos pasaban cosas horrorosas. Ahora también pasan cosas malas, pero no como las de antes. Ahora no tienen que bajar los dioses a arreglarlas. Te la digo como a mí me la contó mi abuelo, igual, y tú luego la cuentas así cuando tengas nietos:

Dicen que había antes un castillo en la colina donde ahora está el templo. Ahí vivía un terrateniente, o no sé si era un rey, pero un lagarto muy importante, ¿eh? Bueno, pues ahí vivía él, con una hija que tenía. Los reyes antes, si tenían varios huevos, rompían todos menos uno porque era costumbre de noble tener pocos hijos. Y este rey tenía una hija y tenía un senescal, y después de tener a la hija murió su esposa, y el rey lloraba y lloraba porque él quería mucho a su esposa o porque no podía tener más hijos de ella, a veces la contaban de una manera y otras veces de otra. Y la hija, ya mayor, se enteró de que el padre lloraba y un día fue a visitarlo a sus aposentos y le dijo: «Padre, ¿por qué tanto lloras, que llevas años llorando, que no paras de llorar?». Díjole el rey: «¡Ay, mi hija! Tengo un pesar muy grande en el corazón, que nunca voy a conocer una mujer igual que tu madre. Lloro hoy y lloraré el día que me muera y no pararé de llorar desde hoy hasta ese día». Y la hija, que no gustaba de ver al rey tan afligido, empezaba a ir a verlo cada vez más y le confortaba en lo que ella bien podía.

La hija se parecía cada vez más a la reina y el padre cogíale cada vez más cariño y sentábala en sus rodillas y acariciábale la cola con delicadeza y besábala en el cuello como no se besa a una hija.

Dijo un día: «Hija, me dicen los consejeros míos que me case, pero yo no pienso casarme con lagarta que no sea igual que tu madre, porque si la viera yo metida en mi cama a una lagarta con otras facciones, no podría mi corazón soportar el pesar». Y dijo la hija: «Padre, ¿cómo te vas a casar con lagarta parecida a mi madre, si hermosura como la de ella no la tiene nadie en todo el reino?». Y dijo el padre: «Quiero casarme contigo, porque no hay otra en el reino que pueda yo tener en lugar de tu madre, y de seguro que nunca podrías tú casarte con lagarto que tanto te quisiera y que tantas riquezas tuviera». La hija se horrorizó. Contestole: «Padre, no quieran los dioses que estés hablando seriamente. Esto que me propones es un pecado tan grande que no hay penitencia que nos pueda conseguir el perdón de los dioses. El pueblo hablará de nosotros con desprecio. No, padre, tú me engendraste, yo no puedo ser tu esposa. Te ruego que me pidas cualquier cosa antes que esa atrocidad».

Pero el padre no atendió a razones y empezó a besarla y agarrola por los brazos y la obligó a desvestirlo y las atrocidades que le hizo, hijo mío, no se las hace un padre a su hija.

Quedó la lagarta deshonrada en su habitación, llorando, llorando, maldiciendo, rezando. Se miraba los brazos y decía «¡Malditos los brazos que tocaron a mi padre! Aunque no consiga el perdón de los dioses, tengo que quitarme estos brazos, porque no soy capaz de mirarlos sin acordarme de lo que hicieron». Y así decidió la niña cortarse los brazos, y así hizo llamar al senescal y pidiole que la asistiera. Negose el senescal y ella dijo:  «Córtame los brazos impíos, senescal, y quémame los muñones para que no regeneren, que si no lo haces me subiré a la torre más alta y me tiraré, y tú tendrás las manos manchadas de sangre».

Así que el senescal, con miedo a que la niña cumpliera la amenaza, y con gran pesar, la ató a la cama y le cortó los brazos como ella pidiera.

Cuando el rey oyó lo sucedido, consultó con su consejo qué hacer. No podía matar a su hija sin que el pueblo se enterase y lo rechazase, así que decidieron meterla en un barco sin tripulación y un día de viento izar las velas y dejar que el barco se perdiera en el mar y se hundiera.

La niña aceptó su destino consolada en la fe, pensando que su gran sacrificio le podría ganar el perdón en la vida después de la muerte, aunque siempre con miedo de los dioses, ¿eh, hijo? Eso siempre hay que tenerlo.

Y estaba en alta mar cuando se le apareció la diosa Shakazza en forma de rata. La princesa supo que era la diosa desde el momento en que la vio corretear, tal era la pureza de corazón que llevaba. Cuando fue reconocida, la diosa tomó forma de lagarto y la niña lloraba de éxtasis. Dijo la diosa: «Niña, mira tu muñón derecho». Y la niña miró y ahí estaba otra vez su brazo derecho, sin ninguna magulladura. Y la diosa dijo: «Niña, mira tu muñón izquierdo». Y la niña miró y ahí estaba otra vez su brazo izquierdo, sin ninguna magulladura.

A veces la historia acaba aquí. La diosa maldice al padre y la lagartina se salva. Otras veces sigue un poco más, y la niña desembarca en un reino lejano y se casa con un rey hermoso y se cuenta esta historia para explicar alguna guerra.

En otra versión no hay dioses. Esta se cuenta más en los pueblos pequeños. El propio padre le corta los brazos después de que ella le dé el no y la destierra, y en el destierro encuentra una fuente y su propio reflejo le dice que meta los muñones en la fuente, que se le curan, y a veces en esta versión se casa con un pastor que va a la fuente a buscar agua para sus mamíferos y el pastor y ella heredan el reino o el condado o lo que sea cuando se enteran de que el padre murió de arrepentimiento sin haber contraído otra esposa.

Y luego hay una versión sin dioses ni magia. Esta es la más horrible de todas. El padre la obliga a casarse con él, pero ella, después de casada, se resiste al encamamiento. El padre, en castigo, le corta un brazo. Ella accede al apareamiento por miedo a perder el otro brazo, pero al cabo de un tiempo se vuelve a negar, y también el otro brazo lo pierde. Finalmente, el padre la manda matar y ella se lleva a la otra vida el pecado de haber desobedecido y humillado a su padre. Su padre se lamenta de la desgracia que supone tener tan mala hija.

Esta última versión es la única de las tres que se cuenta con moraleja. Te puedes imaginar cuál es la moraleja, hijo mío, y si no te la imaginas no me la preguntes, porque lo prefiero así.

Esta última versión es la que alguna vez me contó mi padre.

Saúl Fernández

Sobre el Blog

Los Descos no es el primer blog que tengo.

Una vez, siendo más joven, me hice uno. Y me podrían torturar psicológicamente y físicamente y auditivamente y no conseguirían que me acordase de cómo se llamaba.

Sí me acuerdo de qué iba. Hacía entradas graciosas (según el estándar de humor que yo tenía a los 16 años, que no ha cambiado mucho, aunque he empezado a pensar un poco menos en tetas estos últimos años): en algunas parodiaba a otros blogs y en otras hablaba de viajes en el tiempo y películas muy cutres que me había gustado. Le cogí cariño a aquel blog de la misma manera empática en que se coge cariño a los pies de uno mismo. Pero no hay nada más feo que un pie ajeno. Supongo que no os gustaría aquel blog.

Sin embargo hay una manera de entrar. Ponía como tags de las entradas conceptos pornográficos muy específicos como “penes peludos” o “ancianas sexuales que fuman”. De este modo tuve un influjo grandísimo de visitas de depravados a las tres de la mañana y, con una responsabilidad que no estaba preparado para soportar, probablemente hice que alguno reevaluara su vida. En cualquier caso, a causa de esto, una foto mía (en la que salgo vestido y tal) es uno de los resultados de búsqueda de “penes peludos” en Google Imágenes. Antes era el primer resultado, pero con los años se ha ido enterrando. Quien quiera ver mi antiguo blog tendrá que soportar decenas de páginas de penes peludos de verdad para llegar a su destino. Esos penes son mi Cancerbero.

Quien llegue a mi antiguo blog, será merecedor de la basura que va a encontrar ahí escrita.

Divago.

Este blog no tiene nada que ver con el antiguo. Este blog es literario. Voy a escribir cosas en él en plan serio.

Pero.

Soy un puto vago. Es una de las características que más me definen. Mis intenciones son nobles ahora, pero me cansaré. Y las nuevas entradas llegarán con cuentagotas. Y llegará un momento en que la gente me inste a seguir haciendo entradas. Iré a lo fácil. Y volverán los penes peludos.

Puede que no, ¿eh? Igual soy capaz de mantener este proyecto con la seriedad que merece.

Sea como sea, ahora estoy motivado. Si leéis esto al principio de mi andadura bloguera, estáis en la época de oro de este blog. A partir de aquí es cuesta abajo. Probablemente.

Disfrutadlo.

Saúl Fernández

(Siempre encontré cierta arrogancia en suponer que a la gente le tiene que gustar lo que escribe uno. A mi novia le gusta lo que escribo. Y a mi abuelo también. Y a mi perro Sancho le leo mis cosas en voz alta y me mira como si me entendiera, porque es muy salao. A los demás no os puedo pedir que lo disfrutéis. Pero eso como vea cada uno. Eso sí, ponedme comentarios bonitos, porfi. Fingid. Volvedme un egomaniaco)