El Tercer Sueño

Dramatización. Ninguna servilleta fue herida en el desarrollo de esta entrada

Anoche soñé que estaba en un diván y había un psicólogo con barba instándome a dormir. Era hipnótico cómo aquella voz de radio interaccionaba con el calor de la consulta y yo me dejaba matar por la nana sensorial y, en una metáfora onírica bastante pobre, la piel de mi espalda se hacía líquida contra la piel del diván, y yo me volvía diván y me expandía en aquella consulta y me hacía uno con la voz grave y el acento argentino y la calefacción que olía a papel caliente.

El paso de la vigilia al sueño

(que fue realmente del sueño al sueño)

fue inmediato, y yo me encontraba habiéndome encontrado desde el principio de los tiempos en un sueño que era un fresco pintado en una cueva. Yo caminaba por un camino de tierra llano que se extendía hasta el infinito en las dos dimensiones que yo pisaba. Había unos bolsillos en la tierra, o una suerte de  sistema de cuevas subterráneas conectadas, que yo, mientras me adentraba en ellos, veía en corte transversal. Con estupor me miraba a mí mismo a punto de entrar en un bolsillo subterráneo lleno de lava e intentaba en vano avisarme.

Me vi ahogado en una cueva llena hasta el techo de leche, y me vi pasar de ella a otra en que me conectaba con un cordón umbilical a la roca. Ahí moría a la inversa y pasaba de esa cueva a una donde una manada de lobos me desgarraba el vientre. Mis intestinos se aplastaban contra el suelo formando un dibujo como de sistema subterráneo de cuevas conectadas.

Mirando ahora al suelo, en el entramado de tripas yo pasaba de la cueva de los lobos a otra donde mi familia me escupía.

Desperté sobresaltado

(del sueño al sueño)

y el diván y yo volvíamos a ser dos objetos separados.

Hallé desaprobación en la mirada que sostenía esas cejas pesadas en la cara del argentino.

Volviste a soñar con las cuevas, me dice.

¿Cómo lo sabe?, le digo.

Estabas moviendo los brazos siguiendo el diseño de la cueva.

Esa mañana

(la mañana bajo el sol, la mañana de verdad, creo)

me desperté junto a Mary y aunque me dolían las orejas después de haber emergido de dos sueños encajados, supe que todo estaba bien.

Todo, naturalmente, no estaba bien.

Varías noches atrás, al acostarme, cuando la cama desapareció tras de mí, me encontré en un reality show particularmente racista en el cual un grupo de hombres payos, todos ellos amigos íntimos míos, tenían que competir por dar la mejor interpretación de una mujer gitana. La gran final, ampliamente publicitada con hashtags, sería engañar a un patriarca gitano casando a uno de los participantes con su hijo, en una ceremonia oficiada por Luján Argüelles. Si la boda se llevaba a su completitud, el concursante habría ganado la astronómica cifra de cien euros, que en el mundo onírico que yo habia construido era el precio de una isla en el Pacífico.

Era la noche anterior al casamiento de mi amigo Michu, y yo, como dama de honor, necesitaba mi buen descanso. Diego el Cigala, junto a mi cama en un plató, me decía que tenía ganas de verme actuar al día siguiente y me daba palmas para que durmiera. Toda España le siguió y el palmeado se convirtió en el sonido de la polilla que lleva a los cansados al mundo del sueño,

(desde el mundo del sueño)

y mientras los ratings se disparaban viendo a la dama de honor recibir su merecido descanso, yo ya estaba recorriendo los túneles subterráneos en que me esperaría la desgracia rutinaria y sorprendente.

La particularidad de este sueño es lo bien que mantuvo su coherencia y sus lazos a Morfeo cuando Mary me hizo

(desde el mundo exterior, allá lejos)

el sonido que se hace a las vacas cuando huyen o a las personas cuando roncan. Me desperté brevemente en el reality y le dije a Luján que dejase de hacer ese ruido. Inmediatamente reanudé mi metasueño en el bolsillo de tierra donde lo había dejado.

Al despertar, Luján, cuyo mentón tenía incorporada una cámara que me apuntaba a la cara, me dijo:

Has soñado con las cuevas enterradas.

Sí, ¿cómo lo sabes?

Lo sabe toda España. Estabas moviendo los brazos en la forma de las cuevas.

España aplaudió.

Es curioso cómo funcionan los recuerdos, y más si son de sueños.

Hace una hora no me acordaba de las cuevas. Me acordaba de la boda de Michu y Farruquito, que sucedió sin imprevistos hasta la prueba del pañuelo. Me acordaba de lo irritante que era el psicólogo argentino, y de la incomodidad de la fusión con el cuero del diván mientras me preguntaba por mis genitales. Pero no de las cuevas.

Tomando algo en una cafetería, haciendo garabatos en una servilleta, más temprano esta misma tarde, ví que inconscientemente  había trazado una línea recta interrumpida por bolsillos conectados. Y, como la magdalena de Proust, mirar esa servilleta hizo florecer en mis memorias oníricas, desenvolviéndose como una rosa que nace en fast forward, un nivel de profundidad que se había quedado, como conviene a su naturaleza de cuevas y de sueño de subsótano, enterrado en todos los niveles. Casi de manera instantánea, todas las cuevas renacieron en mi cabeza, pariendo a sus cuevas adyacentes a más velocidad de la que me mi memoria era capaz de recordarlas.

Recordé que la ocasión de mi siesta televisiva no era la primera vez que me hallaba en el laberinto: una miríada de sueños inocuos perdieron su irrelevancia y se convirtieron en recipientes de mi sueño profundo, que ahora me planteo si no habrá sido el único sueño de verdad que he tenido en la vida. Lo que yo creía soñar era la fachada, o el facilitador, del entramado de cavernas, y el entramado de cavernas tenía tantas caras como maneras de matarme. Sueños sin importancia que mañana tras mañana  había olvidado tan pronto como había abierto los ojos

(aquí, en el mundo de verdad, en el mundo bajo el sol)

volvieron a mi memoria y ahora resultaban ser uno más de los disfraces de mi universo mortal, enterrado en mi psique quién sabe por cuánto tiempo.

Y uno de estos recuerdos me preocupa más que los demás. Pasaría hará cuatro o cinco años.

Era una de las cuevas. Accedí a ella tras dormirme

(del sueño al sueño)

esperando por un autobús que me llevaría a Australia a bajar a mi hermano de un árbol.

La cosa hasta que llegué a ella transcurrió con normalidad. Había salido de una cueva donde unos cuervos, con mis ojos en su pico, me dejaron ver cómo me despedazaban. A esa había llegado desde una donde el salmorejo estaba envenenado y sabía a lejía. Y, a esa, de una que se iba llenando lentamente de tierra hasta mi asfixia. Pero salí de una cueva, después de morir unas diez o cien veces, y me hallé en esta. Y en esta había una cama y la calefacción estaba a una temperatura muy cómoda y la radio estaba puesta y yo llevaba puesto el pijama y me metía bajo las sábanas. En el techo, las estalactitas me apuntaban y, entre ellas, las estrellas me deseaban las buenas noches. Y sé que dormí. Sé que es así como moría en aquella cueva: apaciblemente dormido. Y sé que después continuaba mi camino a través de la muerte pasando por suelos de pinchos, sufriendo infartos y comiendo granadas de mano, hasta que despertaba en el autobús a Australia y el conductor, que me veía dormir y me miraba los brazos, adivinaba que había estado soñando con las cuevas. Todo eso lo recuerdo.

Pero, a pesar de que llevo toda la noche sin poder pensar en otra cosa,  no llego a recordar lo que soñé en esa cama. No puedo asegurar, claro, que exista un tercer nivel en mi somnolencia. Puedo aventurar, si me apuran, que el sueño paraba ahí, conmigo durmiendo, y, sin interludio, sin un nuevo entramado por debajo, me despertaba y seguía mi aventura espeleológica soñada en un sueño.

Y eso es lo razonable, o al menos yo lo veo así. Pero sé que soñé algo en esa cama. Estoy completamente seguro de que mi memoria me está ocultando un universo entero, en toda su complejidad o en toda su simplicidad, si acaso hay diferencia entre esos dos conceptos en el tercer sueño.

O puede que esté delirando y que no vaya a encontrar a ningún mesías si recuerdo qué pasaba en la subconsciencia de la subconsciencia de mi subconsciencia cuando me echaba en esa caverna tan cómoda, quién sabe. Puede que directamente no pasara nada.

En cualquier caso, tendré que encontrar la respuesta en las servilletas. Y, mientras no responda esta pregunta, o se agote mi obsesión, estaré garabateando distraídamente en las cafeterías.

(solo que no estaré distraído. El rabillo de mi ojo y una parte de mi cerebro estarán imponiendo esta distracción, mientras comprueban si mi garabato es mi magdalena de Proust)

Pero cada vez que mire abajo, veré que en mis servilletas sólo hay dibujadas cuevas.

(y algún día, quién sabe, me dormiré en los bolsillos de la tierra y descubriré que mi tercer sueño soy yo dibujando con impuesta distracción en servilletas, intentando recordar el mundo real, el mundo bajo el sol)

Saúl Fernández.

Estatua de Metro (Historias del Metro)

[Inauguro una sección en este blog que se llama Historias del Metro. Son sobre el Metro y las escribo en el Metro. La sección acabará cuando me vaya de Madrid o puede que antes porque en el metro se escribe fatal] 

Ser estatua humana tiene muchísimo que ver con el movimiento. Quiero decir: tiene muchísimo que ver con el movimiento relativo. La estatua humana está quieta, en relación a cualquier punto fijo de la superficie de la Tierra. Me gusta la punta del Everest. Respecto a la punta del Everest la estatua humana está quieta. Y es por ello que el espectáculo no funciona para un espectador igual de estático.

La persona que ve una estatua humana la ve mientras se mueve. La estatua capta su atención en el rabillo de su ojo y la persona gira la cabeza y la cabeza gira el cuerpo y la punta del Everest se detiene respecto a la persona y ahora se encuentra de cara al mimo, disfruntando la quietud. Acaba este sistema dinámico con la persona tirando una moneda y alejándose, o en términos relativos, observando como el mimo y el Everest se alejan a su espalda.

Y es esta necesidad de un dinamismo tan específico lo que hace muy difícil ser estatua de metro.

Yo empecé en esto la década pasada, creo que fue en 2005, si no 2006. Empecé en Barcelona y siguiendo unas medias de rejilla llenas de carne suave terminé en Madrid. En Barcelona era un nicho más ocupado, por aquello de que la creatividad está muy diversificada allí y al final acabamos todos haciendo las mismas mierdas minoritarias. Aquí en Madrid es otra cosa: aquí soy el único que hace de estatua en el metro. Junto con el tipo sin dedos ni labios que canta una tonada, tengo tomada la franja de las cinco a las once de la tarde en la línea 10. A veces hago la línea Pitis-Hospital de Henares durante unas semanas cuando la gente ya me ha visto varias veces en la 10, pero siempre acabo volviendo. Es la única línea que tiene un tramo que no está soterrado, y eso me ayuda en la cinética que comentaba antes.

El trabajo se explica de manera tan sencilla como se habrán imaginado: me pongo en medio de un vagón excesivamente maquillado y disfrazado (últimamente de ángel plateado, pero también he hecho el tenista congelado en medio del golpe y la estatua de Trujillo) . Ante mí pongo un recipiente con unas moneditas de cebo. Y a partir de ahí me quedo quieto en el centro del vagón hasta que alguien tira una moneda.

Es un juego de pies extremadamente complejo, y pasan años hasta que uno consigue la apariencia de inmovilidad total. Requiere mucha más disciplina que la estatua de calle. Y hay quien dice que el esfuerzo es fútil.

Yo mismo dudo de vez en cuando de la relevancia de la disciplina. Es obvio que gano menos que una estatua de calle, y tiene que ver con la dinámica de la que hablaba antes. Sentados en el metro, no pueden apreciar el movimiento relativo de la estatua. La estatua se convierte en un tipo que durante cinco paradas se queda inmóvil de pie junto a ellos. El espectáculo desde esta perspectiva es indistinguible, si no es por el disfraz, de la inmovilidad agarrotada de muchos otros pasajeros. Esa falta de apreciación, bien pensado, no me molesta (es, al fin y al cabo, una de las lacras que debe soportar un artista que quiera llamarse tal). Me molesta la falta de cinética. Porque en el metro nunca se dan las condiciones dinámicas que yo necesito excepto para un tipo de pasajeros: aquellos que me ven desde el andén y luego no suben al metro, viendo cómo me alejo. Por definición, esos viajeros no me van a pagar. Primero, el estado transicional del andén es para entrar y salir de un tren. Una persona que se queda en el andén cuando el tren pasa, mirando al interior pero sin entrar, está equivocada o despistada o desorientada o drogada. Esos cuatro tipos de personas rara vez echan dinero a un mimo. Además, existe una restricción física obvia que les impide, desde el andén, dar dinero a un artista de tren. La estatua de metro requiere la inmovilidad del espectador. La experiencia, si se diera, sería simbiótica.

Esa es la inevitable desgracia de la estatua de metro. Todas las limosnas que he recibido y que recibiré por mi trabajo provienen de gente que no lo ha visto en su completitud. No es una experiencia adecuada. Es malo para ellos y es malo para mí, porque sé que están pagando por compasión. Por eso he dicho “limosnas”.

La estatua de metro vive con la esperanza (es una esperanza como un zumbido lejano, pero constante) de que alguien aprecie el sistema dinámico (un soñador, un compañero de gremio, un enviado milagroso). Que alguien esté en el andén, observando la quietud móvil del mimo mientras se acerca a su posición, que tire una moneda en el momento de apertura de puertas que ejerza una parábola que vaya a parar al sombrerito de las monedas y que, quieto en la estación, vea cómo las puertas se cierran y la estatua, habiendo hecho el pequeño gesto de reconocimiento, vuelve a quedar inmóvil mientras el tren se aleja por el túnel. Ese día, los viajeros de la línea 10 verán cómo una lágrima cae por la cara del hombre inmóvil, arruinándole el maquillaje.

 

Saúl Fernández

 

El Futuro Hoy

—Siempre quise esa sensación… No sé cómo explicarme. Siempre quise experimentar esa sensación de diminutez.

—¿Dice la sensación de diminutez de cuando uno ve grandezas?

—Esa.

—¿Como cuando uno pasa tiempo en la cárcel y sale y lo que ve es El Futuro y se queda inmovilizado por todo el avance tecnológico tan repentino?

—Bueno, sí. Dicen que usted…

—Le han dicho que yo puedo hacerle ver el futuro y maravillarse con la ciencia, ¿no es eso?

—Bueno, sí… Puede, ¿no? La Milagrosa, la llaman.

—Puedo. Aunque exageran un poco mis “milagros”, como usted se imaginará. Pero poder, puedo.

—Quiero ver unos cincuenta, sesenta años en el futuro. Luego iré subiendo. Pagaré lo que haga falta.

—Bien. Le aviso de dos cosas. Una, que el proceso durará una semana. Durante esa semana usted verá el futuro. Después no tendrá memoria de nada concreto, más que de la sensación de desconcierto.

—Lo sé, me habían avisado.

—Y la otra… Bueno, la gente se suele llevar una decepción.

—¿Y eso? ¿El futuro es malo?

—No, no es eso. Desde su perspectiva va a estar todo muy tecnológicamente avanzado. Y malo… No, malo no. Pero el futuro asusta, ¿sabe? Asusta a cualquiera. Y no sorprende tanto. La gente suele continuar sus costumbres presentes, incluso viendo el futuro.

—Aun así…

—Ya, ya. ¿Es consciente de la tarifa?

—Le dejé los datos de la tarjeta a su ayudante.

—Perfecto. Cuando esté listo, póngase este casco y tire de la palanca.

—¿Esta palanca roja?

—Esa. Así.

—Me molesta un poco ¿Es normal que moleste?

—Una leve molestia, al principio. El proceso no debería durar más de unos veinte, treinta segundos y ya no molesta más.

—¿Y después veré el año 2063?

—¿Eh? ¡Ay! Vaya. Mierda, lo siento. Creo que no le han informado bien de lo que hace este aparato.

—…

—¿Y bien?

—¡Sapristi! ¿Qué es este sitio? ¿Qué es toda esta aparatería? ¿Es un laboratorio? ¿Por qué hay una mujer? ¿Pero a tí te dejan limpiar estas cosas tan delicadas? ¿Eso de ahí es una tele? Anda, sintoniza a ver si echan el parte, que hoy Franco inauguró un pantano.

Saúl Fernández

Perseguidor

[Siempre quise escribir algo imitando el estilo de la novela policiaca inglesa del XIX, de G.K. Chesterton en particular. Me gusta mucho del tipo, además de su conservadurismo cómico, ese ambiente que describe del Londres nocturno de hace ciento y pico años, con sus Jackstherippers y sus policías ineficientes haciendo patrullas y su maloliente Támesis. Y el amor sincero que Chesterton imprime en estas cosas.

Total, que iba a escribir una historia así, pero me estaba quedando muy larga y no me gusta imitar al alguien mucho tiempo. Así que me cansé de ella y dejé sólo el principio, que me parece que se sostiene bien por sí sólo.]

Era la segunda vez que veía a ese caballero de sombrero de copa y gabardina oscura aquella noche. Decoraba la luz de la luna la punta de su gorro con una tonalidad plateada que, al quedarse quieto con sus dos metros de altura, le hacía parecer un farol extinguido. No me resultó extraño, acaso divertido, el segundo encontronazo con el peculiar sujeto. Lo achaqué a una casualidad y continué mi camino.

Media hora más tarde, lo volví a ver, con su mirada posada en el Támesis, que bajaba lento y mudo aquella madrugada. Esta vez mi preocupación fue en aumento, pues nada ordinaria era mi ruta, sino más bien producto de una concatenación de conocimiento personal de ciertos callejones de Londres y ramalazos de caprichoso vagabundismo. No había duda de que tres encuentros con el mismo caballero no podían deberse a una coincidencia.

Lo achaqué a una confusión y procuré caminar sin rumbo durante la hora que sucedió al avistamiento en el río. Viraba en una u otra calle sin emplear un criterio consciente, y de buena fe digo que, cuando dieron las tres, estaba completamente perdido en Londres, de no ser por el murmullo del río, algo más bravo ya, que, como un zumbido imperceptible para quien no es londinense, se dejaba oír unas calles a mi izquierda.

Y fue entonces que, ya por cuarta vez, me topé de bruces con el caballero alto del sombrero de copa y gabardina oscura. Él esquivó mi mirada y yo hice lo que pude por fingir que esquivaba la suya. Húbose ido de mi vista ya cuando reparé en que el corazón me estaba latiendo mucho más deprisa de lo normal, audible por encima del zumbido del Támesis. Llegué a la única conslusión que, por San José lo juro, me parecía que se podía extraer de esa serie de improbables encuentros, si bien no podía atribuirlos a la casualidad o los azares del destino, por ser improbables, y por disponer yo de ciertos conocimientos de lógica deductiva que me permitían descartar tales hipótesis.

Yo estaba siguiendo a ese hombre. Lo seguí desde la primera vez que lo ví, parado en una esquina, confundiéndose con el mobiliario urbano en esa noche despejada. Lo seguí distraído hasta que lo ví por segunda vez, paseando ante mí. Mi bestia interna colaboró con mi subconsciente en en la elección de curvas y recodos de mi caprichosa trayectoria, propiciando el tercer y el cuarto encuentros con el caballero. La bestia ya había elegido, sin que yo lo supiese, la víctima de esta noche y, como un invitado maleducado, no me había hecho saber hasta el final que el gran espectáculo de la fiesta ya llevaba unas horas preparado.

Palpé la empuñadura de ébano de mi daga. La saqué de su funda y, silbando, me dí la vuelta y comencé a caminar hacia el sombrero de copa, la gabardina, la luz de plata de la Luna, el zumbido del Támesis.

 

Saúl Fernández

Llegar a Contralbes

Hay un pueblo asturiano que se llama Contralbes. Está en la Cuenca Minera y no existe.

Llevo ya unos días soñando cada noche que tengo que llegar a ese sitio pero no puedo. El sueño se presenta de maneras diferentes, pero siempre tiene un lugar común, al menos de manera nominal, y siempre tiene frustración.

Ayer, yo estaba sentado en las escaleras donde se bebía sidra en El Lavaderu antes de que lo prohibieran. Lo que había debajo de las escaleras no era el restaurante, sino la estación de autobuses. Los buses iban y venían. Aquella estación con gradas era el sitio más puramente onírico en el que jamás haya estado. La gente a mi alrededor se reunía con sus amantes muertas, o con sus amantes inánimes. Personas que no había visto desde hacía años me mandaban mensajes al móvil, muy interesadas en encontrarse conmigo en esa estación. Amigos de toda la vida se enfadaban conmigo cuando les ofrecía cacahuetes. Yo estaba esperando el bus para Mieres. Allí se hace transbordo a Contralbes. Una redada policial antibotellón impidió el tránsito de los autocares. Me tuve que quedar en Gijón.

El otro día, yo tenía una boda en Contralbes. Estaba en el autobús con los demás invitados y tenía unos catorce o quince años. El azafato del autobús era el estereotipo homosexual de los 70. Bigote de Burt Reynolds, pantalones de campana y patines de cuatro ruedas. Yo, de pura desidia tras dos días de viaje desde Oviedo, ví que la silla estaba rota. Saqué una navaja del bolsillo y la introduje por la fisura y empecé a desmenuzar la silla. La hice serrin. El azafato, aunque impresionado, se adhirió al protocolo y, no sin pesar, me tiró del vehículo en marcha. Estaba en Mieres y tenía una boda a la que ir. En Mieres, hice autostop durante horas gritando el nombre de mis familiares pueblerinos que encontré, al fin, reunidos en una casa haciendo un amagüestu y me informaron, para mi desazón, de que el próximo tren a Contralbes salía en doce horas y valía cincuenta euros. Investigué horarios y precios y me alivió saber que con la tarjeta del Consorcio de Transportes, sumando un suplemento de dos euros, se podía pagar el viaje a precio regular. Eran cinco minutos de tren a doce horas de distancia sempiterna con el momento presente. Para matar la espera perpetua, hice un excursión en bicicleta de apenas media hora. Llegué a Extremadura. A la vuelta, me había pasado cinco minutos de mi hora y había perdido el último tren a Contralbes. Siguiendo la más estricta lógica onírica, por haber perdido el tren, no podía ya ir en bicicleta a la boda.

Hace cuatro días, caminaba yo a Contralbes a atender unos asuntos que no es menester explicar aquí por causa de su inexistencia. Iba con tres amigos, no recuerdo qué tres, si acaso eran  tres en particular y no tres amigos como concepto aritmético. Nos seguía alguien, pero mirar atrás estaba vedado si queríamos llegar a Contralbes. Ante nosotros, había una serpiente. Víbora primero, a los cinco minutos nos enfrentábamos con la ira asesina de una serpiente de varios metros, con cuerpo de heces humanas y cara de bebé de plástico. Mis amigos murieron o desaparecieron o fueron a formar parte del cuerpo del monstruo, o las tres cosas a la vez de manera cuántica. Nunca nada en un sueño me quiso matar tanto como esa serpiente.

El problema es que la frustración y la obsesión se han despertado conmigo estos últimos días. Aunque sea un sueño, y aunque me repita la mentira de que los sueños no son nada, sé que tengo que llegar a Contralbes. Aunque no exista. Tengo que vencer a la próxima serpiente y adaptarme al próximo horario de cercanías.

No sé qué es Contralbes. La Tierra Prometida, el Edén. el Purgatorio, los Campos Gamonales, ¿el Hades?. O quizá nada religioso: el Caribe, la punta del Everest, un bosque en flor. O quizá nada físico: mi infancia, la infancia de mi abuelo con el aro y el palo, la Inocencia, la Belleza, la paz que se extrae de las historias del medievo sin las guerras con filo ni los tumores en la cara y la mierda humana en el suelo; la simplicidad.

No sé lo que me espera allí, pero seguro que es de ensueño.

Saúl Fernández.

[Añado, ya fuera de lo que es el texto, que hace tres días soñé que un amigo me mandaba un whatsapp diciéndome que yendo a Mieres se había pasado de parada y había acabado en Contralbes, que si sabía los horarios del tren de vuelta. Que te den por el culo.]

Tigres de Triana

Éramos una excursión de cuarenta aficionados al flamenco de turismo musical. El agosto de Sevilla ondulaba el aire ante nosotros y el mercurio intentaba escapar de los termómetros. El vapor subía del Guadalquivir y veía, abajo, cómo nuestras energías quedaban aplastadas en el suelo por el sol andaluz.

De pronto, júbilo y rubor a mi alrededor. Uno de nuestros melómanos dio la voz de aviso cuando sus ojos se posaron en el Tigre de Triana, cruzando el puente a contracorriente de nosotros, pero no hizo falta: su presencia de cantaor le delataba incluso a alguno que no estuviera mirando. Lo que venía hacia nosotros era Andalucía, o la cultura de Andalucía, transportada por un solo hombre que camina hacia Triana.

Cuarenta sonrisas mitómanas disparadas hacia el gitano, que empuñaba una guitarra y caminaba sin vernos, tranquilamente. Un grito: «¡Maestro!». Otro: «¡Tigre!». Hicieron girarse al cantaor, con gesto de bienvenida. Se intercambiaron palabras y el músico se dejó convencer encantado por nuestro entusiasmo. Se llevó la guitarra al centro del cuerpo y empezó a arrancar acordes de ella, que fluían por dentro de nosotros con el mismo caudal que el Guadalquivir que nos pasaba por debajo.

Nos hizo cambiar el rumbo, y retomar el puente hacia Triana enganchados de su voz y de las cuerdas de su guitarra. Caminábamos despacio, una procesión silenciosa e hipnotizada tras el sonido mesiánico que nos encabezaba.

Al llegar al final del puente, el Tigre se iba girando de manera sutil. Giraba el cuello tan solo unos grados y nos miraba con el rabillo del ojo. Si mi mirada cazaba la suya, él pronto la retiraba. A medida que entrábamos en Triana, las miradas se hicieron más frecuentes. Tenía los hombros tensos y la cara seria, y ya no nos quitaba ojo. Porque seguía tocando perfectamente su canción, nadie pareció darle importancia.

Lo siguiente lo recuerdo muy rápido. Una mujer gritó detrás de mí y cuando miré en su dirección pude ver entre la estampida humana en la que de pronto me hallaba su cuerpo tirado en el suelo. El líquido bermellón teñía los adoquines y las ropas de la mujer que se hallaba encima de ella, mordiendo su yugular. La reconocí como la Tigresa de Triana, la mujer del Tigre. Me di cuenta de que la música había dejado de sonar y, cuando miré al sitio donde antes nacía, no ví a nadie ahí. Lejos, dirigida hacia un callejón de Triana, una figura empuñando una guitarra corría echando la vista hacia atrás.

Ví que me quedaría solo si seguía quieto y que la Tigresa me estaba mirando. Me incorporé a la estampida y los treinta y nueve aficionados al flamenco que sobrevivimos el ataque corríamos dando gritos por las calles de Sevilla.

Así es como se alimentan los Tigres de Triana.

Saúl Fernández

Rivalidad

Era Francia y nacía el siglo XIX y los franceses necesitaban pelearse porque la Revolución les supo a poco. De las grandes contiendas dialécticas de la historia, algunas de las más mordaces y más encarnizadas han sido entre intelectuales franceses. Había una que destacaba sobre las demás en esta época, y era la disputa entre el matemático teórico parisino Guy Hollande y el geómetra ruanés Pierre Montagne.

El comienzo se remonta a la publicación por parte de Hollande de un artículo titulado Étude systématique des groupes. Groupes d’Hollande, que Montagne juraba que era un plagio de una idea que éste le dio a aquel en una conversación privada sobre sus proyectos.

La disputa verbal se abrió con una carta de Ruán a París, en la cual Montagne exponía el caso y lo aderezaba con una pingüe cantidad de insultos.

Hollande respondió esta misiva con otra igualmente insultante. En cambio, la excentricidad que caracterizaba a este matemático hizo que los insultos fuesen mucho más creativos que la palabrota convencional. El encabezamiento de la carta decía Estimado ocelote (“Cher ocelot”), y los improperios que continuaban se referían, en general, a diferentes epecies de felino mencionadas sin ningún contexto.

Montagne se tomó la misiva con humor, o quizá con seriedad, nadie lo sabe bien, y su correspondencia de respuesta reciprocaba estos insultos en un párrafo que consistía en la enumeración de reptiles marinos, al que Hollande reaccionó con gran ofensa.

Esto abrió entre ellos un periodo de doce años de correspondencia ininterrumpida en el cual se llegarían a enviar unas seis cartas a la semana, Montagne siempre entre la jocosidad y el insulto serio, Hollande siempre ofendido de modo genuino. Estudiosos posteriores recopilarían aquellas cartas y declararían esa correspondencia la primera muestra del llamado Insulte Nouvelle.

Esta correspondencia atravesaría importantes periodos muy influyentes en el posterior arte del insulto. El primer gran periodo se abrió cuando Hollande decidió que a Montagne le ofendería mucho recibir unos versos de alabanza en una carta que él esperaría ofensiva. Escribió un soneto enumerando sus cualidades al que Montagne correspondió con otro igualmente halagador, para grandísimo enfado de Hollande. Durante cuatro meses, se escribieron más de doscientos sonetos, muchos de los cuales figuran entre las odas más bellas de la poesía francesa decimonónica.

Al sexto año de su rivalidad postal, Montagne comenzó a inventar palabras de insulto. Primero eran palabras compuestas en francés que sonaban ofensivas, después fueron composiciones en otros idiomas (en una de estas cartas está el origen de la palabra inglesa motherfucker). Instigado por Hollande, llegó un punto en que los improperios eran palabras completamente inventadas, con sonidos muy fuertes que las hacían improperios a ojos de Hollande. Este, por su parte, investigó lenguas indoamericanas para desarrollar un sistema fonético que le sonaba increíblemente ofensivo, que emplearía en sus insultos posteriores, primero escritos en el alfabeto latino y con notas al pie de página explicando la pronunciación, más tarde escritos en un nuevo alfabeto con grafías inventadas por el propio matemático. Uno de los insultos más fuertes de este periodo tiene catorce consonantes y ninguna vocal, y todas las consonantes son oclusivas.

El nuevo idioma (posteriormente nombrado Montagnés por los académicos) fue evolucionando en misivas en ambas direcciones. Empezó siendo usado en palabras individuales y se extendió a toda una oración que contuviese algo mínimamente insultante y, a la larga, a toda la carta. Para ello, entre los dos matemáticos fueron ideando con los años un léxico de más de treinta mil palabras, siendo insultos un 70% de los sustantivos, un 82% de los adjetivos, y un 30% de las preposiciones. Desarrollaron también una nueva sintaxis para sus insultos, con complicadísimas reglas de colocación de adverbios y hasta veinte preposiciones por palabra a pesar de sus diecisiete declinaciones.

Este idioma se mantendría hasta el final de su correspondencia y, los que lo hemos estudiado, nos hemos sorprendido de lo ofensivo que suena pronunciado en voz alta (es común tener que salir a fumarse un cigarrillo y a respirar hondo, de puro enfado, después de leer un párrafo) y del hecho de que, en cuatrocientas cartas, ninguno de los dos cometió una sola falta de ortografía. Se dice que llegó un punto en el que ambos matemáticos dominaban este idioma mejor que su lengua materna.

La correspondencia acabó de forma abrupta con la muerte por accidente de Hollande, en 1820. Montagne se desplazó a París al entierro. Allí, cometió aquel acto tan notorio de acostarse con la viuda de Hollande y defecar en su tumba el mismo día.

La gente poco versada considera esto un coup de grâce, un insulto definitivo que puso punto y final a esta enemistad.

Sin embargo, los que hemos estudiado y conocemos bien a estos dos matemáticos, sabemos que esto es una muestra inmensa de respeto por parte de Montagne, y que por fin, tras doce años, había perdonado a su rival. Es lo que Hollande habría querido.

Saúl Fernández

Sobre la Divinidad

[Basado en una conversación que tuve el otro día con la Ingle]

Yo sería creyente

(no sólo creyente, sino muy devoto)

si Dios respondiera a los rezos.

No a los rezos importantes,

como «cúrame el cáncer»

o «haz que mi hijo vuelva a salvo a casa»,

sino a los rezos gilipollas

como «eh, Dios, tío, dame fuego»

y Dios prende un fuego fatuo en la nada ante mí

y me enciende el cigarrillo.

Ni siquiera lo hace cada vez que se lo pido

sino una o dos veces al año

para recordarme que existe

y lo poco que le importo como humano.

Si la divinidad es así,

yo construiré una religión

alrededor del cinismo

en la que honramos al sátiro Creador

y nos cagamos en él

porque puede

y no quiere

ayudarnos a ser humanos.

Empezará como una religión deísta

en la que reconoceremos Su existencia

pero no haremos ceremonia,

y de ahí irá escalando.

Inventaremos detalles personales sobre Dios

(porque no lo conoceremos en persona)

a partir de lo único que sabemos de él:

que nos enciende el cigarrillo de vez en cuando

y nos lava los calcetines.

A la larga habrá un cisma:

unos dirán que Él es bueno,

pero que Su poder es limitado

y se agotó después de su creación más perfecta

y ahora sólo puede lavar ropa

o hacer que aparezca un bote de mermelada en la nevera

un par de veces al año.

El día que eso ocurre

es el día Divino,

y la gente de esta secta festejará y cenará cordero.

Otros,

(la mayoría)

diremos en cambio que él puede acabar con el hambre

y curar a los enfermos

y erradicar el mal

pero quiere que suframos

quiere que nos jodamos en la Tierra

y que enciende nuestros cigarrillos como recordatorio

de lo poco que nos piensa ayudar,

de lo jodido que está el mundo.

Cada vez que alguien es honrado con un pequeño milagro

nos veremos en el templo y le daremos una bofetada

y le diremos «acostúmbrate».

Todos los domingos

nos reuniremos

y le preguntaremos si hay vida después de la muerte

y Su voz, muy de vez en cuando,

nos responderá misticidades

como «¡Aaaah! Ya veremos»

y le llamaremos hijo de puta,

pero él no nos oirá.

Creeremos

que Cristo murió en la cruz

para recordarnos lo mucho que le sudamos la polla a su padre.

Las dos sectas tendremos

nuestros credos por verdad absoluta,

y durante siglos

pelearemos

y nos mataremos,

unos por la bondad del Misericorde,

otros por el cinismo del Sátiro.

Volviendo a la realidad,

veo lo que Dios hace por nosotros

y me sorprendo de que tal religión no exista ya.

Saúl Fernández

Escribo esto borracho

Hay una película americana que se llama La Purga. Va de que en EEUU en los años 2020 hay un día anual que se llama día de la Purga en el cual es legal todo crimen, incluido el asesinato. Según el argumento, es gracias a la purga que el crimen en América está en los mínimos históricos. Y el paro. Esto tiene que ver con que el día de la purga se cargan sobre todo a mendigos, que son la presa fácil. Esto abre un debate interesante, porque la mayoría de personajes de la película están totalmente a favor del día de la Purga y la gente que muere es vista por América como “un sacrificio por las almas puras” o alguna gilipollez similar. Y la Purga es una mierda que yo no apoyaría en un millón de años. Lo venden como una manera de calmar la violencia de las personas, pero es un modo de matar pobres. No me malinterpretéis, la peli es una basura, pero la premisa mola.

El caso es que ayer soñé que era el día de la Purga en España. Teníamos purga. Y claro, mucha gente éramos anipurga. Los jóvenes de izquierdas, sobre todo. El puto 15M éramos antipurga. Y cada año nos llevaban a  un campamento para los antipurga. Y cada año era una puta trampa. Nos reunían a 1000 y luego tiraban una bomba y mataban a los que podían. Claro, era un sueño y éramos todos unos ilusos y unos gilipollas. O sea que el antipurga onírico era como el 15M real. El caso es que todos los años íbamos al campamento antipurga. Y todos los años era una trampa. No aprendíamos. Cada años mataban a más amigos míos. Un años mataban a mi novia. Un año abusaban de los supervivientes. Soñé que obligaban a un lobo a violarme mientras yo lloraba la muerte de Mary. Era una sueño muy siniestro.

Pero yo sobrevivía a una jodida explosión nuclear. Recuerdo a la explosión y el dolor de perder a Mary. Ambas cosas dolían en mis extremidades, no sé por qué.

El hijo de puta que estaba al cargo era un señor disfrazado de árbol que todos los años nos sorprendía (antes de detonar la bomba que mataba a mis amigos) quitándose el disfraz de árbol. A todos nos sorprendía  más que el árbol fuera un fascista disfrazado que el hecho de un árbol que habla. Era un sueño, no me pidáis coherencia.

Y todos los años, ¿eh? Era un sueño, no pidáis coherencia. El caso es que después d e5 años yo sabía que iban a detonar una bomba, pero tenía que estar en el campamento. La ruleta de la muerte era demasiado excitante para mí. Y pensaba (en el sueño, de verdad lo pensaba) que quizá este año fuera distinto, que igual no habría bomba. Pero siempre la había.

Qué sueño más tonto. Pero qué día más perturbado me dejó.

La culpa es de Mary por recomendarme ver la Purga.

No me malinterpretes, cielo, pero te buscaste el holocausto nuclear a pulso.

 

Saúl Fernández pila ciego

El Sufrimiento del Superhéroe

Maldigo la imagen que se tiene de lo que debería ser un superhéroe por culpa de la industria del tebeo, porque no es fácil combatir el crimen con esa clase de expectativas sobre nosotros.

Quiero que quede claro que yo no soy inocente en esto y que cuando empezó a haber gente con superpoderes, que sería hará unos diez, doce años, sobre el 2035, yo, como crío que era, estaba profundamente decepcionado cada vez que salía uno nuevo.

Años más tarde, durante los meses que siguieron a aquella tarde de historieta en la que paré el tiempo en el garaje de mi abuelo, los aires de grandeza y la confusión que producen en uno la adolescencia me hicieron estar seguro de que yo no sería tan débil como los demás, que, cuando llegase el momento de calzarse las mallas, yo iba a ser el primer Peter Parker, la primera persona que hiciese justicia a lo que significaba ser un superhéroe. Supongo que todos los héroes de mi generación pensaron eso en algún momento. Naturalmente, llegó la hora de valerme como justiciero y me di cuenta de lo absurdo que estaba siendo mi pensamiento.

Descubrí que uno no puede llevar el supertraje debajo de la ropa todo el rato, porque en algún momento de la vida hace falta follar, o ir a la piscina, o quitarse capas para aliviarse el calor, y, por si eso fuera poco, el olor acaba siendo nauseabundo al cabo de unas horas, no hablemos ya de los superhéroes de Marvel que sólo tienen un traje. A esos se les puede reconocer su identidad secreta por el olor a sobaco que desprenden a varios metros. Me pregunto a veces qué estaba pensando para llegar a creer que un héroe que prácticamente vive en la mendicidad podía tener varias copias de un traje muy ajustado, muy ergonómico, y muy tecnológicamente avanzado. Hacerlo sin saber sastrería y llevarlo y mantenerlo sin que sus compañeros de piso se enteren. Mierda, Marvel.

Al año de empezar a patear culos en las calles, desistí del supertraje. Ahora llevo bien empaquetados en el bolsillo del pantalón un pasamontañas, unos guantes de látex y un dorsal con mi símbolo identificativo, y tiro con eso. Si llevo chaqueta, me la quito, y procuro vestir pantalones de chándal, y que sean grandes para que no se vea el bulto del bolsillo. La gente me toma por un chulopiscinas con mi atuendo.

Y lo de la identidad secreta, eso ya es harina de otro costal. ¿De verdad creen ustedes que unos puede ir por la vida sin que sus seres queridos noten que es un superhéroe? Mi novia lo sabe. Mi familia lo sabe. Casi todos mis amigos lo saben. Casi todos los superhéroes de la ciudad nos conocemos en persona y nos tomamos unas cañas de vez en cuando, a cara descubierta. ¿Cómo no se va a dar cuenta la gente de mi entorno de que siempre estoy con ojeras, de que siempre tengo “planes de último momento”, o soy excepcionalmente bravo, o sale un encapuchado en la tele con mi voz que puede parar el tiempo? ¿Pretenden que mi novia no se dé cuenta de que escapo por la ventana una noche de cada dos? Mierda, Marvel.

¿Y la presión? Toda esa mierda del gran poder y la gran responsabilidad, ¿pero ustedes creen que yo puedo vivir con eso? ¿Saben los años de depresión profunda que tuve que aguantar antes de decidir que no es mi deber salvar todas las vidas del planeta Tierra y que si un día después de volver de una misión especialmente dura (o después de follar, o estando de vacaciones, o lo que sea), veo en la tele que hay un señor en León amenzando tirarse por la ventana, tengo derecho (¡lo tengo!) a quedarme en el puto sofá y apagar la tele en lugar de parar el tiempo y conducir por el arcén hasta allí?

Joder, que un brazo roto me duele lo mismo que a ustedes. Y aunque pueda ralentizar el tiempo, a veces una bala pasa zumbando junto a mi cabeza y yo sólo quiero estar en la cama con mi pareja y ser una persona normal. No tendría ni que estar haciendo esto y, les digo la verdad, no sé si lo hago por ética o porque los tebeos me enseñaron que una persona con superpoderes no tiene otro camino en la vida. Pero el caso es que lo hago, y no tendría por qué. Así que menos exigencias, hostias.

La verdad es que la vida de superhéroe me enseñó muchas cosas sobre la coherencia que en los tebeos no salen. Una de ellas, a desconfiar de los héroes marvelianos que tanto quise ser de niño.

Basta que un tipo aparezca con un supertraje bueno y bien diseñado a cinco incidentes seguidos (y no parezca estar hasta los huevos de cargar con él) para que uno sepa que hay trampa. Que a la sexta ocasión, cuando la gente ya comente lo acrobático que es el nuevo superhéroe, se presentará con una publicidad de Red Bull en el pecho.

O que alguien sea tan reservado con su identidad que ni siquiera hable con la prensa para que no oigan su voz y se resista a enseñarnos la cara incluso a los demás héroes. Eso es garantía de que se lo impide un contrato con Telecinco, y en efecto ahí está un mes más tarde quitándose la máscara de manera espectacular después de cierto teatro con Terelu Campos.

Los hay menos sutiles. Hay hijos de puta que dicen, después de cada cosa que hacen, cosas como “ahora me voy a ser la heroína de mi casa, pero no sin antes tomarme un Aquarius para reponer fuerzas” o “agotador. Ahora, una Coca-Cola y a casita, a librar con mis hijos la verdadera batalla”. Estos cabrones publicitarios siempre parecen que tienen un amenaza terrorista en su puta casa.

No me queda mucho para retirarme. O, si consigo pasta, hacerme un supervillano. No hay muchos de esos y parece divertido. Además, si mi profesión es ser hijo de puta, podré llevar toda la publicidad que quiera y salir en Telecinco todas las veces que quiera sin que me cause dilemas morales. Al fin y al cabo, seré un hijo de puta, pero a la cara.

Estoy bromeando, pero es cierto que estoy muy cansado ya. Esta vida no es como me la pintaron, y nuestra sociedad está muy, muy enferma. Nadie está listo para un superhéroe. Y nosotros mismos los que menos.

Saúl Fernández